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miércoles, 9 de julio de 2014

LA VIDA ESPIRITUAL SEGUN SAN BENITO




“Y el Señor, que busca a su obrero entre la muchedumbre del pueblo al que dirige esta llamada, dice de nuevo: « ¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?» (Sal 34,13). Si tú, al oírlo, respondes «Yo», Dios te dice: «Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela» (Sal 34,14¬15). Y si hacéis esto, «pondré mis ojos sobre vosotros, y mis oídos oirán vuestras preces, y antes de que me invoquéis» diré: «Aquí estoy» (Is 58,9). ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo el Señor nos muestra piadosamente el camino de la vida. Ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras y sigamos sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su reino a «Aquel que nos llamó a su eterna presencia» (1 Tes 2,12)”.
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Para Benito, según se ve, la vida espiritual no es una colección de prácticas ascéticas, sino un modo de estar en el mundo abierto a Dios y a los demás. Luchamos, como es natural, con tentaciones de separar ambas cosas. Es tan fácil decirnos que dejamos a un lado las necesidades de los demás porque estamos atendiendo las necesidades de Dios ... Es tan fácil ir a la iglesia en lugar de a casa de un amigo cuya depresión nos deprime.
Es tan fácil preferir el silencio a las exigencias de los hijos. Es mucho más fácil leer un libro de religión que escuchar al marido hablar de su trabajo o a la mujer de su soledad. Es mucho más fácil practicar la religión privatizada de las oraciones y las penitencias que pasar por tontos por culpa de la religión cristiana de la visión global y la paz. Sin embargo, en lo profundo de sí mismas todas las tradiciones espirituales rechazan esas racionalizaciones: «¿Hay vida después de la muerte?», preguntó en una ocasión un discípulo a un venerable maestro. Y éste contestó: «La gran pregunta espiritual de la vida no es si hay vida después de la muerte. La gran pregunta espiritual es si hay vida antes de la muerte». Benito, obvia¬mente, cree que la vida vivida plenamente es vida vivida en dos planos: atención a Dios y al bien de los demás.

Piadosos -dice este párrafo- son quienes nunca hablan destructivamente de otra persona -por ira, rencor o venganza- y quienes aportan un corazón abierto a un mundo cerrado y desgarrador.

Los piadosos saben cuándo el mundo en que viven les sitúa en una resbaladiza pendiente muy distante del bien, la verdad y lo santo, y se niegan a tomar parte en ese declinante proceso. Y, lo que es más digno de mención, se aprestan a contrarrestado. No basta, da a entender Benito, con limitarse a distanciarse del mal. No basta, por ejemplo, con negarse a difamar a los demás, sino que debemos reparar su reputación; no basta con desaprobar los residuos tóxicos, sino que debemos actuar para salvar el planeta; no basta con preocuparse por los pobres, sino que debemos actuar para impedir la pobreza. Debemos ser personas que aportan creación a la vida: «Si hacéis esto -nos recuerda la regla-, "pondré mis ojos sobre vosotros, y mis oídos oirán vuestras pre¬ces"». Si hacéis esto, estaréis en presencia de Dios.
Finalmente, en lo que concierne a Benito, la vida espiritual depende de que seamos unos pacificadores pacíficos. La agitación elimina de nosotros la conciencia de Dios. Cuando nos motiva la agitación, cuando nos consume la inquietud, nos sumimos en nuestros planes personales que tienen tendencia a ser siempre desproporcionados. Nos vemos atrapados en cosas que, bien analizadas, sencillamente carecen de importancia, son pasaje¬ras y tienen que ver con vivir cómodamente en lugar de con vivir como es debido. Perdemos los nervios porque los niños gritan o las máquinas se estropean o los semáforos duran demasiado. Perdemos el contacto con el centro de las cosas.

Al mismo tiempo, la tranquilidad pasiva no es el propósito de la vida benedictina. Esta espiritualidad llama a ser amables y dejar una estela de no violencia. Resulta sorprendente que un documento del siglo VI adoptara tal postura en un mundo violento. No hay aquí una teología del Armagedón ni un llamamiento a entablar una batalla entre el bien y el mal en un mundo que se apunta al dualismo y divide la vida entre cosas del espíritu y cosas de la carne.

En esta regla de vida sencillamente se ignora la violencia. La violencia no funciona. Ni la violencia política, ni la violencia social, ni la violencia física, ni siquiera la violencia que nos hacemos a nosotros mismos en nombre de la religión. Las guerras no han funcionado, ni tampoco el clasismo ni el fanatismo. El benedictismo, por otro lado, sencillamente no tiene como propósito doblegar al cuerpo ni vencer al mundo, sino que se dispone, sencillamente, a sosegar un universo permeado por la violencia sien¬do una pacífica voz por la paz en un mundo que piensa que todo -las relaciones internacionales, la educación de los niños, el des¬arrollo económico e incluso todo en la vida espiritua1- se lleva a cabo por la fuerza.

