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jueves, 4 de septiembre de 2014

EXHORTACIÓN A LA CONSTANCIA EN MEDIO DE LA FATIGA Y LA PERSECUCIÓN

De la segunda carta a Timoteo 2, 1-21


Tú, hijo mío, cobra fuerzas de la gracia de Cristo Jesús; y lo que de mis labios has aprendido, con la confirmación de tantos testigos, encomiéndalo a tu vez a hombres fieles que sean capaces de enseñar a otros.

Como buen soldado de Cristo Jesús, entra valerosamente a tomar parte en el esfuerzo común. El soldado que se alista para la guerra no se enreda en las ocupaciones materiales de la vida diaria, si quiere agradar al que lo reclutó; el atleta que toma parte en el concurso no recibe la corona si no lucha según el reglamento; y el labrador que trabaja y se fatiga es el primero que tiene derecho a la recolección de los frutos. Entiende bien lo que quiero decirte, pues ya hará el Señor que lo comprendas todo.

Acuérdate de Cristo Jesús, del linaje de David, que vive resucitado de entre los muertos. Éste es el Evangelio que anuncio y por él sufro hasta llevar cadenas como un criminal; pero el mensaje de Dios no está encadenado. Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que da Cristo con la gloria eterna.

Verdadera es la sentencia que dice: Si hemos muerto con él, viviremos también con él. Si tenemos constancia en el sufrir, reinaremos también con él; si rehusamos reconocerle, también él nos rechazará; si le somos infieles, él permanece fiel; no puede él desmentirse a sí mismo.

Esto has de enseñar, conjurándoles ante Dios a que eviten las discusiones de palabras, que no sirven para nada, si no es para perdición de los oyentes. Procura con toda diligencia presentarte al servicio de Dios de modo que merezcas su aprobación, como obrero que no tiene por qué avergonzarse, y va dispensando sabiamente la palabra de la verdad. Evita las supersticiosas y vanas discusiones, porque no conducen a otra cosa sino a un mayor apartamiento de Dios, y sus opiniones se extenderán como la gangrena. Entre ellos están Himeneo y Fileto, que se han desviado de la verdad al afirmar que la resurrección ya ha sucedido; y así pervierten la fe de algunos.

Sin embargo, el sólido fundamento puesto por Dios permanece firme, marcado con esta inscripción: «El Señor conoce a los que son suyos»; y con esta otra: «Que se aparte de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor.» En una casa grande, hay objetos no sólo de oro y plata, sino también de madera y de barro; y unos se destinan a usos honoríficos, otros a usos viles. Así, pues, quien no se contamina con estos errores será un objeto destinado a usos honoríficos, santificado, útil a su dueño, preparado para toda obra buena.



domingo, 13 de julio de 2014

CONOCERSE ASI MISMO



La crisis de la mitad de la vida nos coloca ante la exigencia del autoconocimiento que a la vez sería una ayuda para superar la crisis. La gracia de Dios que ha establecido en nuestra cabeza el hasta ahora actual edificio de pensar y de vivir, nos ofrece también la ocasión de conocernos a nosotros no sólo externamente sino en el fondo de nuestra alma, donde nuestro ser intimo está escondido.
El camino del autoconocimiento está, para Tauler, en la marcha al interior, la vuelta al propio fondo del alma. El conocimiento de sí mismo es por lo pronto doloroso porque descubre implacablemente lo que en el interior hay escindido de oscuridad y maldad, cobardía y falsedad.
Debemos dejarnos sacudir por el Espíritu de Dios para penetrar en nuestro fondo, para sumergirnos en nuestra propia verdad. Debemos tranquilamente dejar demoler nuestra autosatisfacción y autojustificación y entregarnos a la acción que Dios realiza en esta nuestra apretura:
«Querido: ¡Abísmate, abísmate en el fondo, en tu nada y deja caer sobre ti la torre (de la catedral de la autocomplacencia y de la autojustificación) con todos sus pisos! ¡Deja que vengan a ti todos los demonios que hay en el infierno! ¡Cielo y tierra con todas sus criaturas te servirán maravillosamente! ¡Abísmate solamente! Será para ti lo mejor.»
Es animoso lo que Tauler nos dice. Hasta los demonios del infierno se deben dejar venir con la confianza de que Dios nos conduce a través de la apretura.
El conocimiento de sí mismo lo pone en marcha el Espíritu Santo. Sin embargo, el hombre tiene que colaborar.

“La mitad de la vida como tarea espiritual. La crisis de los 40-50 años”
Escrito por Anselm Grün, Carlos (trad.) Castro Cubells, Anselm Grün

jueves, 20 de marzo de 2014

EL DESIERTO, EL TIEMPO Y LA TRAVESÍA

En el desierto no existe el tiempo.
Basta sumergirse en el espacio inhóspito de las angustias y los desencantos, de las incertidumbres y del dolor de lo improbable para comprobarlo...
Porque sólo uno sabe quién es uno aunque los pedazos de sus días rotos se claven en el alma como las espinas de sólo Dios sabe qué corona en qué piel...
O caminas solo o con Él, tú decides...
Si es solo te aseguro que no te faltarán días, saliva y rencor para lamer tus heridas...
Si es con Él, abre tus brazos a la brisa del crepúsculo con forma de cruz y sacrifica tu destino para reposar a su lado, junto a su huella...
En una mano, el amor; en la otra, el rosario de Rosario. Felicidades entonces.
Como dice mi hermano:"Dios es bueno...".


Y así.
Sé que la travesía es dura, muy dura, especialmente cuando sientes que el amor auténtico y profundo es el que no tiene respuesta... El que se diluye en las ondas maravillosas de tu mensaje...
En el desierto de hoy, en el horizonte circular de mi mirada, no dejo de buscarte...
Y te pido ayuda para aceptar a quienes aman con la devoción fanática e intolerante que arrastra con todo lo que no son ellos...
No entienden que en el aproximarse a Ti no hay distancias...
Sí eso eso es amor, si su Padrenuestro es el mío, haz que me purifique, por favor...
Por eso, cuando estoy a tu lado, es cuando no me pregunto qué hago aquí... O qué es esto...
El sencillo hecho de sentirme tu hermano hace que se esfumen todos, absolutamente todos, los tonos oscuros del color de las presencias...







