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jueves, 22 de mayo de 2014

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA (thomas merton)

La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro. El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros. Sólo cuando somos capaces de «dejar que salgan» todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.


La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es "respondido", no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.

 El que sigue los caminos ordinarios de la oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones, será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su vocación a la oración contemplativa a su debido tiempo, dando por sabido que le llegará su momento.

El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El "desierto" de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la Cruz:
Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello... Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos... aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo


sábado, 21 de diciembre de 2013

EL SILENCIO COMO FACILITADOR DE LA UNIÓN CON EL OTRO."


SEGUNDA PARTE "EL SILENCIO COMO FACILITADOR DE LA UNIÓN CON EL OTRO."

"Y te crea las condiciones necesarias para entender o intentar entender el mundo q nos rodea, intentar asimilar sus ruidos, desde nuestro propio silencio interno,
la paz q eso supone y el equilibrio que nos proporciona es inmenso."


Comienzo como termine. Silenciarnos a veces te permite ver y comprender la realidad. Pero también no comprenderla, o no aceptarla. Entonces que hacer: ¿silenciarse apartándote del mundo? a veces siento esta necesidad. Estoy decepcionada de lo que me rodea aun cuando en ella hago las cosas que me hacen feliz y que lleven a ayudar a los otros. De eso no hay duda, la duda es si mi silencio se debe a la incomodidad que
siento frente a lo q me rodea. No estoy a gusto y eso me lleva a silenciarme, apartarme. No se si eso es lo que se refiere Merton y lo que refieres en tu trabajo, porq si la contemplación es ver en nosotros a Dios y verlo en los otros, ¿Cómo puedo caminar buscando a Dios en los otros si veo lo que veo y oigo lo que oigo y eso me lleva apartarme? Apartarme de lo malo, de lo incongruente, de lo que duele ¿no se encuentra a Dios en todas las cosas? esta es la duda que tengo. O quizás es apartar de mi de lo que me daña e intentar ver el mundo a través de lo bueno, pero quitar o apartar lo malo es como sesgar la propia realidad.

 
 
 
 
Aquí lo dejas muy claro:
Esto es, por tanto, lo que significa buscar a Dios perfectamente: alejarme de la ilusión y el placer, de las ansiedades y los deseos mundanos, de las obras que Dios no quiere, de una gloria que es únicamente ostentación humana; "mantener mi mente libre de confusión a fin de que mi libertad pueda estar siempre a disposición de Su voluntad; guardar silencio en mi corazón y escuchar la voz de Dios; cultivar una libertad intelectual de las imágenes de las cosas creadas a fin de recibir el secreto contacto de Dios en un amor oscuro; amar a todos los seres humanos como a mí mismo; descansar en humildad y encontrar paz retirándome del conflicto y la competición con otras personas; apartarme de la controversia y desechar las pesadas cargas del juicio, la censura y la crítica, y arrojar todo el peso de las opiniones que no estoy obligado a lleva; tener una voluntad siempre dispuesta a recogerse en sí misma y sacar todas las potencias del alma de su centro más profundo para reposar en silenciosa espera de la venida de Dios, sereno, en una concentración tranquila y sin esfuerzos en el punto de mi dependencia de Él; reunir todo lo que soy, y tener todo lo que posiblemente puedo sufrir, hacer o ser, y abandonarlo todo a Dios en la conformidad de un amor perfecto, de una fe ciega y de una confianza absoluta en Dios, para hacer Su voluntad."
JULIO 2013
 
 
 
 

jueves, 20 de junio de 2013

UNION Y DIVISION

Para llegar a ser yo mismo, tengo que dejar de ser lo que siempre pensé que quería ser; para encontrarme a mí mismo, tengo que salir de mí, y para vivir tengo que morir.
            Esto se debe a que he nacido en el egoísmo y, por tanto, mis esfuerzos naturales para hacerme más real y más yo mismo, me hacen menos real y menos yo mismo, porque giran en torno a una mentira.