El benedictismo es una llamada a vivir en el mundo, no sólo sin alzar las armas contra los demás, sino haciendo el bien. El pasaje implica claramente que quienes hacen de la creación de Dios su enemigo sencillamente no «merecen ver en su reino a "Aquel que nos llamó a su eterna presencia"».

miércoles, 18 de septiembre de 2013

La oración (1) LA JORNADA MONÁSTICA SEGÚN NUESTROS PADRES. P. ROBERT THOMAS, O.C.S.O



Nuestros Padres eran hombres de oración, consagraban tiempos a orar a solas ante el Señor en la adoración, acción de gracias, súplicas y sobre todo permanecían a sus pies, para meditar, mirar al Señor, amarle, pedirle perdón.
Leyendo la Santa Regla, sorprende ver el número de veces en que san Benito dice al monje que ore. Ya desde el Prólogo, al emprender el buen camino, hay que pedirle al Señor "con oración muy insistente" (Pról.4). Oración constante. Seamos realistas: el proyecto de vida monástica sobrepasa las posibilidades del hombre. El principiante lo experimenta a cada momento. No hay que apurarse, san Benito sale al paso: "Como esto no es posible para nuestra naturaleza sola, hemos de pedir al Señor que se digne concedernos la asistencia de su gracia" (Pról.41). Así, con el escudo de la oración, el novicio está a salvo porque "Tendré mis ojos fijos en vosotros, mis oídos atentos a vuestras súplicas y antes de que me interroguéis os diré: Aquí estoy" (Pról.18).
La oración tiene su fundamento en el corazón, es interior, como la oración Trinitaria. San Benito lo experimentó bien en la cueva de Subiaco. Recordemos que san Gregorio en la Vida de san Benito, nos dice que "habitó consigo", a continuación nos lo explica: "Decía yo que este santo varón habitó consigo porque, teniendo constantemente fija la mirada en la guarda de sí mismo, mirándose de continuo ante los ojos del Creador y examinándose sin cesar, no alejó fuera de sí el ojo de su espíritu" (c.3). San Benito ya dice al monje que ore in intentione cordis (c.52,4). Es una expresión que seguramente la leyó en Casiano. Y alguien la ha parafraseado bien diciendo que se puede traducir "con el ojo del corazón bien abierto hacia lo interior". Y tener abierto el corazón es encontrar otra mirada: la de Dios que observa sin cesar al hombre. El monje es el vigía de Dios. Se sabe en la presencia de su Señor día y noche. La tendencia del monje, bajo la mirada de Dios, es obrar como agrada a Dios... y el premio es la oración continua, el alma respira a Dios...

Cuando era joven escuché la siguiente frase que se me dio como un apotegma de los Padres del desierto: "Un monje reza todo el día o no reza nunca". Se comprende perfectamente si buscamos hacer siempre lo que le place al Padre, como Jesús. La vida de Jesucristo en la tierra fue una oración ininterrumpida, aunque en la intimidad, cuando pasaba noches enteras en oración, solo ante la faz del Padre, la oración que brotaba desde su corazón era la plenitud total de la oración, porque iba del corazón de Dios-Hombre al corazón de la Trinidad. Esta oración en nuestros momentos más íntimos y sublimes se le asemeja, aunque ¡muy poquito! Él era Dios con nosotros...
Recordemos a san Antonio cómo se afligía cuando había pasado la noche en oración y veía que los rayos del sol inundaban su recinto. Tenía que dejar la oración tan íntima. Desde siempre los monjes han sentido la necesidad de pasar tiempo orando, en un coloquio íntimo con Dios, bien sea líbremente, cada uno en particular durante los intervalos, o juntos en comunidad.
En la Santa Regla, vemos cómo san Benito tiene un capítulo sobre la oración (c.20), y otro que trata del oratorio' c.52). En él se dice que, después del Oficio, el monje que quiera prolongar su oración, puede hacerlo, pero de forma que no moleste a los demás con algún ruido o de otro modo. Quien quiera, puede entrar y rezar. Nuestro Padre aconseja vacar frecuentemente a Dios en la oración - oration frecuenter incumbere -, (c.4,57 Inst.).
Los cistercienses se dan a la oración. Nuestros Padres, animaban a sus monjes a orar y les hacían partícipes de su experiencia personal exponiéndoles lo que es oración.

