Mostrando entradas con la etiqueta Biblioteca Historica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biblioteca Historica. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de junio de 2013

DIOS EN NOSOTROS Y FUERA DE NOSOTROS

El monje cisterciense del siglo XII, está formado en el total olvido de sí mismo para estar lo más posible en Dios por medio de la contemplación, mas su contemplación no es efímera, pasajera, discurre y es en la vida concreta, mira a Dios; ve a Dios en todo, pero si puedo decirlo, de una manera diagonal, oblicua, que le da la intuición y ve mejor por medio de la reflexión, la miseria total del alma. Lo ve sí, de una forma que se escapa al razonamiento puramente lógico, humanamente hablando. Además bajo esta luz mística, el monje contemplativo, tiene una percepción inequívoca de sus faltas, vacilaciones, y se mira y se juzga.
 La vida contemplativa no solo trata de buscar a Dios sino de buscarnos, hallarnos y desde ese sentir buscar a Dios en lo más recóndito de nuestro interior. La tarea no se centra en nosotros mismos, es decir, se trata de mirar en nuestra miseria la mirada de Dios, no basta con una percepción de mi mismo que conduzca a una confrontación de mi yo proyectado, si no buscar reflejar la imagen de nosotros mismos donde hallaremos a Dios. ¿Como? a través de la Oración; a través de nuestro quehacer diario; vemos a Dios en cada momento tratando de armonizar mis acciones y descubrirlo y hallarlo...no es una llamada, es salir a un encuentro, esa proyección de mi posibilidad de ser con la realidad de mi mismo y de DIOS.
 
Sor + Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple

sábado, 13 de abril de 2013

LA AUSTERIDAD EN EL CISTER

 Para acercarnos a comprender la austeridad del Cister, sus principios de vida espiritual, de oración y silencio basta con comprender su historia, su origen. 

Su arquitectura trasmite esos principios: La Orden nace del deseo de regresar al origen de la Regla de San Benito, inspirada en el monacato oriental, con la soledad, la oración y el trabajo como pilares de la vida monástica y, en definitiva, de la entrada en la vida divina, que es lo que ya inicia el monje en esta vida: adelanta el paraíso, viviendo en continua contemplación de Dios. Para esto se fundan las abadías pequeñas, pobres y alejadas de las vías principales de comercio. Originada de la anterior reforma de Cluny, decaída en su fervor original y ha sido una Orden, muy rica en personas, abadías y santidad.
 Fue clave en la reforma de la Iglesia en pleno siglo XI. Sufrió mucho y perdió personas, abadías y posesiones con las guerras de religión, la persecusión de Enrique VIII, la Revolución Francesa y la Desamortización, en toda Europa. 
Aunque fue fundada por los Santos Alberico de Citeaux , Roberto de Molesmes y Esteban Harding (los tres el 26 de enero y, además, Roberto el 29 de abril y Esteban el 28 de marzo), pero el impulso y conformación se las dio San Bernardo de Claraval (20 de agosto), eminente predicador, escritor y santo, amante de María, Doctor de la Iglesia


Para lograr este regreso a la simplicidad de los orígenes, el monje necesitaba librarse de todo aquello que, durante siglos, había ido adhiriéndose a su vida, y la ampulosidad del culto y la riqueza, incuidas las destinadas al servicio Divino. De ahí que el arte propio de Císter se caracterizó por la asuteridad, desnudez y eliminación de todo lo accesorio, tenido como elemento de distracción y superficialidad. San Bernardo y los primeros monjes destierran el oro y las piedras preciosas de sus iglesias, no simbolizan para nada “los destellos de la luz divina” (Suger).
“Oh, vanidad de vanidades, pero más insensata incluso que vana: la Iglesia resplandece en sus murallas y carece de todo en sus pobres”. San Bernardo. Apología a Guillermo.
 De las iglesias cistercienses, desarrolladas entre el románico y el gótico, lo primero que destacaba es la ausencia de campanario, considerado fútil y signo de ostentación. Una simple espadaña para la campana era suficient.
 El Císter introduce el concepto de la luz, anticipándose al gótico, mediante las líneas rectas, los ábsides planos, la ausencia de las naves laterales, y los capiteles sin adornos Y son ejemplos, Léoncel, Silvacane, o Noirlac, las tres en Francia. No hay resquicios para sombras y oscuridades. Las iglesias eliminan las tribunas para seglares y nobles, al ser exclusivamente para los monjes. Esto es al principio, pues ya en el siglo XII, en plena expansión, las iglesias vuelven a ser de culto público, retornan los sitiales, rejas separatorias, y el coro en medio de la nave. Tambien se aumentan las naves laterales a 3 o 5, se retoma el ábside semicircular, con capillas radiales y deambulatorio. Se destinan las capillas a advocaciones marianas o santos titulares de donantes, que suelen ser abades, obispos o nobles. Las columnas y capiteles, verdaderas historias en escenas lineales en el románico, se desnudan en Císter. Son lisos o, a lo sumo, adornados con hojas de caña (recordando el origen: “Cistels”, o sea, “juncos”, en francés), pero nunca deberán tener figuras de personas o animales, mucho menos mitológicos. 
Santa María de Gradefes.
Siglo XII