Porque todo camino de piedras es un desierto que quema y un aridez que escuece, solo cuando dejo las piedras en el camino y planto una semilla puede emerger el sentimiento de ser lo que quiero ser o sentir que soy...y ese sentimiento es El que me llama y me traslada a mi quietud, olvidando la quema, el escozor y las llagas de mi propio desierto...+
ISABEL REZMO.

lunes, 20 de enero de 2014

EXPECTATIVAS, DESEOS Y SUFRIMIENTO


«Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te fuerce a caminar una milla, acompáñalo dos» (Mt 5,40-41)
Si observas de qué modo estás hecho y cómo funcionas, descubrirás que hay en tu mente todo un «programa», toda una serie de presupuestos acerca de cómo debe ser el mundo, cómo debes ser tú mismo y qué es lo debes desear.
¿Quién es el responsable de ese «programa»? Tú no, desde luego. No eres realmente tú quien ha decidido cosas tan fundamentales como son tus deseos y exigencias, tus necesidades, tus valores, tus gustos, tus actitudes... Han sido tus padres, tu sociedad, tu cultura, tu religión y tus experiencias pasadas las que han introducido en tu «ordenador» las normas de funcionamiento. Ahora bien, sea cual sea tu edad y vayas adonde vayas, tu «ordenador» va contigo y actúa y funciona en cada momento consciente del día, insistiendo imperiosamente en que sus exigencias deben ser satisfechas por la vida, por la gente y por ti mismo. De hacerlo así, el «ordenador» te permitirá vivir pacífica y felizmente; de lo contrario, y aunque tú no tengas la culpa, generará unas emociones negativas que te harán sufrir.
Cuando, por ejemplo, otras personas no viven con arreglo a las expectativas de tu «ordenador», éste te atormenta a base de frustración, de ira, de amargura... O cuando, por ejemplo, las cosas escapan a tu control, o el futuro es incierto, tu «ordenador» insiste en que experimentes ansiedad, tensión, preocupación... Entonces empleas un montón de energías en hacer frente a esas emociones negativas. Y generalmente te las apañas para gastar aún más energías en intentar cambiar el mundo que te rodea, al objeto de satisfacer las exigencias de tu «ordenador». Con lo cual obtienes una cierta dosis de una paz bastante precaria, porque en cualquier momento la menor nimiedad (un tren que se retrasa, una grabadora que no funciona, una carta que no llega...) no es conforme con el programa de tu «ordenador», y éste se empeñará en que vuelvas a preocuparte de nuevo.
Por eso llevas una existencia patética, siempre a merced de las cosas y las personas, tratando desesperadamente de que se ajusten a las exigencias de tu «ordenador», a fin de poder tú disfrutar de la única paz que conoces: una tregua temporal de tus emociones negativas, cortesía de tu «ordenador» y de tu «programa».
¿Tiene esto solución? Por supuesto que sí. Naturalmente, no podrás cambiar tu «programa» de buenas a primeras, o quizá nunca. Pero ni siquiera lo necesitas. Intenta lo siguiente: imagina que te encuentras en una situación o con una persona que te resulta desagradable y que ordinariamente tratas de evitar. Observa ahora cómo tu «ordenador» entra instintivamente en funcionamiento e insiste en que evites dicha situación o trates de modificarla. Si consigues resistir y te niegas a modificar la situación, observa cómo el «ordenador» se empeña en que experimentes irritación, ansiedad, culpabilidad o cualquier otra emoción negativa. Sigue considerando esa situación (o persona) desagradable hasta que caigas en la cuenta de que no es ella la que origina las emociones negativas (ella se limita a «estar ahí» y a desempeñar su función bien o mal, acertada o equivocadamente: es lo de menos). Es tu «ordenador» el que, gracias al «programa», se empeña en que tú reacciones a base de emociones negativas. Lo verás mejor si logras comprender que hay personas que, con un programa diferente, y frente a esa misma situación, persona o acontecimiento, reaccionan con absoluta calma y hasta con gusto y contento. No cejes hasta haber captado esta realidad: la única razón por la que tú no reaccionas de ese modo es porque tu «ordenador» insiste obstinadamente en que es la realidad la que debe ser modificada para ajustarse a su «programa». Observa todo esto desde fuera, por así decirlo, y comprueba el prodigioso cambio que se produce en ti.
Una vez que hayas comprendido esta verdad y, consiguientemente, haya dejado tu «ordenador» de generar emociones negativas, puedes emprender cualquier acción que creas conveniente. Puedes evitar la situación o a la persona en cuestión; puedes tratar de cambiarla; puedes insistir en que se respeten tus derechos o los derechos de los demás; puedes incluso recurrir al uso de la fuerza... Pero sólo después de haber conseguido liberarte de tus trastornos emocionales, porque sólo entonces tu acción nacerá de la paz y del amor, no del deseo neurótico de satisfacer a tu «ordenador», de ajustarte a su «programa» o de liberarte de las emociones negativas que genera. Y sólo entonces comprenderás cuan profunda es la sabiduría de estas palabras: «Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te fuerce a caminar una milla, acompáñalo dos». Porque te resultará evidente que la verdadera opresión proviene, no de las personas que pleitean contigo ni de quien te somete a un trabajo excesivo, sino de tu «ordenador», cuyo «programa» acaba con la paz de tu mente en el momento en que las circunstancias externas dejan de ajustarse a sus exigencias. Se sabe de personas que han sido felices... ¡incluso en el opresivo clima de un campo de concentración! De lo que necesitas ser liberado es de la opresión de tu «programa». Sólo así podrás experimentar la libertad interior que está en el origen de toda revolución social, porque esa intensísima emoción, esa pasión que brota en tu corazón a la vista de los males sociales y te impulsa a la acción, tendrá su origen en la realidad, no en tu «programa» ni en tu ego.

Una llamada al amor
Anthony de Mello




miércoles, 1 de enero de 2014

El apellido de Dios

PAPA FRANCISCO
MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTAHE
El apellido de Dios

Martes
17 de diciembre de 2013
 
Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 51, viernes 20 de diciembre de 2013