LA JORNADA MONÁSTICA SEGÚN NUESTROS PADRES. P. ROBERT THOMAS, O.C.S.O

miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA OBEDIENCIA EN LA REGLA DE SAN BENITO

Si sobre la castidad la Regla es exageradamente sobria, sobre la obediencia es mas bien todo lo contrario. La importancia capital que le concede se deduce del hecho mismo de dedicarle especificamente tres capítulos (5, 68, 71), y de la gran frecuencia con que la menciona desde el principio del prólogo hasta el epílogo. Lo cual no es de admirar, ya que desde la primera pagina asegura que es el camino para retornar a Dios. Es así que la obediencia constituye el eje de todo itinerario monástico.
El concepto de obediencia siempre hizo referencia al oír a otro y hacer su voluntad. En este sentido ya era central en el Antiguo Testamento, donde Dios llama a escuchar su voz y a cumplir sus mandatos. La esencia del pecado es la desobediencia. 
En Nuevo Testamento subraya este valor. La vida de Jesús es la de la obediencia total al Padre, siguiendo el camino que este señala. El verdadero discípulo de Jesús cumple la voluntad de Dios. Es por eso que para San Pablo la obediencia es el fundamento de la salvación (Rom 5,19). La idea de obediencia encontró un eco extraordinario sobre todo entre los monjes a partir de las primeras generaciones. Los padres del desierto no se cansarán de insistir en este llamado a la obediencia a Dios, a la Escritura, al anciano espiritual, a la regla, a los hermanos. 
El primer capítulo que la Regla consagra a la obediencia (5) empieza sin preámbulos diciendo que «el primer grado de humildad es una obediencia sin demora». La frase se transformó en una cruz para los intérpretes. Hoy la gran mayoría está de acuerdo en que San Benito proclama su valor soberano y declara que es la cumbre y expresión mas perfecta de la humildad. No es cualquier tipo de obediencia, sino una obediencia pronta y amorosa, digna de Dios. San Benito sigue así la tradición de la espiritualidad cenobítica, que considera a la obediencia como un elemento primordial, imprescindible para la existencia misma de la comunidad, al ser el elemento fundante del monacato. 
 
 
El amor de Cristo es el principal motivo de obedecer y el mas perfecto. Pero la Regla enumera también otras razones menos elevadas. El servicio santo que se ha profesado, el temor al infierno, el deseo del cielo, la fe, el temor de Dios, y el anhelo de avanzar hacia la vida eterna. 
Para la Regla, la obediencia es renunciar al libre ejercicio de la propia voluntad, refrenando los propios deseos y los de la carne. En su aspecto positivo es dejarse llevar por el juicio y la voluntad de otro imitando al Señor que no vino a cumplir su voluntad sino la de Aquel que lo envió. Para que esta obediencia sea perfecta ante Dios, la Regla enumera ciertas caracteristicas. Se debe hacer sin miedo, sin tardanza, sin frialdad, sin murmuración y sin protesta. Obedecer exteriormente no basta si no va acompañado de buena voluntad, porque al superior se lo puede engañar pero a Dios no. Para la Regla el peor defecto contra la obediencia es la murmuración. 
San Benito vuelve a ocuparse de esta virtud al final de la Regla, en el capítulo 68, que para algunos comentadores (Delatte, de Vogüe) es uno de los mas bellos de toda la Regla. El capítulo se titula «Si le mandan a un hermano cosas imposibles». Si el capítulo 5 exponía una doctrina austera, exigente y teórica, este deja una enseñanza sobrenatural, en el fondo, más exigente y al mismo tiempo llena de humanidad y de comprensión. El monje ante una orden imposible o dificil de cumplir es autorizado por la Regla a exponer al superior sus razones, pero lo debe hacer sin soberbia, sin resistencia, con sumisión. Pero si aún así el superior no cambia de parecer, el monje «debe convencerse que así le conviene y obedecer con caridad, confiando en el auxilio de Dios». 
 
El último capítulo en el que San Benito se ocupa de este tema es el 71, en el que dedica algunas palabras a la obediencia mutua. Si durante buena parte de la Regla los monjes aparecían como meros discípulos bajo las órdenes del abad, aquí el autor hablará de la obediencia que se deben tener unos a otros. Y es que para el santo, la obediencia no solo es un bien en si mismo sino que implica la manifestación de la caridad, el ejercicio del amor fraterno, un nuevo vínculo que une a los hermanos entre si. El monje, por este camino, renuncia a su propia voluntad, a su propio interés, para hacerse servidor de sus hermanos en quién ve a Cristo. Tan firme es en este parecer el autor, que si un hermano se resistiera a esta obediencia horizontal, de hermano a hermano, debería sufrir una sanción y llegado el caso ser expulsado. El motivo de tanta rigidez es preservar la comunión fraterna, que tiene para el santo, un valor absoluto.
 