Para el Císter, la imagen religiosa sobra. Solo se admitían las imágenes del Crucificado y la de la Virgen María, Madre de la Orden. La imagen es considerada motivo de curiosidad, imaginación y distracción a la hora de la oración y la contemplación. Más que mediación, son estorbo. Bernardo incluso llega a decir que la imagen es un recurso para ignorantes, así que sus iglesias serán sin pinturas o esculturas. Las capillas laterales, en caso de haberlas, serán desnudas de todo, solamente tendrán un altar de piedra.Esta visión de las imágenes, que puede parecer brusca, e incluso con ecos protestantes, halla eco en otros místicos, tal vez no de manera tan drástica, pero sí que se palpa. Los santos, mientras más adentrados en Dios y la vida mística, menos necesitan de las mediaciones visuales que tal vez un día le sirvieron para acercarse a Dios. Tampoco nos descubren nada nuevo: para la Iglesia, la imagen es medio, no fin en si mismo, pues eso sería idolatría. Por eso no es de extrañar que, mientras menos fe y vida interior, más imágenes, reliquias, devociones y cosas exteriores se necesitan. Y lo dice uno a quien le gustan las imágenes, pero que no le sirven para orar, sin ser místico ni nada, sino un simple cristiano.

La iluminación de manuscritos no escapa a esta austeridad, aunque no faltan bestias mitológicas o escenas cotidianas, se rechaza el uso de colorido. En 1152 el Capítulo General decreta que las iniciales de los libros sagrados, aunque destacadas, deben ser de un solo color y sin decorar.

 No siempre se siguieron los cánones mandados, sino que muy pronto el Císter comenzó a tener posesiones, recibir donaciones, impuestos y prebendas, que terminaron por traducirse en iglesias más fastuosas, abandonando la pureza y simplicidad de las líneas. Y lo muestran las abadías de Rueda, Aragón, con su torre mudéjar del siglo XIV; la abadía de Alcobaça, Portugal, donde campean el románico, el gótico y el plateresco; Poblet, España, con un fantástico retablo de alabastro; o, Royamount, fundada por San Luis de Francia (25 de agosto) y cuyas ruinas dejan entrever su fastuosidad y altivez góticas. Aunque hoy el Císter haya retomado aquellos orígenes de austeridad y sencillez, los amantes del arte finalmente agradecemos, por el aporte que supuso a los estilos gótico y barroco, donde el Císter incursionó ampliamente, a costa de sacrificar su ideal de sencillez

lunes, 18 de febrero de 2013

SAN ELREDO DE RIEVAL

Elredo de Rieval (latín Aelredus, inglés Ailred) fue un monje y abad cisterciense inglés del siglo XII, teólogo y escritor. La Iglesia Católica y la Comunión Anglicana lo veneran como santo.