Quienes no conocen nada de Dios, y cuyas vidas están centradas en sí mismos, se imaginan que sólo pueden encontrarse a sí mismos afirmando sus deseos, ambiciones y apetitos en una lucha con el resto del mundo. Tratan de hacerse reales imponiéndose a otras personas, apropiándose de una parte de la cantidad limitada de bienes creados y acentuando así la diferencia entre ellos y otras personas que tienen menos que ellos o nada en absoluto.
            Sólo pueden concebir una manera de hacerse reales: separarse de los otros y construir una barrera de contraste y distinción entre ellos y los demás. No saben que la realidad no debe ser buscada en la división sino en la unidad, ya que somos «miembros unos de otros».
            Quien vive en la división no es una persona, sino únicamente un «individuo».
            Tengo lo que vosotros no tenéis. Soy lo que vosotros no sois. He conseguido lo que vosotros no habéis podido conseguir y me he apropiado de lo que vosotros no tendréis jamás. Por ello vosotros sufrís y yo soy feliz, vosotros sois despreciados y yo soy elogiado, vosotros morís y yo vivo; vosotros sois nada y yo soy algo, y soy tanto más porque vosotros no sois nada. De esta manera paso mi vida admirando la distancia entre vosotros y yo; a veces esto incluso me ayuda a olvidar a las personas que tienen lo que yo no tengo, han tomado lo que yo no tomé debido a mi lentitud, se han apropiado de lo que estaba fuera de mi alcance, son elogiadas como yo no puedo serlo y viven de mi muerte...
            Quien vive en la división, vive en la muerte. No puede encontrarse a sí mismo porque está perdido; ha dejado de ser una realidad. La persona que cree ser es un mal sueño. Y cuando muera, descubrirá que había dejado de existir hacía mucho porque Dios, que es la realidad infinita y en cuya Mirada está el ser de todo lo que existe, le dirá: «No te conozco».


Y ahora reflexiono sobre la enfermedad del orgullo espiritual. Pienso en la peculiar irrealidad que penetra en el corazón de los santos y devora su santidad antes de que esté madura. Hay algo de este gusano en el corazón de todos los religiosos. Tan pronto como realizan algo que saben que es bueno a los ojos de Dios, tienden a apropiarse de esa realidad y hacerla suya. Tienden a destruir sus virtudes reivindicándolas para sí y revistiendo la íntima ilusión de sí mismos con valores que pertenecen a Dios. ¿Quién puede escapar del secreto deseo de respirar una atmósfera diferente de la del resto de los seres humanos? ¿Quién puede hacer obras buenas sin buscar en ellas alguna agradable distinción del común de los pecadores en este mundo?
            Esta enfermedad es más peligrosa cuando consigue aparecer como humildad. Cuando un orgulloso se cree humilde, es un caso perdido.
            Supongamos que un hombre ha hecho muchas cosas que a su naturaleza le resultaba difícil aceptar. Ha superado pruebas difíciles, ha trabajado mucho y, por la gracia de Dios, ha llegado a poseer un hábito de fortaleza y abnegación por el cual, finalmente, el trabajo y los sufrimientos se hacen llevaderos. Es razonable pensar que su conciencia esté en paz. Pero antes de que pueda percatarse de ello, la limpia paz de una voluntad unida a Dios se convierte en la complacencia de una voluntad que ama su propia excelencia.
            El placer que siente en su corazón cuando realiza cosas difíciles y consigue hacerlas bien, le dice secretamente: «Soy un santo». Al mismo tiempo, parece que otros reconocen que es diferente de ellos. Lo admiran, o quizás lo evitan –¡el dulce homenaje de los pecadores!–. El placer se convierte en un fuego devorador. El calor de ese fuego es muy semejante al amor de Dios, porque es alimentado por las mismas virtudes que mantienen la llama de la caridad. Arde en el fuego de la admiración de sí mismo, pero piensa: «Es el fuego del amor de Dios».
            Piensa que su orgullo es el Espíritu Santo.
            El dulce calor del placer se convierte en el criterio de todas sus obras. El gusto que encuentra en los actos que lo hacen admirable a sus propios ojos lo lleva a ayunar, a orar, a ocultarse en la soledad, a escribir muchos libros, a construir iglesias y hospitales o a fundar mil organizaciones. Y cuando consigue lo que quiere, piensa que su sentimiento de satisfacción es la unción del Espíritu Santo.
            Y la secreta voz del placer canta en su corazón: Non sum sicut caeteri homines («No soy como los demás hombres» [Lc 18,9-14]).
            Una vez que comienza a avanzar por este camino, no hay límites para el mal que, llevado de la satisfacción de sí mismo, puede hacer en nombre de Dios y de Su amor, y para Su gloria. Está tan satisfecho de sí mismo que ya no puede tolerar el consejo de otra persona –o las órdenes de un superior–. Cuando alguien se opone a sus deseos, junta humildemente las manos y parece que lo acepta por el momento, pero en su corazón dice: «Soy perseguido por hombres mundanos, incapaces de comprender a quien está guiado por el Espíritu de Dios. A los santos siempre les ha sucedido así».
            Y, habiéndose hecho un mártir, es diez veces más testarudo que antes.
            Cuando tal persona se cree que es un profeta, un mensajero de Dios, o que tiene una misión para reformar el mundo, las consecuencias son terribles... Es capaz de destruir la religión y hacer que el nombre de Dios resulte odioso para los hombres.