 

jueves, 22 de agosto de 2013

LECTURA ESPIRITUAL / LECTIO DIVINA

 

La lectura monástica de la Biblia no es, por consiguiente, un estudio, porque su finalidad no es adquirir cultura o ciencia. Podríamos llamarla una “meditación”, para subrayar la dimensión espiritual de profundización que ella pide. El término “meditación” tiene, sin embargo, el inconveniente de sugerir reflexión más que oración, y de recargar la lectura de la Biblia con las categorías sistematizadas con que la meditación ha sido frecuentemente relacionada, y que ignoraron los antiguos. La fórmula lectio divina es la más adecuada, porque indica una lectura sabrosa y orante, escuchando al espíritu de Dios, con la convicción de que él nos iluminará sobre el texto; es menos una técnica que una mística, y no consiste en leer un texto sino en buscar la verdad y el contacto con una persona, Dios.

Lectio divina y lectura espiritual se complementan mutuamente, pero no deben confundirse, al menos hoy. Para estar abiertos y adaptados a los problemas de nuestro tiempo debemos leer muchos artículos y libros, que no favorecen casi nada la lectura orante. Frecuentemente hay que leerlos con rapidez, para poder acabarlos. Y a pesar de esa rapidez, la lectura puede ser muy buena, instructiva y nutritiva; pero no es lectio divina, al menos según el significado antiguo y auténtico de esta expresión.

El ámbito de la lectura espiritual es más amplio, y la lectura espiritual puede coincidir muchas veces con el estudio propiamente dicho de teología, exégesis o problemas de espiritualidad. El campo de la lectio divina es más restringido: ante todo la Biblia, y después otros libros que fomentan una lectura gratuita, lenta, profunda y orante. La lectura espiritual puede no ser desinteresada y perseguir la finalidad de preparar una conferencia, predicación, cursos o artículos. La lectio divina debe ser, en cambio, absolutamente desinteresada y descarta todas las finalidades que acabo de mencionar. Está muy próxima a la oración, y frecuentemente se puede confundir con ella, convirtiéndose en una preparación excelente para la oración litúrgica, pero manteniéndola en su atmósfera de adoración, alabanza y acción de gracias, con silencios mucho más frecuentes y pausas prolongadas.
LA LECTURA DE LAS ESCRITURAS EN LA REGLA  SAN BENITO

   En el prólogo de su Regla, San Benito pide a sus discípulos que lleven su vida monástica per ducatum evangelii, “guiados por el Evangelio”; que lo consideren, por consiguiente, como la regla de vida por excelencia. En el último capítulo vuelve a repetir la misma idea, a manera de conclusión: “¿Hay una página o una palabra de autoridad divina, en el Antiguo y Nuevo Testamento, que no sea una regla muy segura de conducta en nuestra vida?”. San Benito ve, pues, en la sagrada Escritura no solamente un alimento de sabiduría y piedad, sino también una norma de vida.

            Esta forma de pensar es completamente bíblica. Jeremías nos dice: “¿No quema mi palabra como el fuego? ¿No es como un martillo que golpea la roca?” (Jer 23, 29). La palabra divina turba, desgarra, adiestra y trasforma. No deja tranquilo a ninguno que la reciba con un corazón recto, abierto y dócil.

            El peligro de saborear la belleza y armonías de la Palabra de Dios sin dejar que remueva la vida con sus exigencias, aparece claramente en el coloquio de Natán con David, después del adulterio del rey y la muerte de Urías (2 Sam 12, 1-12). David escuchó a Natán con benevolencia, aplaudió todas las palabras del profeta, se indignó con él y más que él, pero no se le ocurrió aplicarse la parábola que se le propuso. Fue preciso que Natán le dijera claramente y sin miramientos: “¡Ese hombre eres tú!”

            Los Padres del Desierto estaban firmemente comprometidos en el camino de Natán...”Cuando leas las palabras de las divinas Escrituras, ora primero a Dios para que abra los ojos de tu corazón, - dice Juan Crisóstomo- para que no te contentes con repetir lo que está escrito, sino que lo lleves a la práctica, no sea que leas para condenación de tu alma las palabras  vivificantes de las Escrituras”. 
El que disocia la Escritura y la vida, el que pierde la humildad y la caridad al escrutarla con aridez o discutiendo con orgullo, confunde las Escrituras y pierde su alma. Al contrario, el que las usa con pureza de corazón y con intención de ponerlas en práctica, suele extraer pronto su sentido.

San Benito prescribió que todos hicieran lectura cada día, y que dos monjes se encargara de recorrer ese tiempo las celdas, para ver si era observado este punto; caso de encontrar algún negligente en su cumplimiento, quería que se le impusiera una penitencia. Y antes que todos los fundadores, lo había prescrito San Pablo a Timoteo: «Aplícate a la lectura»: Nótese la palabra que emplea: attende; es decir, que por muchos que fueran los cuidados que le exigieran sus ovejas –Timoteo era obispo–, quería San Pablo que se dedicara a la lectura de libros santos, no como de pasada y por breve tiempo, sino aplicándose expresamente a ella con detención.


