viernes, 30 de noviembre de 2012

RUIDO Y SILENCIO INTERIOR


El ruido está hoy dentro de las personas, en la agitación y confusión que reina en su interior, en la prisa y la ansiedad que domina su vivir diario. Un ruido que, con frecuencia, no es sino proyección de problemas, vacíos, desequilibrios y...
contradicciones que no han sido resueltos en el silencio del corazón. Pero el hombre moderno está lejos de aprender a entrar en sí mismo para crear el clima de silencio indispensable para reconstruir su mundo interior. Lo que busca es un ruido suave, un sonido agradable que le permita vivir sin escuchar el silencio.
 
 
 
 


 Parece como si el individuo moderno sintiera la necesidad secreta de permanecer fuera de sí mismo, de ser transportado, de verse envuelto en un ambiente estimulante o embriagante, con la conciencia agradablemente anestesiada.Ha asociado su identidad personal a cosas externas no en el Dios viviente por quien son/somos habitados, ÉL nos da nuestra verdadera identidad. Todo lo que necesitamos para ser está ya dentro de nosotros. Esa fue la Gran noticia de cristiana: somos hijos en el Hijo.
Quien ha recibido la gracia del silencio ha de ponerla al servicio de los demás ( Conf 1 Pe 4,10). Su vida, su palabra, su presencia ha de ser invitación permanente a vivir desde la fuente. Las gentes de nuestros días, acostumbradas a vivirlo todo desde el exterior, habituadas a entablar relaciones superficiales y periféricas, necesitan conocer la experiencia de un encuentro más hondo con testigos que enseñen lo que es peregrinar al fondo del corazón para encontrarse con la propia verdad.

Esta sociedad necesita testigos que recuerden a todos esta verdad tan sencilla como decisiva: cualquiera que sea el rumbo del mundo, nadie encontrará vida verdadera, ayuda o salvación sino en su pobre alma maltratada pero habitada por el Espíritu de Dios. Sólo ahí se encuentra el camino de la regeneración, el aprendizaje de lo esencial, la liberación de la confusión, el crecimiento de la libertad.

1ER DOMINGO DE ADVIENTO

I Domingo de Adviento







Lectura del libro del profeta


Jeremías (33, 14-16)


“Se acercan los días, dice el Señor, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquellahora, yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, queejercerá la justicia y el derecho en la tierra. Entonces Judáestará a salvo, Jerusalénestarásegura y la llamarán ‘el Señor esnuestra justicia’ ”.


Las dos venidas de Cristo








San Cirilo de Jerusalén
 

 
 













Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso:








El primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto,

todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.


No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera:



Bendito el que viene







en nombre del Señor,



diremos eso mismo en la segunda; y, saliendo al





encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo:

Bendito







el que viene en nombre del Señor.
El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá:

Esto hicisteis y yo callé.

 

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar
a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.







De ambas venidas habla el profeta Malaquías:

De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis.





He ahí la primera venida.



Respecto a la otra, dice así:





El mensajero de la alianza que vosotros

 

deseáis: miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá


resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca?






Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata.


Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas, en estos términos:

 Ha aparecido la gracia de, Dios que trae la salvación para
todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los

deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada

y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa

del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo



 

Ahí expresa su primera


venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.
.


Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido


por tradición, decimos que creemos en aquel

que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
 

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo.

Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado.














 





 

 


 











 

 
 


 



















 













 


 









 

viernes, 23 de noviembre de 2012

EL SILENCIO INTERIOR...

Encontramos a Dios en la vida, una aventura de búsqueda y de encuentro con El, no viviendo como si fuera Dios un "ente" por decirlo de alguna manera, separado del mundo pues entonces se cae en el peligro de vivir una apariencia de Fe y de espíritu.
Vivimos la Fe como algo externo, para determinados momentos y la Fe debe impregnar desde dentro hacia fuera, no al revés.....


A través del silencio interno comienzas una búsqueda interna que culminara con la conformacion de Dios con tu espíritu formando una sola unidad, y asi podras extrapolarlo hacia fuera, con lo que tus acciones, tu vida será realizada e íntima comunión con el Señor...