Tengo que buscar mi identidad, de alguna manera, no sólo en Dios sino también en los otros.
            Jamás podré encontrarme a mí mismo si me aíslo del resto de la humanidad como si fuera un ser de una especie diferente.
Thomas Merton "Nuevas Semillas de Contemplación"

martes, 2 de abril de 2013

DESCUBRIR A DIOS, ENCONTRARNOS A DIOS..T MERTON SEMILLAS DE CONTEMPLACION..

Nuestro descubrimiento de Dios es, en cierto modo, el descubrimiento que hace Dios de nosotros. No podemos ir al cielo a buscarlo, porque no tenemos modo de saber dónde
está el cielo ni lo que es. Él baja del cielo y nos encuentra. Nos mira desde la profundidad de Su realidad infinita, que está en todas partes, y mirándonos nos da una realidad superior en que nosotros a nuestra vez Lo descubrimos. Sólo Lo conocemos
tanto cuanto somos conocidos por Él, y nuestra contemplación de Él es una participación en la contemplación de Sí mismo.
Nos convertimos en contemplativos cuando Dios se descubre a Sí mismo en nosotros. En ese momento, se abre el punto de nuestro contacto con Él, y pasamos por el centro de nuestra alma y entramos en la eternidad.
Es cierto que Dios se conoce a Sí mismo en todas las cosas que existen. Él las ve, y por verlas Él existen. Por amarlas Él son buenas. Su amor en ellas es su bondad intrínseca. El valor que Él ve en ellas es su valor. En cuanto Él las ve las ama, todas las
cosas Lo reflejan. Pero aunque Dios está presente en todas las cosas por Su conocimiento, Su amor, Su poder, y Su cuidado de ellas, Él no es necesariamente advertido y conocido por ellas.
Sólo es conocido y amado por aquellos a quienes dio graciosamente una participación en Su propio conocimiento y en el amor de Si mismo. Para conocer y amar a Dios tal como es, debemos tener a Dios morando en nosotros de un modo nuevo y especial. Y así Dios colma las infinitas distancias entre Él y los espíritus creados para amarlo, con misiones sobrenaturales de Su propia Vida. El Padre, que reside en la entraña de todas las cosas y en mi propio ser, me comunica Su Verbo y Su Espíritu, y en estas misiones soy atraído a su propia vida y conozco a Dios en Su mismo Amor.
Mi descubrimiento de mi identidad empieza y se perfecciona en estas misiones, porque es en ellas donde Dios mismo, llevando en Sí el secreto de quién soy yo empieza a vivir en mi no solo como mi Creador, sino como mi otro y verdadero yo.
Vivo, iam non ego, vivit vero in me Christus.



Aunque Dios vive en las almas de los hombres que no tienen conciencia de Él, ¿cómo puedo decir que Lo he encontrado y me he encontrado a mí mismo en Él, si nunca Lo conozco ni pienso en Él, nunca me intereso por Él, ni Lo busco, ni deseo Su presencia en mi alma? ¿De qué sirve dirigirle la fórmula de unas oraciones, si luego me aparto y dedico toda mi mente y toda mi voluntad a las cosas creadas, deseando alcanzar sólo
fines que quedan muy lejos de Él? Aunque mi alma esté justificada, si mi mente no Le pertenece, tampoco yo Le pertenezco. Si mis deseos no se dirigen a Él, sino que se
esparcen en Su creación, será porque he reducido Su vida en mí al nivel de una formalidad cualquiera, prohibiéndole ejercer en mí un influjo verdaderamente vital.

T MERTON -SEMILLAS DE CONTEMPLACIÓN
..........................
 ¿Dónde está Dios?, ¿donde lo busco, lo encuentro, lo llamo?...el encuento con Dios es un diálogo conmigo mismo en el que trato de hallarlo dentro de mi....para luego verlo afuera. No puedo decir veo a Dios o que creo en El si no hago una intensa búsqueda en mi. Ese proceso no terminará nunca. Jamás debemos conformarnos con ver a Dios en un momento concreto de nuestra existencia. Porque no nos damos cuenta que El siempre está...como ciegos caminamos en la vida queriendo encontrar una señal que indique q esta ahí..pero El ya nos ha visto mucho antes incluso, aun sin saber que lo estamos buscando.
Racionalmente no podemos encontrar un como, una razón, una justificacion de Dios,,...El es su propia justificacion, a través de mis ojos, de mis sentidos, de mis pensamiento, y de mi mismo....la racionalidad de Dios comienza cuando en nosotros encontramos los indicios que nos llevan a El...encontramos la certeza de que no podemos existir sin El, porque el nos regala el poder ser o exisitir mas alla de la pro-creacion de una vida, el regalo es la vida en si misma, y la evidencia de la existencia de Dios es abrirnos en nosotros al conocimiento de que lo creado, lo vivido, lo que nos rodea es una manifestacion de la imagen de Dios en el mundo,,,,,a traves de nuestros ojos, de nuestro tacto y de las múltiples pistas que dejan su rastro a lo lago de nuestra vida. No nos afanemos en preguntarnos donde esta Dios, Dios está en todos los átomos de la tierra, en todos los poros del universo y solo lo podemos verlo cuando nos paramos a percibir y dejar que entre esos átomos, esas moléculas del universo que tienen un aroma inconfundible de la esencia divina del Creador.