 
 
  DESIERTO Y COMUNIÓN-LA LECTIO DIVINA.

jueves, 18 de julio de 2013

ENTRE EL SILENCIO Y LA PALABRA



La tensión que existe entre el silencio y la palabra se mueve en la fina línea entre el existir como persona y el no ser nada. De aquí que sea necesario mantener el equilibrio entre ambas para no perdernos en el abismo de la no existencia.

En efecto, tanto si nos excedemos en el silencio, convirtiéndonos poco menos que en autistas, como si nos volcamos en una verborrea compulsiva, corremos el riesgo de no crecer como personas y por lo tanto no crecer espiritualmente. Se trata de saber permanecer en silencio para poder escuchar la palabra que germina en él.





En nuestra exposición sobre el silencio nos vamos a apoyar en la RB y en San Bernardo.

San Benito nos habla en su Regla del valor del silencio y la Palabra principalmente en el capítulo sexto, aunque deje caer algunos mensajes aquí y allá. En el tema del silencio el Padre de los monjes se hace eco de la tradición monástica anterior a él. Cuando pone el acento en el silencio no es porque desprecie la palabra, más bien es al contrario. Se trata de un gran respeto y agradecimiento por el don de la palabra, el silencio viene a ser como un medio para usar la palabra sin frivolidad, guardándola de desviaciones que la degradan convirtiéndola en un instrumento de pecado. El silencio del que habla san Benito -la taciturnitas- no es el simple callar material, sino que habla de una actitud del corazón por la que se hace disponible para escuchar a Dios y prestar atención al hermano. El silencio, pues, no es para san Benito un mutismo orgulloso y agresivo, sino disponibilidad total para la Palabra de Dios y atención humilde a los otros. De aquí que el silencio que impone la Regla, se puede interrumpir cuando así lo reclama la caridad. Digamos que en el silencio hay una fuerza de purificación, de clarificación y de comprensión de lo esencial: por eso el silencio es fecundo. De él surge la palabra madura, la única que puede comunicar a los otros lo mejor de nosotros mismos. El silencio es también respeto al otro, y colaboración para crear espacios de serenidad y paz en la vida.


El silencio es una actitud que san Benito reclama desde el Prólogo de su Regla y va diseminando en toda ella. Por ejemplo en el capítulo cuarto, que trata de los instrumentos de las buenas obras dice:

“Abstenerse de palabras malas y deshonestas.
No ser amigo de hablar mucho.
No decir palabras vanas o que provoquen la risa.
No gustar de reír mucho o ruidosamente.
Escuchar con gusto las lectura santas.
Postrarse con frecuencia para orar.

Se ve claramente que los cuatro primeros instrumentos citados aquí están en función de los dos últimos, que hacen que se comprenda mejor el alcance e importancia del silencio: se guarda silencio para escuchar a Dios y para orar.

Si se saca de su contexto el capitulo 6 de la Regla, puede dar la impresión de rigorismo y exageración. Pero lo tenemos que ver como unos enunciados que después han de aplicarse en la vida diaria y concreta. De hecho, si lo enmarcamos en todas las alusiones que hace san Benito en su Regla, nos daremos cuenta que el silencio que quiere el Padre de los monjes, está muy lejos del mutismo casi total y deshumanizante que tal vez se podría deducir de una lectura superficial de este capítulo. Este silencio es en su fundamento atención, disponibilidad, fecundidad previa a toda palabra auténtica, tanto de cara a Dios como de cara a los otros. Pero claro, esto pide una ascesis y una mesura para capacitarnos para mantener una auténtica comunicación con Dios y con los otros, ya que la abundancia de palabras suele encubrir con bastante frecuencia la incapacidad de una verdadera comunicación.

Yo pienso y estoy verdaderamente convencido que lo que más necesitamos es que cada uno tome conciencia del valor del silencio, que cada uno ame el silencio. Porque la experiencia vivida a partir de este aprecio personal del silencio, nos capacita para entrar en el lugar escondido de nuestra propia vida donde nos encontramos con Dios y donde podemos vivir la conciencia profunda de la comunión con los demás.

Por desgracia en nuestro mundo de hoy hemos excluido de nuestra sociedad el silencio y acumulamos ruido y más ruido, por eso muchos hombres y mujeres jamás entraran en el centro de sí mismos, pues les da miedo encontrarse con esa soledad del propio corazón, y al no entrar ahí están desterrados de su verdadera existencia, sumidos en la ignorancia de sí mismos. Es por eso que en el tren, en la sala de espera o donde sea, no pueden pasar sin tener en manos un libro, sin escuchar música, sin alguna cosa que ver, que hacer o que pedir. La vida de muchas personas es tan superficial, tan terriblemente superficial que les vuelve incapaces para una verdadera comunicación que quiera ir más allá de las palabras.

Hasta aquí con san Benito, veamos ahora que nos dice el místico san Bernardo.