El hombre es el apellido de Dios: El Señor, en efecto, toma el nombre de cada uno de nosotros —seamos santos o pecadores— para convertirlo en el propio apellido. Porque encarnándose, el Señor hizo historia con la humanidad: su alegría fue compartir su vida con nosotros, «y esto hace llorar: tanto amor, tanta ternura».
Con el pensamiento puesto en la Navidad ya cercana, el Papa Francisco comentó, el martes 17 de diciembre, las dos lecturas propuestas por la liturgia de la Palabra, tomadas respectivamente del libro del Génesis (49, 2.8-10) y del Evangelio de san Mateo (1, 1-17). En el día de su septuagésimo séptimo cumpleaños, el Santo Padre presidió como de costumbre la misa matutina en la capilla de Santa Marta. Concelebró, entre otros, el cardenal decano Angelo Sodano, quien le expresó la felicitación de todo el Colegio cardenalicio.
En la homilía, centrada en la presencia de Dios en la historia de la humanidad, el Obispo de Roma señaló en dos términos —herencia y genealogía— la clave para interpretar respectivamente la primera lectura (referida a la profecía de Jacob que reúne a sus hijos y anuncia una descendencia gloriosa para Judá) y el pasaje evangélico que presenta la genealogía de Jesús. Centrándose en especial en esta última, destacó que no se trata de «una lista telefónica», sino de «un tema importante: es historia», porque «Dios envió a su Hijo» en medio de los hombres. Y, añadió, «Jesús es consustancial al Padre, Dios; pero también consustancial a la madre, una mujer. Y es ésta la consustancialidad de la madre: Dios se hizo historia, Dios quiso hacerse historia. Está con nosotros. Ha hecho camino con nosotros».
Un camino —continuó el Obispo de Roma— iniciado hace tiempo, en el Paraíso, inmediatamente después del pecado original. Desde ese momento, en efecto, el Señor «tuvo esta idea: hacer camino con nosotros». Por ello «llamó a Abrahán, el primero que se nombra en esta lista, en este elenco, y le invitó a caminar. Y Abrahán comenzó ese camino: generó a Isaac, e Isaac a Jacob, y Jacob a Judá». Y así sucesivamente, adelante en la historia de la humanidad. Por lo tanto, «Dios camina con su pueblo» porque «no quiso venir a salvarnos sin historia; Él quiso hacer historia con nosotros».
Una historia, afirmó el Pontífice, hecha de santidad y de pecado, porque en la lista de la genealogía de Jesús hay santos y pecadores. Entre los primeros, el Papa recordó a «nuestro padre Abrahán» y «David, que tras el pecado se convirtió». Entre los indicados en segundo lugar, «pecadores de alto nivel, que cometieron pecados grandes», pero con quienes Dios igualmente «hizo historia». Pecadores que no supieron responder al proyecto que Dios había imaginado para ellos: como «Salomón, tan grande e inteligente, que acabó como un pobrecillo que no sabía ni siquiera cómo se llamaba». Sin embargo, constató el Papa Francisco, Dios estaba también con él. «Y esto es hermoso: Dios hace historia con nosotros. Es más, cuando Dios quiere decir quién es, dice: yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob».
He aquí por qué ante la pregunta «¿cuál es el apellido de Dios?», según el Papa Francisco es posible responder: «Somos nosotros, cada uno de nosotros. Él toma de nosotros el nombre para hacer de ello su apellido». Y en el ejemplo presentado por el Pontífice no están sólo los padres de nuestra fe, sino también gente común. «Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob, de Pedro, de Marietta, de Armony, de Marisa, de Simone, de todos. De nosotros toma el apellido. El apellido de Dios somos cada uno de nosotros», explicó.
De aquí la constatación que, tomando «el apellido de nuestro nombre, Dios hizo historia con nosotros»; es más, aún más: «dejó que la historia la escribiésemos nosotros». Y nosotros aún hoy seguimos escribiendo «esta historia», que está hecha «de gracia y de pecado», mientras que el Señor no se cansa de venir a nuestro encuentro: «ésta es la humildad de Dios, la paciencia de Dios, el amor de Dios». Por lo demás, también «el libro de la Sabiduría dice que la alegría del Señor está en los hijos del hombre, con nosotros».
He aquí, entonces, que «acercándose la Navidad» al Papa Francisco —como él mismo confesó al concluir su reflexión— se le ocurrió naturalmente pensar: «Si Él hizo su historia con nosotros, si Él tomó de nosotros su apellido, si Él dejó que nosotros escribiésemos su historia», nosotros, por nuestra parte, deberíamos dejar que Dios escriba la nuestra. Porque, aclaró, «la santidad» es precisamente «permitir que el Señor escriba nuestra historia». Y éste es el deseo de Navidad que el Pontífice quiso expresar «a todos nosotros». Un deseo que es una invitación a abrir el corazón: «Haz que el Señor escriba tu historia y tú permite que Él la escriba».

miércoles, 25 de septiembre de 2013

CADA AMANECER

  Cada amanecer, exploras, vives, sientes, amas, lloras, cada amanecer es un regalo de
Dios, cada movimiento de tus ojos con un simple parpadeo, invita a desglosar un pétalo de vida, nada es mas ardiente que ese amanecer, cuando al desvelarte de la aurora te das cuenta que tienes 24 h de segundos para respirar la belleza que te rodea.
¿Y por qué no?Buscar a Dios,tratamos de posicionarle un concepto,de cuestionarle una definición, de etiquetarle como un objeto dentro de una vitrina,
y es imposible porque Dios esta en la vitrina de la eternidad,
del corazón, pero tambien en lo creado,cuando dejes de mirar desde Dios al mundo, y mires desde el mundo, hallarás a Dios en cada molécula, en cada átomo,
 Cuando intentes en cada gesto cotidiano, en convertirte
en amor a todo lo creado por el hombre y para el hombre.
ISABEL REZMO
 
Sor + Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple

jueves, 18 de julio de 2013

LA ARIDEZ DE TU DESIERTO.

"El desierto es el lugar del despojo del propio yo. La inmensa aridez que te rodeará, hará desaparecer de ti todas aquellas cosas que no son imprescindibles en tu vida. Desnudará tu alma, y te despojará de todo, incluso de lo que consideras como más amado."

Puedes hacer de tu vida un desierto, un desierto personal que no influya el calor del sol, el frio del invierno, la pesadez de la vida, que no influya el sinsabor, el dolor o el peso de la propia razon, Puedes hacer de tu vida un desierto donde el tormento no aprenda a deslucir tu mañana, pero puedes hacer de ese desierto un oasis de perfección a tu propia bondad, a tu propia gratuitidad donde vivan los tuyos, los otros y tuú mismo....puedes hacer de todo eso una vida dedicada a la propia contemplación: de Dios, del mundo, de la vida y de toda manifestación que consideres como un bien a las personas...


Cuantas veces intentamos silenciar nuestro mundo pero lo hacemos agraviados por el peso de las circunstancias, abrumados por el falso ego que nos invita a responder con casi ilegitimidad a las erosiones de la vida, la sociedad, nuestros deseos. Nos lanzamos a un mundo intrigado e instigador  que da pie a satisfacer nuestro orgullo, nuestro deseo, nuestro bienestar, cuando solo alimentamos al demonio que llevamos encima.