Sor + Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple

domingo, 17 de marzo de 2013

ASPECTOS DE LA VIDA ESPIRITUAL:EXPERIMENTAR LA PROPIA NADA


¿Qué significa saber y experimentar mi propia “nada”?

No es suficiente alejarme disgustado de mis ilusiones, fallas y errores, separarme de ello como si no existiera, y como si se tratara de otra persona. Este tipo de aniquilación de sí mismo es sólo una ilusión peor, es una humildad simulada que, al decir “Nada soy”, significa de hecho “Desearía no ser quien soy”.


Esto puede fluir desde una experiencia de nuestras deficiencias y de nuestra impotencia, pero no produce paz alguna en nosotros. Para conocer realmente nuestra “nada” también debemos amarla. Y no podemos amarla a menos que veamos que es buena. Y no podemos ver que es buena a menos que la aceptemos.

Una experiencia sobrenatural de nuestra contingencia es la humildad que ama y valora, por encima de todo lo demás, nuestro estado de desamparo metafísico y moral ante Dios.

Para amar nuestra “nada” de esta manera, no debemos repudiar nada que sea nuestro, nada de lo que tenemos, nada de lo que somos. Debemos ver y admitir que es todo nuestro y que todo es bueno: bueno en su entidad positiva, dado que proviene de Dios; bueno en nuestra deficiencia, dado que nuestro desamparo, nuestra miseria moral o espiritual, nos atrae la misericordia de Dios.

Para amar nuestra “nada” debemos amar en nosotros todo lo que el hombre orgulloso ama cuando se ama a sí mismo. Pero debemos amarlo exactamente por las razones opuestas.

Para amar nuestra “nada” debemos amarnos a nosotros mismos.

Pero el hombre orgulloso se ama a sí mismo porque piensa que es merecedor de amor, respeto y veneración por él mismo. Porque piensa que debe ser amado por Dios y por el hombre. Porque piensa que es más merecedor de ser honrado, amado y reverenciado que todos los demás hombres.

El hombre humilde también se ama a sí mismo, y busca ser amado y honrado, no porque el amor y el honor le sean debidos sino porque no le son debidos. Busca ser amado por la misericordia de Dios. Ruega ser amado y ayudado por la generalidad de sus semejantes. Sabiendo que no tiene nada, también sabe que lo necesita todo y no teme pedir lo que necesita y obtenerlo allí donde sea posible.

El hombre orgulloso ama su propia ilusión y su autosuficiencia. El hombre espiritualmente pobre ama su propia insuficiencia. El hombre orgulloso reclama el honor de tener lo que ningún otro tiene. El hombre humilde mendiga una cuota de lo que todos los demás han recibido. Él también desea ser colmado hasta desbordar con la bondad y la misericordia de Dios.

Thomas Merton

viernes, 8 de marzo de 2013

LOS HOMBRES NO SON ISLAS (T MERTON)



El hombre está dividido contra sí y contra Dios por su egoísmo que lo divide de sus hermanos. Esta división no puede ser sanada por un amor que se coloca en solitario en uno de los lados de la hendidura: el amor debe alcanzar ambos lados para poder juntarlos. No podemos amarnos a nosotros si no amamos a los otros: y no podemos amar nos vuelve incapaces para amar a otros. La dificultad de este mandamiento “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, radica en la paradoja de que tendríamos que amarnos inegoístamente porque aún el amor a nosotros mismos es algo que debemos a otros.