 
El silencio habla...podemos cambiar en el silencio, escuchando nuestro interior llegamos a una comunión con nuestro espíritu....libres de toda perturbación y solo escuchando esa voz interna..qué soy, qué quiero....ahora qué.....

 DIOS ESCUCHA....

 
 Sor+Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple

lunes, 19 de noviembre de 2012

TEXTOS PATRISTICOS

"AÑO LITÚRGICO PATRÍSTICO" Semana XXXIII

Trabajo presentado por el  padre Manuel Garrido Bonaño, monje benedictino de la Abadía de la Santa Cruz, en el Valle de los Caídos,
comenta en esta obra el Año litúrgico, día a día, con textos tomados de los Santos Padres, presentados con oportunos comentarios suyos. De este modo, los textos venerables de la liturgia actual se ven enriquecidos por una antología preciosa de textos patrísticos.

sábado, 17 de noviembre de 2012

TEXTOS DE MEDITACION: MES DE NOVIEMBRE


  ENLACE DONDE PODER VER EL CONTENIDO DEL RETIRO PROPUESTO PARA ESTE MES DE NOVIEMBRE.
EL PRÓXIMO, A COMIENZOS DE DICIEMBRE, SERÁ A PROPÓSITO DEL ADVIENTO.
Os animo a elegir el día que mejor os convenga, hasta finales de mes, y donde podáis dedicarle unas horas a leerlo, meditarlo y orarlo.


Bendiciones...

La caña de bambú Jaume Boada i Rafí O.P.


 La caña de bambú
Jaume Boada i Rafí O.P.


Del libro "Fijos los ojos en Jesús. La parábola del agua"