 En la medida que seamos capaces de ver que en los múltiples coletazos de esta vida y de esta sociedad el hombre se convierte en esclavo de si mismo y de lo que le rodea comprenderemos la necesidad de encontrar un vacio mucho mas ensordecedor, mas ruidoso que lo externo. Ruidoso porque golpea con fuerza  llamando a nuestros sentidos, a nuestro pensamiento.
No lo esquives es el mismo Dios que te está diciendo párate y mírate a ti mismo,,,,¿esto es lo que quieres?Lo que amas, lo que buscas....convertirte en un ser mucho mas mediocre ante ti mismo y ante la vida....
Busca un vacío inmenso donde poder encontrar la mano de Dios y tu propia mano,ahí comienzas a vivir en Paz. 





Sor + Isabel Maria Perez Moreno
Dama del Temple

miércoles, 3 de julio de 2013

VUESTRA VOCACION ES LA LIBERTAD

COMENTARIOS A Gálatas 4,31-5,1,13-18:
Vuestra vocación es la libertad. Liberación personal del pecado para vivir totalmente con fidelidad al designio de Dios sobre nosotros. La libertad del justo es una libertad en el amor al prójimo por Dios. Esto, paradójicamente, nos lleva a una esclavitud al servicio del hermano. Es también una libertad en el Espíritu Santo, que dirige la vida de los justos y la orienta por un camino espiritual contrario a las apetencias de la carne, cuya vida es antagónica a la del Espíritu, totalmente dominada por lo divino y sobrenatural.

 Dice San Juan Crisóstomo:

«Cristo nos liberó del yugo de la esclavitud, nos hizo responsables de nuestras actuaciones, pero no para que empleáramos ese poder para el mal, sino como ocasión de alcanzar un premio mayor, elevándonos a un nivel más alto de vida. Puesto que en varias ocasiones llama a la ley yugo de esclavitud y a la gracia liberación de la maldición, a fin de que nadie creyese que prescribe abandonar la ley porque fuera lícito vivir de forma contraria a la ley, corrige esta suposición diciendo: ordeno esto, no para que surja una forma de vida inicua, sino para que la vida cristiana vaya más allá de la ley, pues las ataduras de la ley han sido destruidas.

«No digo todo esto para que seamos pusilánimes, sino para que alcancemos un nivel más alto.. Andad según el Espíritu y no deis satisfacción al deseo de la carne. He aquí que señala otro camino que hace accesible la virtud y que da cumplimiento a cuanto se ha dicho, camino que engendra amor y que viene reforzado por el amor. Pues nada, nada inclina tanto al amor como el ser espiritual, y nada induce al Espíritu a permanecer con nosotros como la fuerza del amor... El que posee el Espíritu, tal y como conviene, apaciguará gracias a él todos los malos deseos. El que se ve libre de estos, no necesita del auxilio de la ley, porque se encuentra en una situación más elevada con respecto a sus preceptos...» (Comentario a la Carta a los Gálatas V,3-6).


jueves, 20 de junio de 2013

UNION Y DIVISION

Para llegar a ser yo mismo, tengo que dejar de ser lo que siempre pensé que quería ser; para encontrarme a mí mismo, tengo que salir de mí, y para vivir tengo que morir.
            Esto se debe a que he nacido en el egoísmo y, por tanto, mis esfuerzos naturales para hacerme más real y más yo mismo, me hacen menos real y menos yo mismo, porque giran en torno a una mentira.

Quienes no conocen nada de Dios, y cuyas vidas están centradas en sí mismos, se imaginan que sólo pueden encontrarse a sí mismos afirmando sus deseos, ambiciones y apetitos en una lucha con el resto del mundo. Tratan de hacerse reales imponiéndose a otras personas, apropiándose de una parte de la cantidad limitada de bienes creados y acentuando así la diferencia entre ellos y otras personas que tienen menos que ellos o nada en absoluto.
            Sólo pueden concebir una manera de hacerse reales: separarse de los otros y construir una barrera de contraste y distinción entre ellos y los demás. No saben que la realidad no debe ser buscada en la división sino en la unidad, ya que somos «miembros unos de otros».
            Quien vive en la división no es una persona, sino únicamente un «individuo».
            Tengo lo que vosotros no tenéis. Soy lo que vosotros no sois. He conseguido lo que vosotros no habéis podido conseguir y me he apropiado de lo que vosotros no tendréis jamás. Por ello vosotros sufrís y yo soy feliz, vosotros sois despreciados y yo soy elogiado, vosotros morís y yo vivo; vosotros sois nada y yo soy algo, y soy tanto más porque vosotros no sois nada. De esta manera paso mi vida admirando la distancia entre vosotros y yo; a veces esto incluso me ayuda a olvidar a las personas que tienen lo que yo no tengo, han tomado lo que yo no tomé debido a mi lentitud, se han apropiado de lo que estaba fuera de mi alcance, son elogiadas como yo no puedo serlo y viven de mi muerte...
            Quien vive en la división, vive en la muerte. No puede encontrarse a sí mismo porque está perdido; ha dejado de ser una realidad. La persona que cree ser es un mal sueño. Y cuando muera, descubrirá que había dejado de existir hacía mucho porque Dios, que es la realidad infinita y en cuya Mirada está el ser de todo lo que existe, le dirá: «No te conozco».