Esta verdad nunca es clara mientras presumimos que cada uno de nosotros, individualmente considerado, es el centro del universo. No existimos sólo para nosotros, y cuando únicamente cuando estamos plenamente convencidos de esta verdad comenzamos a amarnos adecuadamente y así también amamos a otros. ¿Qué quiere decir amarnos adecuadamente?. Lo primero desear vivir, aceptar la vida como un inmenso don y un gran bien, no por lo que ella nos da, sino porque nos capacita para dar a otros.. El mundo moderno empieza a descubrir cada vez que la calidad y la vitalidad de la existencia del hombre dependen de su voluntad secreta de vivir. Existe dentro de nosotros una fuerza oscura de destrucción que alguien ha llamado “el instinto de la muerte”. Es algo terriblemente poderoso esta fuerza engendrada por el amor propio frustrado que lucha consigo mismo. Es la fuerza del amor de si mismo que se ha vuelto aborrecimiento de si mismo, y que, al adorarse, adora al monstruo en que se consuma.
Es pues de importancia suprema que consintamos en vivir para otros y no para nosotros mismos. Cuando hagamos esto podremos enfrentarnos a nuestras limitaciones y aceptarlas. Mientras nos adoremos en secreto, nuestras deficiencias seguirán torturándonos con una profanación ostensible. Pero si vivimos para otros, poco a poco descubriremos que nadie cree que somos “dioses”. Comprenderemos que somos humanos, iguales a cualquiera, que tenemos las mismas debilidades y deficiencias, y que estas nuestras limitaciones desempeñan el papel más importante en nuestras vidas, pues por ellas tenemos necesidad de otros y los otros nos necesitan. No todos somos débiles en los mismos puntos: y por eso nos complementamos y suplementarnos mutuamente, cada uno rellena le vacío del otro.
Sólo cuando nos vemos en nuestro contenido humano verdadero, como miembros de una raza que está planeada para ser un organismo, un “cuerpo”, empezamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y de los accidentes de nuestra vida. Mis éxitos no son míos: el camino para ello fue preparado por otro. El fruto de mis trabajos no es mío, porque yo estoy preparando el camino para las realizaciones de otros. Ni mis fracasos son míos: pueden dimanar del trabajo de otros, más también están compensados por las realidades. Por consiguiente, el significado de mi vida no debe buscarse solamente en la suma total de mis éxitos y de mis fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad y mi época. Pueden verse, sobre todo, dentro de mi integración dentro del Misterio de Cristo. Eso fue lo que el poeta John Donne comprendió durante una grave enfermedad, al oír que las campanas doblaban por otro.
“La iglesia es católica, universal, luego todos sus actos, todo lo que ella hace, pertenece a todos. ¿Quién no inclina el oído a la campana que en alguna ocasión tañe? Y ¿ quién puede suprimir de este tañido la verdad de que un pedazo de uno mismo está saliendo de este mundo?”
Todo hombre es un pedazo de mí mismo porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo porque somos. Lo que hacen por mí, para mi lo hacen. Con todo, cada uno de nosotros permanece responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea, si yo no comprendo que representa la participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco. Únicamente, cuando esta verdad ocupa el primer sitio, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación de uno mismo, la acción y la contemplación, los sacramentos y la vida monástica, la familia, la guerra y la paz. Nada de esto tiene sentido sino en relación con la realidad central que es el amor de Dios viviendo y actuando en aquellos a quienes El ha incorporado en su Cristo. Nada. Absolutamente nada tiene sentido, si no admitimos con John Dunne que “Los hombres no son islas, independientemente entre si: todo hombre es un pedazo del continente, una parte del todo”.
(Extracto de “Los Hombres no son islas”).
THOMAS MERTON

miércoles, 6 de febrero de 2013

T. MERTON DIARIO DE UN EXPECTADOR CULPABLE

"Aquellos a quienes Dios pide la esperanza más perfecta deben mirar de cerca sus pecados. ES decir, deben dejar que Dios haga relucir su lámpara de repente sobre los incones más oscuros de sus almas: no que ellos mismos tengan que explorar lo que no entienden. El mucho explorar oculta lo que realmente debemos encontrar. Y no es seguro que tengamos ninguna obligación apremiante de encontrar pecado en nosotros mismos. ¿Cuánto pecado nos tiene escondido el mismo Dios, en su misericordia? !Después, Él lo esconde a Sí mismo!"


"O se tiene que ser judío o se tiene que dejar de leer la Biblia. La Biblia no puede tener sentido para quien no sea espiritualmente semita. El sentido espiritual del Antiguo Testamento no es ni puede ser un simple vaciarlo de su contenido israelita. !Al contrario! El Nuevo Testamento es el cumplimiento de ese contenido espiritual, el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham, la promesa en que creyó Abraham. Por tanto, nunca es negación del judaísmo, sino su afirmación. Los que lo consideran como negación no lo han comprendido".


Thomas Merton.
"Conjeturas de un espectador culpable".