Narcea S.A. de ediciones. Madrid 2002, 2ª edición. Págs. 166-169

Había un precioso jardín que, nada más verlo, hacía soñar. Estaba allí, junto a la casa del Señor. La puerta, siempre abierta, era invitación silenciosa para todo aquel que deseara encontrar un momento de paz y de sosiego. El mismo Señor acudía todas las tardes a pasear por su jardín.
Siempre se fijaba, era inevitable, en un cañaveral en el que destacaba una preciosa caña de bambú plantada, con sus hermanas, en el centro de un rico conjunto de flores y plantas. Ella y sus compañeras ofrecían, en grupo, un espectáculo peculiar: daban sombra, eran la imagen de la fortaleza y de la grandiosidad de la creación. Ciertamente, entre todas las cañas hermanas, ella la hermosa caña, llamaba la atención por su esbeltez, altura y elegancia. Toda la gente pensaba que era la preferida del Señor. Le encantaba verla así: más alta, robusta y bella que las demás plantas. Era la más fuerte y recia ante los vientos invernales, e imperturbable ante los calores del verano. Pronto se dio cuenta de que, ella, la más destacada caña de bambú, era "especial" para el Señor.
Un día se acercó el Señor al jardín y, como siempre, fue a contemplar el hermoso conjunto que formaban las cañas hermanas. Con mucho amor, serenidad y firmeza le dijo a la más esbelta:
- Mi querida caña de bambú, te necesito
Ella no entendía que el Señor se hubiera dignado a dirigirse personalmente a ella. Tampoco comprendía por qué el Señor le había concedido el privilegio de decirle: "Te necesito". Veía claramente que el Señor le hablaba con un amor especial. Por ello no le costó nada responder:
- Estoy en tu jardín, Señor, soy toda tuya..., cuenta conmigo para lo que quieras.
El Señor escuchaba atentamente la respuesta disponible de la vigorosa caña de bambú. No esperaba otra cosa de su planta predilecta. Pero no quería precipitarse en su propuesta, no quería herirla, ni lastimarla. Deseaba proponerle su proyecto de amor, de tal manera, que ella lo pudiera aceptar con la misma ternura que él ponía en sus palabras. Lentamente, como si comunicara un misterio prosiguió:
- Es que, mi querida caña de bambú, para contar contigo tengo que arrancarte.
- ¿Arrancarme? ¿Hablas en serio? ¿Por qué me hiciste entonces la planta más bella de tu jardín? ¿Por qué me hiciste crecer junto a unas cañas hermanas?. Por favor, Señor, cualquier cosa menos esto .
El Señor, poniendo más ternura aún en sus palabras, con la serenidad que sólo viene del amor, no retiró la propuesta:
- Mi querida caña de bambú, si no te arranco no me servirás.
Quedaron un largo rato los dos en silencio. Parecía que no sabían qué decir. Hasta el viento detuvo su ímpetu respetando el misterio. Los pajarillos del jardín olvidaron su vuelo y su canto. Lentamente..., muy lentamente..., la caña de bambú inclinó sus preciosas ramas y hojas, y dijo con voz muy queda:
- Señor, si no puedes servirte de mí sin arrancarme, arráncame.
- Mi querida caña de bambú -añadió el Señor-, aún no te lo he dicho todo. Es necesario que te corte las hojas y las ramas.
- Señor, no me hagas eso. ¿Qué haré yo entonces en el jardín? Seré un ser ridículo.
Y otra vez le dijo el Señor:
- Si no te corto las hojas y las ramas no me servirás.
Entonces el sol, estremecido, se ocultó. Los pájaros huyeron del jardín pues temían el desenlace. Temblando..., temblando..., la caña de bambú decidida y abandonada sólo pudo decir estas palabras:
- Pues..., córtamelas.
Continuó el Señor:
- Mi querida caña de bambú, todavía me queda algo que me cuesta mucho pedirte: tendré que partirte en dos y extraerte toda la savia. Sin eso no me servirás.
La caña de bambú ya no pudo articular palabra. Silenciosa y amorosamente abandonada, se echó en tierra, ofreciéndose totalmente a su Señor.
Así el Señor del jardín arrancó la caña de bambú, le cortó las hojas y las ramas, la partió en dos y le extrajo la savia.
Después la llevó junto a una fuente de agua fresca y cristalina, muy cercana a sus campos. Las plantas de aquellas tierras del Señor hacía tiempo se morían de sed, estando tan cerca del agua. Un pequeño roquedal impedía que el agua llegara a los campos. Con mucho cariño el Señor ató una punta de la caña de bambú a la fuente, y la otra la colocó en el campo. El agua que manaba de la fuente comenzó, poco a poco, a desplazarse hacia las tierras cercanas, también propiedad del Señor, a través de la caña de bambú.
El campo comenzó a humedecerse y reverdecer. Cuando llegó la primavera el Señor sembró arroz. Fueron pasando los días hasta que la semilla creció, y llegó el tiempo de la cosecha.
Y fue tan abundante que, con ella el Señor pudo alimentar a su pueblo.
Cuando la caña de bambú era alta y esbelta, la más bella de sus hermanas, vivía y crecía sólo para sí misma..., hasta se autocomplacía en su elegancia y esbeltez.
Ahora, humilde y echada en el duro suelo del roquedal, se había convertido en prolongación de la fuente de vida que el Señor utilizaba para alimentar su casa y hacer fecundo su Reino.
¿Qué quieres que haga por ti?...
Y tú, ¿qué estás dispuesto a hacer por mí?

Súplica personal para personalizar
Señor Jesús, concédeme el don espiritual de comprender bien quién eres para mí. La iluminación interior que necesito para ver cómo actúas en mí. Necesito comprender que estás en mí. Sólo Tú me puedes transformar. Me dejo en tus manos, sí, para que me modeles a imagen de tu amor.
Señor te abro la puerta de mi alma y de mi vida para que puedas "hacer de mí" una obra de tu amor. Que yo pueda experimentar que tu amor es fuerte como la muerte y como la vida.
Haz que sea capaz de ver, de mirar, de escuchar, de atender y oír tu voz y tu Palabra. Deseo sentir tu corazón junto al mío, tu mirada en mis ojos, tu presencia en mi vida..., siempre en mi vida.
Te suplico que hagas por mí y en mí lo que te plazca. Sólo quiero responder a tu amor.