Y ahora reflexiono sobre la enfermedad del orgullo espiritual. Pienso en la peculiar irrealidad que penetra en el corazón de los santos y devora su santidad antes de que esté madura. Hay algo de este gusano en el corazón de todos los religiosos. Tan pronto como realizan algo que saben que es bueno a los ojos de Dios, tienden a apropiarse de esa realidad y hacerla suya. Tienden a destruir sus virtudes reivindicándolas para sí y revistiendo la íntima ilusión de sí mismos con valores que pertenecen a Dios. ¿Quién puede escapar del secreto deseo de respirar una atmósfera diferente de la del resto de los seres humanos? ¿Quién puede hacer obras buenas sin buscar en ellas alguna agradable distinción del común de los pecadores en este mundo?
            Esta enfermedad es más peligrosa cuando consigue aparecer como humildad. Cuando un orgulloso se cree humilde, es un caso perdido.
            Supongamos que un hombre ha hecho muchas cosas que a su naturaleza le resultaba difícil aceptar. Ha superado pruebas difíciles, ha trabajado mucho y, por la gracia de Dios, ha llegado a poseer un hábito de fortaleza y abnegación por el cual, finalmente, el trabajo y los sufrimientos se hacen llevaderos. Es razonable pensar que su conciencia esté en paz. Pero antes de que pueda percatarse de ello, la limpia paz de una voluntad unida a Dios se convierte en la complacencia de una voluntad que ama su propia excelencia.
            El placer que siente en su corazón cuando realiza cosas difíciles y consigue hacerlas bien, le dice secretamente: «Soy un santo». Al mismo tiempo, parece que otros reconocen que es diferente de ellos. Lo admiran, o quizás lo evitan –¡el dulce homenaje de los pecadores!–. El placer se convierte en un fuego devorador. El calor de ese fuego es muy semejante al amor de Dios, porque es alimentado por las mismas virtudes que mantienen la llama de la caridad. Arde en el fuego de la admiración de sí mismo, pero piensa: «Es el fuego del amor de Dios».
            Piensa que su orgullo es el Espíritu Santo.
            El dulce calor del placer se convierte en el criterio de todas sus obras. El gusto que encuentra en los actos que lo hacen admirable a sus propios ojos lo lleva a ayunar, a orar, a ocultarse en la soledad, a escribir muchos libros, a construir iglesias y hospitales o a fundar mil organizaciones. Y cuando consigue lo que quiere, piensa que su sentimiento de satisfacción es la unción del Espíritu Santo.
            Y la secreta voz del placer canta en su corazón: Non sum sicut caeteri homines («No soy como los demás hombres» [Lc 18,9-14]).
            Una vez que comienza a avanzar por este camino, no hay límites para el mal que, llevado de la satisfacción de sí mismo, puede hacer en nombre de Dios y de Su amor, y para Su gloria. Está tan satisfecho de sí mismo que ya no puede tolerar el consejo de otra persona –o las órdenes de un superior–. Cuando alguien se opone a sus deseos, junta humildemente las manos y parece que lo acepta por el momento, pero en su corazón dice: «Soy perseguido por hombres mundanos, incapaces de comprender a quien está guiado por el Espíritu de Dios. A los santos siempre les ha sucedido así».
            Y, habiéndose hecho un mártir, es diez veces más testarudo que antes.
            Cuando tal persona se cree que es un profeta, un mensajero de Dios, o que tiene una misión para reformar el mundo, las consecuencias son terribles... Es capaz de destruir la religión y hacer que el nombre de Dios resulte odioso para los hombres.

Tengo que buscar mi identidad, de alguna manera, no sólo en Dios sino también en los otros.
            Jamás podré encontrarme a mí mismo si me aíslo del resto de la humanidad como si fuera un ser de una especie diferente.
Thomas Merton "Nuevas Semillas de Contemplación"

miércoles, 5 de junio de 2013

DESEOS DE BUSCAR A DIOS EN EL DESIERTO


La soledad es un algo esencial para la intimidad del amor. Podíamos empezar aquí asegurando que en la vida mundana, todo amor entre hombre y mujer requiere soledad, la soledad aumenta la confianza y el amor entre los seres y también entre estos y Dios, por ello nada tiene de extraño que haya personas que deseen buscar a Dios en la soledad y el silencio del desierto o el yermo. Escribía un alma enamorada de Dios: Mi alma te busca y te ansía desesperadamente Señor, y pienso que ningún sitio mejor para poseerte aquí abajo, que en la soledad del desierto.

El tema de la soledad o aislamiento, del cual ya hemos hablado en otras ocasiones, es ambivalente, ya que mientras en el orden material, existe el deseo de no estar solo de no estar aislado de sentirse amparado por la compañía de otra persona o personas, tal como antes ya hemos visto, en el orden espiritual se da lo que podríamos llamar el “deseo de desierto”. Se trata de aquellas personas que inflamadas en el amor a Dios, embelesadas en este amor, solo desean estar con Él en exclusividad. Es el caso de los antiguos Padres del desierto, y de todos aquellos que tienen el privilegio de sentir la llamada a una vocación eremítica, o de los que buscan ingresar, en una cartuja, en un yermo camaldulense o en un desierto carmelitano.

Santa Teresa de Jesús alude a este tema en su obra, “Moradas o castillo interior”, escribiendo: Da Dios a estas almas, un deseo tan grandísimo de no descontentarle en cosa ninguna, por poquito que sea, ni hacer una imperfección, que por sólo esto aunque no fuese por más, querría huir de las gentes, y ha gran envidia a los que viven y han vivido en los desiertos. Evidentemente esto es así, esta clase de almas tan tremendamente enamoradas del Señor, tienen envidia de los que viven en el desierto. Escribe Vittorio Messori: “Un símbolo es la iglesia, la catedral, el lugar del encuentro comunitario, el momento de estar junto con todos los vivos y con todos los muertos. El otro símbolo es el yermo, es la celda, la estancia desnuda y silenciosa, momento de la soledad, de la reflexión. La plaza y el desierto he aquí los dos polos de la tensión cristiana”.

 
El deseo de buscar a Dios en el desierto en la soledad, tiene varios fundamentos: el primero es el hecho incontestable de que a Dios se le encuentra más pronto y mejor, en la soledad y en el silencio. A Dios hay que escucharle en el ruido del silencio, es difícil escucharle en el ruido del mundo. Sin embargo hay quienes consideran que no es imprescindible el aislamiento físico, Así, Henry Nouwen escribe: La soledad que realmente importa es la soledad del corazón. Es una cualidad interior o una actitud que no depende de ningún tipo de aislamiento físico. En ocasiones este aislamiento es necesario para desarrollar esta soledad del corazón, pero puede ser triste y hasta peligroso el considerar como algo esencial a la vida espiritual lo que puede ser un accidente personal o un privilegio de monjes o eremitas. Considero necesario aclarar a esta opinión de Nouwen, de que el llamémoslo “don eremítico” tiene un carácter accidental. Esta carácter accidental solo se puede decir que lo tienen, aquellas personas que carecen del “don eremítico” ya que este es un regalo que Dios otorga solo a los que por su amor, son capaces de renunciar con un carácter total y absoluto, a todo lo de este mundo les ofrece y aceptar la dureza de una vida, de la que solo se tiene ligeras nociones de ella, los que temporalmente han querido saber lo que esto era. Porque una cosa es ser eremítico una temporada y otra distinta es quemar las naves y ser eremítico hasta que Dios le llame a uno.
En cuanto al silencio, para mejor comprender la importancia de este, conviene recordar un dicho que dice, que: cuando oramos le hablamos a Dios y cuando leemos es Dios quien nos habla. Pues bien, no cabe duda de que para leer sosegadamente necesitamos del silencio, nuestra mente debe de estar atenta a lo que nos dice el libro y no se puede concentrar uno en lo que nos dice el libro si al mismo tiempo queremos escuchar la radio y aún peor; ver la TV. En el desierto material podemos encontrar, las condiciones ideales para contactar con Dios. Pero además de lo ya expuesto, tenemos otro fundamento que es el que dio origen a los primeros movimientos eremíticos. Thomas Merton escribe: “En aquellos días los hombres habían llegado al profundo convencimiento del carácter estrictamente individual de la salvación. La sociedad era contemplada por ellos como un naufragio, y cada individuo tenía que nadar para salvar su vida”. El eremita tenía que ser entonces y ahora también, un hombre maduro en la fe, humilde y distante de sí mismo en un grado realmente terrible.