Consiste en una especie de diario y resumen de lecturas, con comentarios sobre situaciones concretas de su tiempo; aquí Merton intenta aterrizar la doctrina cristiana y lo más clásico del pensamiento de la Iglesia, respondiendo a los interrogantes de la historia humana, reinterpretando las afirmaciones teológicas y espirituales a la luz del devenir de una época concreta, la segunda mitad del siglo XX.
Veamos algunos nombres y autores que Merton cita en esta obra, y nos haremos cuenta de por dónde va su reflexión: Karl Barth Y Mozart, St. John Perse, Mark Van Doren, Ernesto Cardenal, Alfonso Reyes y Neruda San Benito, Isaac de Stella, Karl Marx, Edmund Wilson, Newman y Fenelón, A. K. Coomaraswamy, Duns Scoto Albert Schweitzer, Simone Weil, Dalai Lama Chuang Tzu, Jean Giono, Emmanuel Mounier, Gandhi, Fidel Castro, San Juan Crisóstomo, Mao, Teilhard de Chardin, Romain Rolland Meister Eckhart, Bonhoeffer, Leon Bloy Einstein, y la lista es interminable. Pensemos cuántas miradas se cruzan entonces en el texto de Merton cuando lo leemos, a cuántas vidas nos asomamos al mismo tiempo, y todo eso desde la mirada contemplativa de alguien que está recurriendo siempre a la Biblia y a la tradición de la Iglesia.
Aquí reside lo más valioso del testimonio de Merton, y su universalidad, la amplitud con que resuena su testimonio y su mensaje. Por eso es una cantera inagotable para el buscador, para el discípulo que se adentra en los caminos de la contemplación y la interioridad.

Lectura recomendada para nuestros hermanos y todos aquellos que se acerquen a una vida cotemplativa. Aqui teneis el enlace para descargar:

 http://ebooksenepub.com/conjeturas-de-un-espectador-culpable

miércoles, 23 de enero de 2013

HACIA LA NUEVA IDENTIDAD DEL POBRE CABALLERO DE CRISTO DEL S.XXI

HACIA LA VIDA CONTEMPLATIVA
 (leyendo a T. Merton)

Pero en el hombre, la cúspide de la vida es también la contemplación. La contemplación es la perfección del amor y del conocimiento. La vida del hombre crece y se perfecciona por medio de esos actos en que su inteligencia iluminada capta la verdad, y a través de aquellos actos todavía más importantes donde su inviolable libertad absorbe, por así decirlo, y asimila la verdad mediante el amor, y vuelve verdadera su alma "ejerciendo la verdad en la caridad". La contemplación es la convergencia de la vida, el conocimiento, la libertad y el amor en una intuición supremamente sencilla de la unidad de todo amor, libertad y vida en su fuente, que es Dios.

Thomas Merton “El hombre nuevo”

 
 Para que la vida del hombre sea plena debe dirigirse hacia el amor. Es la máxima que Dios nos dice. Todo acto de amor conlleva una liberación personal, de egoismo y de todo aquello que empobrece el alma. Para ese ejercicio libre de servicio y de amor,  es entender que todo acto debe dirigirse a dar y ofrecer en gratuitidad. Cuanto mas amor, mayor es nuestro desprendimiento,  y por tanto contemplamos a Dios en toda su gloria.
En cada etapa el hombre se perfecciona, va creciendo en conocimiento para poder vivir, de la misma manera para ejercer ese desprendimiento en el amor y en el servico a los demás, necesita llegar a una meditacion y contemplación, en primer lugar orando, y escuchando y meditando la palabra del Señor.... Es imposible dar amor si no entendemos que con ese gesto estamos mostrando a Dios. Y eso requiere  la unidad del amor (ausencia de egoismo) libertad (deseo de dar, servicio, gratuitidad, arrojar nuestros intereses o deseos) y vida( mi vida la pongo al servicio del amor y de la caridad, en intentar hacer felices a los demas en mi vida: trabajo, casa, amigos,. familia; sacerdocio, vida monastica.....) sabiendo que todo eso es el mismo Dios que nos llama para hacerlo porque abrimos nuestro interior y nos ofrecemos a realizar su obra.
 
La vida contemplativa, por tanto, es una cuestión de la máxima importancia para el hombre moderno, y es importante por cuanto atañe a su ideal más valioso. Hoy más que nunca, el hombre encadenado busca su emancipación y libertad. Su tragedia es que la busca por medios que le reportan todavía mayor esclavitud. Pero la libertad es algo espiritual. Es una realidad sagrada y religiosa. Sus raíces no se hallan en el hombre sino en Dios. Porque la libertad del hombre, que le hace ser imagen de Dios, es una participación en la libertad de Dios. El hombre es libre en la medida en que se asemeja a Dios. Su lucha por la libertad implica, así pues, una lucha para renunciar a una autonomía falsa y engañosa a fin de hacerse libre más allá y por encima de sí mismo. En otras palabras, para que el hombre llegue a ser libre debe quedar liberado de sí mismo. Eso no quiere decir que haya de librarse tan sólo de otros semejantes a él, pues la tiranía del hombre sobre el hombre no es sino la expresión externa de la esclavitud a la que sus propios deseos le someten. Y es que, en efecto, quien es esclavo de sus propios deseos necesariamente explota a su prójimo a fin de rendir tributo al tirano que habita en su interior.