Y tú, dice el Señor, ¿qué estás dispuesto a hacer por mi?
Señor, Dios mío, todo..., quiero vivir en ti, estoy dispuesto a dejarme en tus manos amorosas. Sólo deseo ser en ti y vivir siempre en tu amor. Nada más. Sólo deseo amar y dejarme amar por ti. Abandonarme en tu amor.
Estoy dispuesto a ser cada vez más pobre de alma, y más pobre en la vida. Para ello te suplico que tú me hagas pobre, y me concedas la humildad de María que, desde el silencio oculto de Nazareth, donde pronuncia su "fiat", y a lo largo de toda su vida, acepta tu voluntad amorosamente, sencillamente, generosamente, gozosamente..., con una alegría que no tiene fin.
Estoy dispuesto a compartir el misterio de entrega de Cristo; a sumergirme en Él, esconderme en Él, perderme en Él, fundirme en Él, desaparecer en Él... para después poder ser su testigo entre mis hermanos. Y llevar su paz a los que me necesiten y a los hermanos que constituyen mi entorno fraterno o familiar, de quienes deseo sentirme humilde servidor.
Quiero estar disponible para vivir entre mis hermanos de modo que el perdón sea el centro de todo, junto con la paciencia, la pobreza, la presencia, la oración. Quiero vivir mi entrega de una manera cada vez más sencilla, y a la vez más clara, cada vez más callada, y al mismo tiempo más elocuente, más real, más viva, más concreta, más palpablemente significativa. Y sin pretensiones...
Quiero pasar siempre desapercibido, que sólo tú seas el protagonista de todo en mí, sólo tu Palabra la que resuene en mis labios, sólo tu amor el que vibre en mi corazón, sólo tus gestos de ternura los que nazcan de mis manos.
Deseo ser disponible y ser digno de llevar contigo la cruz y hacer míos los sufrimientos de la Iglesia. Quiero vivir en la actitud interior de quien desea ser una ofrenda de amor a tu gloria y para la salvación de todos, especialmente de los excluidos de la sociedad. Quiero estar plenamente disponible a la obra y a la acción del Espíritu Santo en mí. Que Él me selle con el sello de fuego del amor, que Él me purifique y me sane, que Él fortalezca lo que hay en mí de pobreza y de debilidad.
Estoy dispuesto a unirme al abandono y a la entrega incondicional de Cristo en las manos del Padre, viviendo siempre no sólo con el deseo de ofrecer lo que tengo y lo que soy, sino de hacer la donación total de mi propia vida con Él, por Él, en Él y como Él.
Quiero estar en condiciones de realizar el proyecto de Amor que Él tiene para mí y en mi vida. Quiero que Él encuentre en mí un lugar para su descanso, y que pueda convertir mi alma y mi vida en un ámbito de intimidad donde se ora sin interrupción. Estoy dispuesto a ser consciente de que el Padre vive y mora en mí, que el Señor Jesús, el Hijo, está en mí..., y poder percibir la fuerza de la acción del Espíritu en mi alma y en mi vida. Ser templo de la Trinidad, morada de Dios donde todos, especialmente los más pobres y sencillos, los más débiles y pequeños &emdash;los enfermos, y los excluidos, los marginados y los olvidados de la sociedad&emdash; se puedan sentir acogidos como en su casa.
Estoy dispuesto a ser tu testigo y a comunicar tu luz y tu paz, tu alegría y tu gozo, tu esperanza y la gracia de tu amor. Estoy dispuesto a vivir siempre en tu voluntad. A querer solo lo que Tú quieres; a no querer lo que Tú no quieres y a quererlo todo tal y como Tú lo quieres.
Y... finalmente, estoy dispuesto a reconocer mi pobreza y mi incapacidad de conseguir nada de todo esto, si Tú, Señor, no me concedes el don de tu gracia.


HNO ABDÓN RODRIGUEZ.