Si la vida cisterciense está totalmente orientada hacia el encuentro mutuo del Creador y su criatura espiritual, es normal, que san Bernardo atribuya la mayor importancia a la soledad y al silencio. Y esto porque toda búsqueda de Dios implica interioridad y recogimiento para poder llevar a cabo la voluntad divina. Este recogimiento en lo íntimo de la conciencia es requisito imprescindible para pasar al encuentro con Dios. De aquí que sea necesario potenciar este aspecto de la soledad y el silencio en el conjunto de las demás motivaciones. La soledad y el silencio son una preparación consciente y querida para la venida del Verbo al alma que se desprende de las demás preocupaciones.
 

 Escuchemos a san Bernardo:

“Siéntate, pues, solitario como la tórtola. Que nada te turbe entre la muchedumbre de los demás... ¡Oh alma santa!, permanece solitaria y resérvate exclusivamente para el Señor, a quien has elegido para ti entre todos. Huye de las gentes, huye hasta de tus familiares; aléjate de los amigos íntimos, y hasta del que te sirve. ¿No sabes que tienes un Esposo muy pudoroso, que de ninguna manera te regalaría con su presencia delante de otros? Aléjate, pues, pero con la mente, no corporalmente; con tu intención, con tu devoción, con tu espíritu. Porque Cristo el Señor es Espíritu ante ti, y busca la soledad del espíritu y no la del cuerpo; aunque a ratos no está mal que te separes también corporalmente, cuando puedas hacerlo con discreción, en especial durante la oración... Por lo demás, sólo te exige la soledad del corazón y del espíritu. Estarás solo si no piensas en torpezas, si no te afecta lo presente, si desprecias lo que angustia a muchos, si te aburre lo que todos desean, si evitas toda discusión, si no te impresionan las desgracias, si no recuerdas las injurias. De lo contrario, no te encontrarás solo ni en la soledad más absoluta. ¿Ves cómo puedes vivir rodeado de muchos, y entre muchos solo? Puedes estar solo por frecuente que sea tu trato con los demás, con tal que te libres de ocuparte en vidas ajenas como juez temerario, o como espía curioso”. (SC 40, 4-5).

Como hemos visto en este párrafo, aparece la idea constante en san Bernardo de la íntima relación entre la mística y la ética, es decir, entre la experiencia de Dios y la conducta de ella derivada. La mención al Espíritu que se presenta ante nuestro espíritu como un Esposo celoso que solicita toda nuestra atención, va seguida de la descripción detallada de todo aquello que obstaculiza a nuestra conciencia, esa multitud de pensamientos y de juicios que la invaden de continuo. El silencio, pues, es una observancia cisterciense muy importante, de tal modo que san Bernardo lo considera el guardián de la religión.

Según el Abad de Claraval se puede abusar de la palabra por diversos motivos: para distraerse, para imponerse con presunción, por vanagloria, por hablar mal con ironía, por quejarse del alimento, por confesarse pecador para parecer humilde, o para atraer la atención.

Pero sabe también que existen silencios culpables y palabras provechosas; que la crítica y la murmuración merecen ser reemplazadas por la acción de gracias y la reconciliación con el hermano. La palabra puede ser tan útil y valiosa como nociva y mortal. No sólo se pierde el tiempo de la vida con la locuacidad, sino la misma vida y la vida de los otros. Pero oigamos al mismo Bernardo:

“¡Qué verdad encierra aquella sentencia, hermanos: “en el mucho hablar no faltará el pecado!... ¡Ojalá que con estas conversaciones sólo se perdiera el tiempo! ¡Cuántos no pierden también en ellas la vida! Pierden la suya y arrancan la de sus hermanos... No temas afirmar que esta lengua es más cruel que aquella lanza que atravesó el costado del Salvador. Porque ésta desgarra el cuerpo de Cristo y sus miembros. Y no hiere un cuerpo exánime, sino que lo mata al clavarse en él... Y a pesar de ello seguimos diciendo: “¡Es tan ligera la palabra! ¡La lengua no es más que un pedazo de carne, tierna y suave!... Como no somos perfectos, después de una larga conversación sentimos nuestro espíritu vacío, la meditación menos devota, el afecto más árido y el holocausto de la oración menos fecundo. La causa son las palabras que hemos dicho u oído... Tal vez parezca que me excedo reprendiendo el uso de la palabra”. (Div 17).

Estos son los motivos por lo que es recomendable el silencio para san Bernardo. Es evidente que son negativos pero bien vividos llevan a la salvación, que es el objetivo de la vida cisterciense.

Digamos que para san Bernardo el silencio es una perfección escatológica, y las palabras un medio imperfecto pero necesario. no sólo para comunicarnos con los demás sino para hablarnos a nosotros mismos.
Veamos ahora algún texto en el que san Bernardo reconoce también el valor de la palabra:

“Mi corazón me ha abandonado y necesito hablarme a mí mismo, o más bien hablarme como a un otro. Y esto, de momento con tanta frecuencia cuanto menos vivo dentro de mí y unido a mí mismo.” (Div 110).