La vida solitaria supone una purificación áspera y dura del corazón… La vida del ermitaño es una vida de pobreza material y física sin apoyo visible. La vocación a una soledad total, es una vocación al sufrimiento, a la oscuridad y al anonadamiento. Sin embargo cuando uno tiene esta vocación, la prefiere a cualquier paraíso terrenal. Lo terrible de la vida solitaria, es la cercanía con que acosa a nuestra alma la voluntad de Dios. Es mucho más fácil y más seguro, el que nos llegue la voluntad de Dios, filtrada suavemente a través de la sociedad, de las leyes de los hombres y de las órdenes de otros, que no en una relación directa sin filtro alguno que se nos interponga entre nosotros y el Señor.

El ermitaño vive como un profeta a quien nadie escucha como una voz que grita en el desierto, como un signo de contradicción. El mundo no lo quiere, porque él no tiene nada que pertenezca al mundo, y él no entiende al mundo. El mundo por eso tampoco lo entiende a él. Pero esta es su misión, ser rechazado por el mundo, que a la vez rechaza la temible soledad de Dios mismo. El ermitaño, está ahí, para ponernos en guardia contra nuestra natural obsesión, por lo que se ve, por lo social, y lo común de la vida cristiana que a veces tiende a ser desordenadamente activa, y termina por meterse más de la cuenta en la vida de la sociedad secular no cristiana. El cristiano ordinario reiteradamente olvida que está en el mundo, pero no es del mundo. Más, en el caso de que llegue a olvidarlo o, lo que es peor en el caso de que nunca se llegue a dar cuenta de ellos, ha de haber hombres que renuncien completamente al mundo. Hombres que ni estén en el mundo ni sean del mundo.

 
No obstante, se equivoca aquellos, que se hayan hecho o tengan la idea de hacerse ermitaños, pensando que solo podrían llegar a ser santos huyendo de los otros seres humanos. Una vida de soledad deliberada solo se justifica, si el eremita está convencido de que su aislamiento le servirá para amar no solo a Dios, sino también a los demás. Si alguien se retira al desierto solamente para alejarse de aquellos que no le gustan, no encontrará paz ni soledad; tan solo se aislará con una muchedumbre de demonios. Siempre ha habido y habrá ermitaños que viven en medio de los hombres sin saber porqué. Están condenados a su aislamiento, bien por su temperamento, bien por las circunstancias, y llegan a acostumbrarse a él. No es a estos a los que me refiero sino aquellos que, habiendo llevado una vida ordenada y activa en el mundo, abandonan su vida y se van al desierto.

En relación a la vida contemplativa, es verdad que una llamada a mayor soledad, no es directamente, sinónimo de vocación contemplativa, pero sin embargo, sí que acentúa la dimensión contemplativa de la vida. Como sabemos la contemplación y el llevar vida contemplativa, es un especial don que Dios otorga no a toda alma enamorado de Él, que lo anhela

martes, 28 de mayo de 2013

Con la Oración encontramos la Paz

Conforme te busco Señor, adquiero la noción
 de que no estoy sola. Conforme te imploro concibo la gracia de que mis súplicas son escuchadas. Es el silencio en mi vida lo que busco como la brisa de la primavera en los atardeceres, aquellos senderos donde puedo oir el rumor de mis pasos crujiendo la hierba, la tierra removida por la tormenta pasada.
Qué lujo Señor poder oirte en mi silencio...creo que a veces todo se envuelve en mi oración porque así
estas más cerca. Se va toda la amargura y conforme llega el ocaso, mi tranquilidad es plena.
No renuncio a esa llamada que me has indicado a lo largo de mi vida. La encontré creyendo que estaba perdida. Y es que necesitaba solo silenciarme para oirla.


 

A través de la Oración encontramos la Paz en nuestro espíritu,
la fortaleza para la batalla diaria,
el consuelo del sufrimiento,
el dolor de los avatares de la vida.
No dejes de llamar al Señor es tu refugio,
el espíritu que da fuerza a tu alma.


Sor + Isabel María Pérez Moreno
Dama del temple

sábado, 4 de mayo de 2013

LA CONTEMPLACION DE DIOS A TRAVES DE LAS OBRAS Y A TRAVES DE LA ORACIÓN.

  Continuamente si cierro los ojos a mi Señor, al que entrego todo por mi ¿qué sentido tiene?....Qué valor tiene sus enseñanzas si no soy coherente en mi modo de vida con ellas? afirmo una Fe que intento defender, pero carece de sentido si no lo proclama mi obra... Mi obra es la demostración de mi Fe, y mi mano es la demostración de que Dios habita en mí...
  La fe es la vid que nos engendra a ser perfectos ante Dios, el fruto es su consistencia, es decir, el arraigo en la fe en Cristo porque el ya ha echado raices en nosotros...ha plantado su generosidad y su amor en nuestro corazón, y entonces somos simientes de amor para sembrar en los demás.
Todos los dias busco mi oración para poder hablarte y también buscarte. Una oración plena a ti Señor. Estoy hecha de carne que a veces se arruga ante los problemas, se arruga ante el miedo...y después de ese miedo..se convierte en tristeza por no ser fuerte, y solo me vuelvo a ti implorándote que vuelvas a darme fuerza para seguir, mirarme en mis adentros, en mi imagen y hallar una paz para que pueda seguir dándome al exterior.
 Te veo en todo lo que me rodea, en cada palmo de la tierra, en el amor que irradio y en el amor que los demás irradian; nada es más grande que tu presencia eterna, nada es más fuerte que tu aliento en espíritu y toda tu imagen se proyecta en la Creación...todo es divino porque lleva la marca del Creador ¡gloria a Dios en la tierra que se manifiesta a nuestros ojos! 
Qué pequeños somos comparado con la gracia que nos otorgas...y qué inutil es vivir sin apreciar todo lo que aportas a nuestra vida.
 Para hacer la voluntad de Dios es preciso dejar a un lado nuestro sentir; si hacemos silencio en nuestro corazón oiremos el susurro de Dios y comprenderemos que El nos habla indicándonos el camino a seguir.
¿Dios mio donde estás? es inútil buscar la evidencia de Tu presencia si no soy capaz de comprender que solo puedo llegar a verte si soy capaz de quedarme en el silencio de mi interior.
El ruido externo, me molesta porque me desvía de la atención, de la contemplación, necesito reforzar mi interior para asomarme al mundo que me rodea y entonces buscarte.
A través del bien común puede ser una manera de buscar o encontrarte o de salir a Tu encuentro:  Tu presencia en los ojos de los demás, en los ojos de mis actos que llevan al bien. 
El bien absoluto:la justicia, la paz y el amor, es el camino para contemplarte, pues cuando ese acto se hace evidente entonces te dibujamos  en el mundo.....no es posible buscar fuera lo que  ya se quién y qué está dentro.
Hacemos vivo a Dios a través de nosotros mismos, en el convencimiento de mi propia conciencia, por lo que no puede ser entendido tu existencia a ojos de los demás, porque es un convencimiento libre y racional de la propia persona.
¿Dónde hallarte? simplemente en los ojos de mi interior y en la soledad de mi condición, y en la manera de conducirme en el mundo, me manifiesto y te manifiesto.
                                               