Elredo nació en Hexham (Northumbria, entre Inglaterra y Escocia) en 1110. Recibió la primera instrucción en el priorato de Durham, y hacia la edad de catorce años entró al servicio del rey David I de Escocia, en cuya corte completó su formación, pasando después a ocupar el cargo de mayordomo (dispensator). Hacia 1134 abrazó la vida monástica cisterciense en el monasterio de Rieval (Rievaulx, Yorkshire), casa fundada dos años antes por la abadía de Claraval (Ville-sous-la-Ferté, Francia), de donde era abad san Bernardo.
Su humanismo y sus talentos intelectuales y espirituales lo llevaron bien pronto a asumir tareas de dirigir su propia comunidad: fue maestro de novicios entre los años 1141 y 1143 y abad desde el 1147 hasta su muerte, en 1167. Entre 1143 y 1147 estuvo de primer abad de Revesby, casa filial de Rieval.
Murió en su monasterio de Rieval el 12 de enero de 1167, día en que lo conmemora el martirologio romano.



En muchos pasajes de este blog hemos comentado en numerosas ocasiones a San Elredo.
Es un representante de la denominada teología monástica, cultivada en los monasterios medievales, y que con la aparición de Císter experimentó un nuevo impulso, con autores como Bernardo de Claraval, Guillermo de Saint-Thierry, Guerrico de Igny y el mismo Elredo, todos ellos contemporáneos del siglo XII. Esta teología elaborada en los claustros cistercienses, a diferencia de la que se hacía en las escuelas de las catedrales y en las universidades, más especulativa, no separa la reflexión intelectual de la vida, el conocimiento del amor. Es una teología encarnada en la propia existencia y en la experiencia, que brota del misterio de la fe creído y vivido en la liturgia, y que se fundamenta en la lectura pausada y saboreada de la Sagrada Escritura.

La doctrina teológica de Elredo se sintetiza así: el alma humana, creada a imagen de Dios, herida por el pecado, puede reencontrar su estado primigenio con la ayuda de Cristo, viviendo en profundidad el amor en su doble vertiente: divina (amor teologal) y humana (amistad). El alma, es decir, el hombre, la persona en camino, encuentra en el amor divino y humano la posibilidad de llegar a su plenitud, a su sentido, a su felicidad.

Con respecto a la espiritualidad propiamente monástica, la gran aportación de Elredo es la recuperación de la amistad como estructura personal y comunitaria de la caridad fraterna que la Regla de san Benito propone vivir a sus monjes. De hecho, la comunidad monástica, que san Benito definía como una «escuela del servicio», evoluciona en Elredo a escuela del amor, del amor hacia Dios y del amor de los unos por los otros.
Así, la espiritualidad de Elredo es muy concreta y afectiva, en cuanto que pretende llegar al corazón de cada persona y alentarla a configurarse más y más con Cristo, que es el ideal del monje.


Elredo de Rieval es valorado sobre todo por su capacidad de hacer dialogar la teología con la cultura y el pensamiento humano. En el siglo XII no existía para el mundo cristiano un pensamiento filosófico autónomo, al margen de la reflexión teológica, y este pensamiento hizo falta buscarlo en el pasado. De amicitia de Cicerón, que es la obra de referencia escogida por Elredo, tiene el valor añadido de concentrar sintéticamente el pensamiento de la antigüedad clásica sobre la amistad desde Sócrates y Platón.
Su aportación a la recuperación y la relectura de los textos de la antigüedad clásica prepara y explica el fenómeno cultural y espiritual del Humanismo, que estallará con todo el vigor en los siglos XV y XVI.

Louis Bouyer dibuja así el perfil humano y espiritual del monje Elredo: «En Elredo vemos florecer verdaderamente el humanismo de Císter, con los rasgos que lo caracterizan. [...] Humanista debido a su interés por todo aquello que es humano, por los detalles psicológicos, por su atención a los matices más delicados de los sentimientos o, sencillamente, por la importancia que atribuye a los afectos humanos. También en el sentido doctrinal: su obra es, por encima de todo, la de un moralista, que observa y analiza los movimientos del corazón, y para él el ideal monástico y cristiano se expresa en la construcción de la personalidad. La vida social ocupa seguramente el mismo espacio que la vida interior».

Os dejamos algunas de sus obras.








http://www.slideshare.net/anabelma75/cristologia-afectiva-de-san-elredo

BIBLIOTECA HISTORICA

20 DE ENERO:

SAN FABIÁN Papa y Mártir y SAN SEBASTIÁN, Mártir



El culto de san Sebastián ha estado siempre unido al de san Fabián. Los martirologios más antiguos ponían ya juntos sus nombres y juntos permanecen aún en las Letanías de los santos.