“Es encantador el silencio pudoroso, pero es más necesaria la palabra sumisa”.(SVM).

“El ejemplo es más eficaz que la palabra para muchas cosas, si demuestras que te ha persuadido a ti antes lo que quieres aconsejar a otro. Son más eficaces las obras que las palabras. Actúa como hablas, y no sólo me enmendarás con mayor facilidad, sino que te librarás de un gran reproche”. (Sc 59, 3).

Tenemos, pues, que para san Bernardo la palabra es útil en cuanto nos ayuda a progresar en la virtud y en la salvación. La palabra, lo mismo que el silencio, está en función de un bien mayor: la experiencia espiritual de un Dios que salva. Sólo la palabra que ha sido engendrada en el silencio es la que puede edificar a uno mismo y a los demás.

Vamos a terminar con una reflexión sobre el diálogo y el silencio en una comunidad.

El diálogo -y la capacidad para dialogar- es un componente esencial, no sólo de la madurez relacional, sino también de su identidad espiritual. Un diálogo que nace del silencio, que se nutre de silencio, que se remite al silencio.

Una comunidad formada por buscadores de Dios logra equilibrar creativa y naturalmente diálogo y silencio, justamente porque en la fraternidad buscar a Dios es una tarea, es una tarea esencialmente comunitaria que se realiza utilizando sabiamente la palabra que evoca el silencio. En esta comunidad la palabra circula libremente sin perturbar el silencio, mientras el silencio crea las condiciones ideales para decir palabras de vida. Hay, al mismo tiempo, mucha palabra y mucho silencio, pero la palabra en el silencio, no en fases sucesivas.

Un diálogo ininterrumpido se produce sobre todo en el secreto y en el silencio del alma con la Palabra que, como maná, no sólo alimenta y vivifica día tras día, sino que propone, ilumina, pide y espera respuesta. Una palabra que no sólo hay que guardar en el corazón como un tesoro, sino que es una persona viviente con la que se puede hablar y por la que uno se siente amado. Es el primer diálogo en la vida del cristiano, inmediatamente invadido por un profundo silencio. Y sin embargo, es un verdadero diálogo, un intercambio de palabras con otra persona en un acontecimiento comunicativo llamado oración, en las que se graban y pueden reconocerse, como en la “caja negra” de los aviones, las huellas y etapas del camino del ser humano hacia Dios, pero también del camino de Dios hacia el ser humano.

El cristiano sabe, o debe 
saber, que no puede guardarse sólo para sí ni esa Palabra ni esa experiencia, y que tampoco puede pretender comprender todo su sentido. Por consiguiente, el diálogo pasa del silencio de la interioridad al intercambio fraterno en la comunidad, pero girando en torno al mismo contenido, con idéntica inspiración, con la misma finalidad: buscar el rostro de Dios, reconocer las huellas del paso del que camina sobre las aguas y cuyas huellas son invisibles. Sería absurdo presumir de hacer en solitario el reconocimiento del misterio.

Este intercambio profundo produce un fruto no del todo previsto. Mientras resuena la palabra de Dios en la riqueza de experiencias y en la variedad de interpretaciones suscitadas por el mismo Espíritu, une corazones y mentes en el mismo camino de santidad. Un fruto quizás no del todo previsto, pero psicológica y espiritualmente una consecuencia evidente. “Decir a Dios” en comunidad, contando a los demás lo que Dios me ha dicho y ha hecho en mí, no sólo crea una verdadera y sólida fraternidad, sino que sobre todo ayuda a los hermanos a reconocer la acción y la palabra de Dios en su vida y hace que se vea la convergencia y unidad básicas de los caminos de santidad por diverso que sean.

Del silencio al diálogo y del diálogo al silencio. El silencio protege el diálogo con Dios; el diálogo con Dios protege y fomenta el diálogo con los hermanos que, a su vez, remite al silencio de la intimidad con Dios y con uno mismo. Y todo esto como signo cada vez más claro de un camino comunitario de santidad.

Es un hecho evidente que a Dios le gusta tanto le mediación, que normalmente se revela al hombre a través de otro hombre o, en todo caso, a través de mediaciones humanas. Así nos lo presenta la Biblia. Es como una metodología de la salvación. Lo que quiero decir con esto es que en la vida espiritual nada funciona automáticamente. Incluso la mediación de que Dios se sirve no se ve en seguida con claridad, no me revela inmediatamente lo que Dios quiere de mí, ni se impone inequívocamente. Y no se la puede tratar como a cualquier comunicación o información, sino que precisa un espacio propio para ser correctamente descifrada y entendida. Este espacio es el silencio, seno que no sólo da a luz la palabra, sino que también hace que se comprenda a partir de la palabra que viene de Dios. Es ahí, en el silencio, donde el misterio de la teofanía se disuelve y se ilumina; pues sólo cuando callan las palabras, es cuando la palabra puede revelar su origen y destino, de dónde viene y adónde va.