 
PAZ Y BIEN
Buscar el encuentro y el diálogo con Dios todos los dias de nuestra existencia.
 Sor + Isabel María Pérez Moreno.
Dama del Temple.
 
 

martes, 23 de abril de 2013

MEDITACIONES SOBRE LA FE : Tadeusz Dajczer



 


"Entramos a través de la fe en la vida de Dios, en la vida de Jesucristo, sólo él puede generar en nosotros su propia vida. El fin de nuestra fe es pensar como Jesucristo; permitirle a él, que vive en nosotros a través de la fe, que nos utilice, que piense desde nuestro interior; y que viva en él.
Gracias a la fe, puede producirse una transformación total de nuestra forma de ver, pensar, sentir y vivir.
La fe cambia nuestra mentalidad, nos obliga a colocar siempre a Dios en un primer plano; a preocuparnos porque toda nuestra vida esté orientada hacia él, y a interpretar el mundo a la luz divina. Entonces todos nuestros juicios, valoraciones, deseos y expectativas se iluminan con esa luz. De esa manera se realiza la comunión de la fe, la cual alcanzará su plenitud en el amor.

 El mundo creado que nos rodea es como una voz que nos habla. Si nuestra fe es débil esa voz provoca en nosotros la distracción, nos separa de Dios y nos centra en nosotros
mismos. Con el aumento de la fe se produce el proceso opuesto; el mundo externo empieza a hablamos de Dios, nos concentra en Dios y nos impulsa hacia él. Se convierte
en un signo de su presencia, nos ayuda a entablar contacto con él y se transforma en un lugar de encuentro con él. La fe hace capaz de superar las apariencias, de distinguir la
causa primera de las segundas, y de advertir que lo que sucede alrededor no se produce por obra del hombre. La fe te posibilita descubrir las huellas de Dios en la criatura. Te da la posibilidad de advertir, en los fenómenos y en los acontecimientos, la expresión de la voluntad de Dios, del paso de Dios por tu vida, y por la vida del mundo.
 Gracias a la fe, Cristo se convierte gradualmente en luz que ilumina toda la vida del hombre. El se convierte en una presencia viva y activa en la vida de sus discípulos.
 Cada momento de la vida nos trae su presencia. El tiempo es la Presencia escrita con mayúscula. Es la presencia de Cristo en tu vida, es la presencia personal de Dios quien se revela como un ser que espera algo de nosotros. Dios se nos manifiesta a través de su voluntad. ¿Y cuál es su voluntad? Siempre equivale a nuestro bien, porque Dios es amor. Cada momento de tu
vida es un momento de encuentro con esta presencia que te ama. Alguien dijo que el tiempo es el sacramento del encuentro del hombre con Dios. En ese sentido todo momento es un talento evangélico, porque es la presencia que exhorta a algo. Dios vincula la gracia con cada momento, sea un momento fácil o difícil. 
San Pablo dice que nosotros vivimos en Dios, y en él nos movemos y existimos. De él, pues, recibimos el
don de la existencia, pero también el don de la respiración, de la alimentación, de la amistad; el don de cada momento de la vida".
 Tadeusz Dajczer
 
Tadeusz Dajczer, con una larga experiencia como director espiritual, recoge en Meditaciones sobre la fe meditaciones, reflexiones y máximas sobre los aspectos más importantes de la fe: cómo desarrollarla, de qué modo manifestarla en la propia vida, cómo mantenerla mediante la participación en los sacramentos, la oración constante y la práctica del amor evangélico. La fe puede entenderse desde ópticas muy variadas, más o menos encarnadas en la vida cotidiana de las personas. En este libro es vista como participación en la vida de Dios, adhesión a Cristo y abandono en él, pero explicada, más que como reflexión teológica, como consejo evangélico de aplicación inmediata a la vida cotidiana.
 El padre Tadeusz Dajczer (Varsovia 1931-2009) fundó el Movimiento de las Familias de Nazaret, ya implantado en España y extendido en más de diez países, en 1985. Fue doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma y profesor en la Facultad de Teología católica de Varsovia
 

martes, 2 de abril de 2013

DESCUBRIR A DIOS, ENCONTRARNOS A DIOS..T MERTON SEMILLAS DE CONTEMPLACION..