Thomas Merton



 El fin del hombre es caminar hacia Dios y para eso necesita renunciar a sus propios deseos,   abandonarse a los designios de Dios: hágase tu voluntad y no la mía. Cuando aceptas los designios del Señor, te liberas de tu propio egoismo pues ya no buscas los deseos propios, ni buscas satisfacer tu ego, no buscas nada, solo esperas, te abandonas, te liberas y dejas abierto tu interior.
Esa contemplación, es una busqueda incesante y continua del BIEN absoluto no del bien propio,  no obedeces a tus pasos en este momento has superado la lucha en ti y centras la lucha en buscar lo que Dios te pide, pues es lo que deseas, por lo tanto en este momento, miras a Dios .
Liberarse de los propios deseos es liberarse  del yugo de ser yo...y buscar ser lo que Dios quiere que seas o que hagas, esa es la vida contemplativa que todos debemos buscar en el momento que te conviertes en pobre caballero de Cristo,   tu vida se orienta  en la  satisfaccion de los deseos de Dios y de su voluntad en la tierra. Un reto que no es nada facil con el individualismo que impera en la sociedad actual,  todo dirigido a la imagen, a lo externo a una mal llamada libertad individual que explota al hombre y lo encadena a sus propios deseos.


Sor + Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple
 
 

sábado, 5 de enero de 2013

SOBRE LA HUMILDAD THOMAS MERTON

La humildad nos libera para hacer lo que es realmente bueno, al mostrarnos nuestras ilusiones y al apartar nuestra voluntad de lo que sólo es bueno aparentemente.

Una humildad que congela nuestro ser y frustra toda actividad saludable no es humildad en absoluto, sino una forma disfrazada de orgullo. Seca las raíces de la vida espiritual y nos imposibilita que nos brindemos a Dios.

Señor, Tú nos has enseñado a amar la humildad, pero no lo hemos aprendido. Solamente aprendimos a amar la superficie externa de ella, la humildad que vuelve encantadora y atractiva a una persona. A veces, hacemos una pausa para pensar en estas cualidades, y a menudo simulamos que las poseemos, y que las hemos conquistado mediante “la práctica de la humildad”.

Si fuésemos realmente humildes, ¡sabríamos hasta qué punto somos unos farsantes!

Thomas Merton

"Pensamientos
en la soledad"





Somos seres finitos y   de la humildad que tengamos para reconocer nuestra dependencia de Dios, depende nuestra apertura a sus designios.

Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy.
No veo el camino delante de mí.
No puedo saber con certeza dónde terminará.
Tampoco me conozco realmente, y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo.
Pero creo que el deseo de agradarte, de hecho te agrada.
Y espero tener ese deseo en todo lo que haga.
Espero que nunca haga algo apartado de ese deseo.
Y sé que si hago esto me llevarás por el camino correcto, aunque yo no me de cuenta de ello.
Por lo tanto, confiaré en ti aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte.
No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros.
Amén

martes, 11 de diciembre de 2012

SOBRE LA ESPERANZA (T.MERTON)

No somos perfectamente libres, sino hasta que vivimos en esperanza pura: porque cuando nuestra esperanza es pura, ya no confía exclusivamente en medios humanos y visibles, ni descansa en ningún fin visible. El que espera en Dios, confía en que Dios, a quien nunca ve, lo conduzca a la posesión de cosas inimaginables.

Cuando no deseamos las cosas de este mundo por ellas mismas, nos hacemos capa
ces de verlas tales como son. Vemos al mismo tiempo su bondad y su fin, y podemos apreciarlas como nunca las habíamos apreciado. Al libramos de ellas, comienzan a agradamos. Al dejar de confiar en ellas solas, pueden servimos. Puesto que no dependemos ni del placer ni de la ayuda que obtenemos de las cosas, éstas nos brindan placer y ayuda, ordenados por Dios. Pues Jesús dijo: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas (es decir, todo lo que necesitáis para vuestra vida terrena) se os darán por añadidura" (Mateo 6.33)".
 
 
"La esperanza es proporcional al desprendimiento. Ella lleva nuestra alma al estado del más perfecto desprendimiento. Al hacerla así, restaura todos los valores, colocándolos en su orden adecuado. La esperanza vacía nuestras manos para que

podamos trabajar con ellas; nos muestra que tenemos algo por qué trabajar; y nos enseña cómo trabajar por ese algo.
Sin esperanza, la fe sólo nos da conocimiento de Dios. Sin amor y sin esperanza, la fe sólo lo conoce como extraño. Porque la esperanza nos arroja en los brazos de Su misericordia y de Su providencia. Mas, si esperamos en Él, no sólo llegamos a saber que es misericordioso, sino también experimentamos Su misericordia en nuestra vida".
"Los hombres no son islas".
 