No obstante las amenazas de persecución, el Papa san Fabián (236-250) organizó el cuadro religioso de la Roma cristiana, dividiendo la ciudad en siete distritos, administrados cada uno por un diácono. Fue una de las primeras víctimas de la persecución de Decio, quien lo consideraba como enemigo personal y rival suyo.

La Iglesia disfrutaba de paz en la segunda mitad del siglo III, con lo que creció mucho el número de cristianos. El resultado fue que se extendió una cierta molicie y se originaron diversas luchas intestinas entre los cristianos, como explica el historiador Eusebio. A finales del siglo la Providencia permitió una nueva persecución, de parte de Diocleciano y Maximino, que la empezaron precisamente por los miembros de las tropas. Uno de los casos más famosos fue el del soldado Sebastián.

Sebastián, hijo de familia militar y noble, era oriundo de Narbona, pero se había educado en Milán. Llegó a ser capitán de la primera cohorte de la guardia pretoriana. Era respetado por todos y apreciado por el emperador, que desconocía su cualidad de cristiano. Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios idolátricos. Además, como buen cristiano, ejercitaba el apostolado entre sus compañeros, visitaba y alentaba a los cristianos encarcelados por causa de Cristo.

Esta situación no podía durar mucho. Fue denunciado al emperador. Maximino lo llamó, le afeó su conducta y le obligó a escoger entre ser su soldado o seguir a Jesucristo. Sebastián no dudó, escogió la milicia de Cristo. Desairado el emperador, le amenazó de muerte.

El cristiano Sebastián, convertido en soldado de Cristo por la confirmación, se mantuvo firme en su fe. Entonces, enfurecido Maximino, lo condenó a morir asaeteado. Los sagitarios lo llevaron al estadio, lo desnudaron, lo ataron a un poste y lanzaron sobre él una lluvia de saetas. Y lo dejaron allí por muerto.

Según el relato de su martirio, sus amigos que estaban al acecho, se acercaron y al ver que aún estaba vivo, lo recogieron, y lo llevaron a casa de una noble cristiana romana, llamada Irene, que lo mantuvo escondido en su casa y le curó las heridas hasta que quedó restablecido.
Le aconsejaban sus amigos que se ausentara de Roma, pero no quiso Sebastián, pues ya se había encariñado con la idea del martirio.

Se presentó inesperadamente ante el emperador, que quedó desconcertado, pues lo daba por muerto. Sebastián le reprochó con energía su conducta por perseguir a los cristianos. Maximino mandó que lo azotaran hasta morir. Los soldados cumplieron esta vez sin errores el encargo y tiraron su cuerpo en un lodazal. Los cristianos lo recogieron y lo enterraron en la Vía Apia, en la célebre catacumba que lleva el nombre de San Sebastián.

El culto a San Sebastián es muy antiguo. Es invocado contra la peste y contra los enemigos de la religión. Es uno de los santos más populares y de los que tiene más imágenes y más iglesias dedicadas. Es llamado el Apolo cristiano, uno de los santos más reproducidos por el arte, pues como el martirio lo presenta con el torso desnudo y cubierto de flechas, tenían los artistas más campo de acción. Pero la belleza estaba sobre todo en su alma, en su inquebrantable fidelidad a Cristo, que él prefirió a todas las ventajas y prestigios humanos, que le ofrecía el emperador.

San Ambrosio, que luego sería arzobispo de Milán, fue su gran panegirista: "Aprovechemos el ejemplo del mártir San Sebastián. Era oriundo de Milán y marchó a Roma en tiempo en que la fe sufría allí una terrible persecución. Allí padeció, mejor dicho, allí fue coronado".

En el cielo goza de doble aureola de mártir, pues padeció doble martirio, suficiente cada uno de ellos para alcanzar la corona de la gloria. Su generosidad en arrostrarlo por segunda vez es un ejemplo para todos.




oremos


Señor Dios, gloria de aquellos que has escogido para tu servicio, te pedimos que, por la intercesión del Papa y mártir San Fabián, nos concedas progresar continuamente en la misma fe que él vivió y en el deseo de servirte cada día con mayor entrega. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


Señor, danos el espíritu de fortaleza, para que, siguiendo el ejemplo del mártir San Sebastián, aprendamos a obedecerte a ti que a los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.