Nuestro descubrimiento de Dios es, en cierto modo, el descubrimiento que hace Dios de nosotros. No podemos ir al cielo a buscarlo, porque no tenemos modo de saber dónde
está el cielo ni lo que es. Él baja del cielo y nos encuentra. Nos mira desde la profundidad de Su realidad infinita, que está en todas partes, y mirándonos nos da una realidad superior en que nosotros a nuestra vez Lo descubrimos. Sólo Lo conocemos
tanto cuanto somos conocidos por Él, y nuestra contemplación de Él es una participación en la contemplación de Sí mismo.
Nos convertimos en contemplativos cuando Dios se descubre a Sí mismo en nosotros. En ese momento, se abre el punto de nuestro contacto con Él, y pasamos por el centro de nuestra alma y entramos en la eternidad.
Es cierto que Dios se conoce a Sí mismo en todas las cosas que existen. Él las ve, y por verlas Él existen. Por amarlas Él son buenas. Su amor en ellas es su bondad intrínseca. El valor que Él ve en ellas es su valor. En cuanto Él las ve las ama, todas las
cosas Lo reflejan. Pero aunque Dios está presente en todas las cosas por Su conocimiento, Su amor, Su poder, y Su cuidado de ellas, Él no es necesariamente advertido y conocido por ellas.
Sólo es conocido y amado por aquellos a quienes dio graciosamente una participación en Su propio conocimiento y en el amor de Si mismo. Para conocer y amar a Dios tal como es, debemos tener a Dios morando en nosotros de un modo nuevo y especial. Y así Dios colma las infinitas distancias entre Él y los espíritus creados para amarlo, con misiones sobrenaturales de Su propia Vida. El Padre, que reside en la entraña de todas las cosas y en mi propio ser, me comunica Su Verbo y Su Espíritu, y en estas misiones soy atraído a su propia vida y conozco a Dios en Su mismo Amor.
Mi descubrimiento de mi identidad empieza y se perfecciona en estas misiones, porque es en ellas donde Dios mismo, llevando en Sí el secreto de quién soy yo empieza a vivir en mi no solo como mi Creador, sino como mi otro y verdadero yo.
Vivo, iam non ego, vivit vero in me Christus.



Aunque Dios vive en las almas de los hombres que no tienen conciencia de Él, ¿cómo puedo decir que Lo he encontrado y me he encontrado a mí mismo en Él, si nunca Lo conozco ni pienso en Él, nunca me intereso por Él, ni Lo busco, ni deseo Su presencia en mi alma? ¿De qué sirve dirigirle la fórmula de unas oraciones, si luego me aparto y dedico toda mi mente y toda mi voluntad a las cosas creadas, deseando alcanzar sólo
fines que quedan muy lejos de Él? Aunque mi alma esté justificada, si mi mente no Le pertenece, tampoco yo Le pertenezco. Si mis deseos no se dirigen a Él, sino que se
esparcen en Su creación, será porque he reducido Su vida en mí al nivel de una formalidad cualquiera, prohibiéndole ejercer en mí un influjo verdaderamente vital.

T MERTON -SEMILLAS DE CONTEMPLACIÓN
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 ¿Dónde está Dios?, ¿donde lo busco, lo encuentro, lo llamo?...el encuento con Dios es un diálogo conmigo mismo en el que trato de hallarlo dentro de mi....para luego verlo afuera. No puedo decir veo a Dios o que creo en El si no hago una intensa búsqueda en mi. Ese proceso no terminará nunca. Jamás debemos conformarnos con ver a Dios en un momento concreto de nuestra existencia. Porque no nos damos cuenta que El siempre está...como ciegos caminamos en la vida queriendo encontrar una señal que indique q esta ahí..pero El ya nos ha visto mucho antes incluso, aun sin saber que lo estamos buscando.
Racionalmente no podemos encontrar un como, una razón, una justificacion de Dios,,...El es su propia justificacion, a través de mis ojos, de mis sentidos, de mis pensamiento, y de mi mismo....la racionalidad de Dios comienza cuando en nosotros encontramos los indicios que nos llevan a El...encontramos la certeza de que no podemos existir sin El, porque el nos regala el poder ser o exisitir mas alla de la pro-creacion de una vida, el regalo es la vida en si misma, y la evidencia de la existencia de Dios es abrirnos en nosotros al conocimiento de que lo creado, lo vivido, lo que nos rodea es una manifestacion de la imagen de Dios en el mundo,,,,,a traves de nuestros ojos, de nuestro tacto y de las múltiples pistas que dejan su rastro a lo lago de nuestra vida. No nos afanemos en preguntarnos donde esta Dios, Dios está en todos los átomos de la tierra, en todos los poros del universo y solo lo podemos verlo cuando nos paramos a percibir y dejar que entre esos átomos, esas moléculas del universo que tienen un aroma inconfundible de la esencia divina del Creador.

Sor + Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple

domingo, 17 de marzo de 2013

ASPECTOS DE LA VIDA ESPIRITUAL:EXPERIMENTAR LA PROPIA NADA


¿Qué significa saber y experimentar mi propia “nada”?

No es suficiente alejarme disgustado de mis ilusiones, fallas y errores, separarme de ello como si no existiera, y como si se tratara de otra persona. Este tipo de aniquilación de sí mismo es sólo una ilusión peor, es una humildad simulada que, al decir “Nada soy”, significa de hecho “Desearía no ser quien soy”.


Esto puede fluir desde una experiencia de nuestras deficiencias y de nuestra impotencia, pero no produce paz alguna en nosotros. Para conocer realmente nuestra “nada” también debemos amarla. Y no podemos amarla a menos que veamos que es buena. Y no podemos ver que es buena a menos que la aceptemos.

Una experiencia sobrenatural de nuestra contingencia es la humildad que ama y valora, por encima de todo lo demás, nuestro estado de desamparo metafísico y moral ante Dios.

Para amar nuestra “nada” de esta manera, no debemos repudiar nada que sea nuestro, nada de lo que tenemos, nada de lo que somos. Debemos ver y admitir que es todo nuestro y que todo es bueno: bueno en su entidad positiva, dado que proviene de Dios; bueno en nuestra deficiencia, dado que nuestro desamparo, nuestra miseria moral o espiritual, nos atrae la misericordia de Dios.

Para amar nuestra “nada” debemos amar en nosotros todo lo que el hombre orgulloso ama cuando se ama a sí mismo. Pero debemos amarlo exactamente por las razones opuestas.

Para amar nuestra “nada” debemos amarnos a nosotros mismos.

Pero el hombre orgulloso se ama a sí mismo porque piensa que es merecedor de amor, respeto y veneración por él mismo. Porque piensa que debe ser amado por Dios y por el hombre. Porque piensa que es más merecedor de ser honrado, amado y reverenciado que todos los demás hombres.

El hombre humilde también se ama a sí mismo, y busca ser amado y honrado, no porque el amor y el honor le sean debidos sino porque no le son debidos. Busca ser amado por la misericordia de Dios. Ruega ser amado y ayudado por la generalidad de sus semejantes. Sabiendo que no tiene nada, también sabe que lo necesita todo y no teme pedir lo que necesita y obtenerlo allí donde sea posible.

El hombre orgulloso ama su propia ilusión y su autosuficiencia. El hombre espiritualmente pobre ama su propia insuficiencia. El hombre orgulloso reclama el honor de tener lo que ningún otro tiene. El hombre humilde mendiga una cuota de lo que todos los demás han recibido. Él también desea ser colmado hasta desbordar con la bondad y la misericordia de Dios.

Thomas Merton