Thomas Merton

 
 

martes, 30 de octubre de 2012

Oración de Thomas Merton

"Dios y Señor mío, no sé adonde voy. No vislumbro el camino delante de mí. Ni siquiera me conozco realmente a mí mismo. Y el hecho es que pienso que cumplo tu voluntad, pero no significa que realmente lo esté haciendo. Pero creo que el deseo de agradarte, de hecho hace que te agrade. Y espero que nunca haré nada, aparte de ese deseo. Y además estoy seguro que si hago eso, me conducirás por el camino recto, aunque yo lo desconozca por completo. Me atrevo a decirte que quiero confiar siempre en ti. Aunque más de una vez pueda parecerme que estoy perdido y en sombra de muerte, no temeré porque tú estás siempre conmigo, y nunca permitirás que me sienta solo en mis luchas."




sábado, 13 de octubre de 2012

LA FE

THOMAS MERTON – LA FE (1)

"En primer lugar, la fe no es una emoción ni un sentimiento. No es un ciego impulso subconsciente hacia algo vagamente sobrenatural. No es simplemente una necesidad elemental del espíritu humano. No es la sensación de que Dios existe. No es una convicción de que, de alguna manera, estamos salvados o «justificados» sólo porque casualmente estamos persuadidos de ello. 


No es algo enteramente interior y subjetivo, sin referencia a ningún motivo externo. No es sólo «fuerza del alma». No es algo que mana del fondo de tu alma y te llena de un indefinible «sentido» de que todo está bien. No es algo tan puramente tuyo que su contenido sea incomunicable. No es un mito personal tuyo que no puedes compartir con ninguna otra persona y cuya validez objetiva no tiene interés ni para ti, ni para Dios, ni para nadie".

 EL PENSAMIENTO DE SAN BERNARDO RESPECTO A LA FE:
1.- Lo que nos propone la fe
- está fundado sobre sólida y maciza verdad,
- demostrado por la revelación,
- confirmado por milagros,
- robustecido y consagrado por la Concepción y parto de la Virgen,
- sellado con la Sangre del Redentor, y
- consumado en la gloriosa Resurrección del Señor (Impug. Erro. Abel., 4)
  
La virtud teologal de la fé se caracteriza por una singular complejidad.
En las reflexiones aquí presentadas no se trata de definir la fe desde el punto de vista de la teología dogmática, sino de dar la c
oncepción de la fe según la teología de la vida interior.

 La fe del Nuevo Testamento es la respuesta del hombre a la revelación de Dios en Jesucristo. Esa fe es la participación en la vida de Dios, es la experiencia de la vida de Dios en nosotros, que permite vernos a nosotros mismos, y a la realidad que nos rodea, como si lo hiciéramos con los ojos del Señor. Es adherirse a la persona de Cristo, de nuestro maestro, Señor y amigo; es apoyarse en Cristo, en esa roca infalible de nuestra salvación, y abandonarse a su infinito poder y a su amor ilimitado. Ante la impotencia humana, la fé se convierte en una búsqueda incesante de la inagotable misericordia de Dios, y en la actitud de espera de que todo nos llegue de él.

 LA FE COMO PARTICIPACIÓN EN LA VIDA DE DIOS

Santo Tomás de Aquino dice que la fe nos aproxima al conocer de Dios. Al participar en la vida de Dios, empezamos a apreciarlo y a verlo todo como si lo hiciéramos con sus ojos (omnia quasi oculo

Dei intuemur).

La participación mediante la fe en la vida de Dios hace que nos convirtamos en hombres nuevos, que entendamos de una nueva manera la realidad, que tengamos una nueva visión, tanto de Dios como de la realidad temporal que nos rodea. En esta realidad temporal empezamos a advertir la actuación de la primera causa, Dios. Advertimos su presencia y su actuación tanto en nosotros como en el mundo de la naturaleza y de la historia. Advertimos que él es el autor, el creador de todo, y que lo que conocemos solamente de una manera humana y profana no es la totalidad de la realidad, sino que apenas es la visión de su aspecto externo, la captación de las causas secundarias, de las cuales se sirve Dios.
La fe es una virtud que hace posible el contacto con Dios, y está en las bases de la vida sobrenatural. Puesto que es el fundamento de toda actividad sobrenatural, todo se realiza gracias a ella.

La actividad de la vida sobrenatural está determinada por los aspectos positivos y las deficiencias de nuestra fe. Las dificultades de la vida sobrenatural siempre están relacionadas con la debilidad de la fe. La fe es la virtud fundamental, porque nos ofrece la posibilidad de participar en la vida de Dios. La fe es la participación en el pensamiento de Dios, es como una especie de razón sobrenatural asentada sobre las aptitudes naturales del alma.
La fe nos capacita para pensar como Dios, para pensar así, tanto sobre nosotros mismos, como sobre todo lo demás con lo que tenemos contacto. De ahí que tener fe signifique armonizar nuestro pensamiento con el suyo; identificamos con su pensamiento.