En las comunidades cristianas hay tanta, tantísima palabra, que no nace del silencio y vive huérfana de él; que no es acogida en este seno fecundo y corre el riesgo de quedarse muda, sin sentido, de no ser entendida. O se le puede dar un sentido superficial, inmediato o emotivo, sin reflexión alguna que permita rebasar las puras apariencias. Es como si se interrumpiera el diálogo que Dios inicia para comunicarnos su voluntad. Pero también se interrumpe, o no tiene sentido, el diálogo fraterno que cuando carece de silencio, es un puro sonido que rasga el aire e, incluso a veces, las mismas relaciones entre las personas.


El diálogo es uno de los primeros indicadores de la calidad de la vida fraterna y desempeña un papel realmente importante en el camino de una comunidad hacia la santidad comunitaria. Pero para volver a ser medio y expresión de la búsqueda comunitaria de Dios, nuestro hablar requiere silencio. Pero, evidentemente, no cualquier tipo de silencio. No el silencio que es pura ausencia de palabra y mucho menos si es rechazo de la misma; tampoco el silencio que se guarda por disciplina o que va exclusivamente unido a la oración. Aquí nos referimos a ese clima interior de silencio que hace que resuene en las profundidades del espíritu el sentido de los acontecimientos, encuentros, palabras, retos e imprevistos, para reconocer en la vida y más allá de ella la llamada misteriosa de Dios que viene y la posibilidad de responderle e ir a su encuentro. Un silencio que acalle resonancias agresivas y resentimientos excesivos, que despierte la benevolencia gratuita y la valoración positiva de los demás, que fomente el sentido de la responsabilidad ante el hermano y la acogida del don de su presencia, que escuche a Dios que me habla por el otro y al otro que me habla tal como es, con su humor, con su requerimiento de ayuda y con sus silencios. Un silencio, en fin, donde mora el misterio

viernes, 28 de junio de 2013

CONCLUSIÓN DE LA REGLA DE SAN BENITO. (R.B.73)




Con el capítulo 73 se termina en el estado definitivo en que nos la transmitió la tradición. No hay duda de que este capítulo es auténtico de san Benito, y expresa perfectamente su concepto sobre la vida monástica.
Una de las cosas que impactan en este capítulo, es la humildad de Benito que sabe situar su trabajo en un contexto mucho más amplio en el que él no es más que un eslabón en la larga cadena de la tradición. Para él la vida monástica no consiste en observar un cierto número de reglamentos y practicar un fuerte número de ejercicios ascéticos. Sino que consiste en el caminar de persona que se lanzan con toda su energía hacia el fin de la vida cristiana que es la perfección de la caridad. La Regla no tiene otro fin que presentar algunas orientaciones para este caminar. Con una sencillez y una sinceridad que nada tienen de falsa humildad, san Benito dice que retrata de una Regla “para principiantes”. Pero no se trata de principiantes ordinarios. Los que él tiene a la vista son principiantes “que se apresuran hacía la patria celestial”. Y en este camino estamos siempre en el principio, hasta que lleguemos al destino.
Esto nos indica la actitud que debe os tener frete a la Regla, lo que debemos buscar y lo que no podremos encontrar.. Sería un puro arcaísmo, y una gran aberración que sería un buen monje benedictino practicando a la letra las prescripciones de san Benito, pues muchas de estas prescripciones no están adaptadas a nuestro contexto actual, ni a la conciencia eclesial y a las sensibilidades teológicas de nuestro tiempo. Es necesario ver la Regla como ha sido vista durante siglos: como la expresión particularmente rica, equilibrada y adaptada a su tiempo con una tradición espiritual mucho más antigua y que no podría nunca ser aprisiona en un texto.
Por principio Benito remite a la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento que es el único texto que reconoce con carácter normativo. Y la única vez que utiliza en la Regla la palabra latina “norma”. Es, dice él, una norma perfecta (rectísima norma) de vida humana. Sencillamente de vida cristiana, pero también de “vida humana” y reenvía también a los “a los Padres Católicos”, indicando aquellos que nosotros llamamos “Padres e la Iglesia”, comprende los Padres del Monaquismo. Hace referencia a Casiano, pero sin nombrarlo, explícitamente no nombra a ningún Padre, solamente al que tiene un profundo sentido cenobítico: que él llama nuestro Padre san Basilio”


 


 Este hermoso capítulo con que concluye la Regla nos permite una reprovisión de conjunto sobre la forma como san Benito ve la vida monástica. En primer lugar el monje debe ser humano completo, equilibrado y feliz que desea vivir en plenitud. Es aquel que, oye decir a Dios: ¿Cuál es el hombre que ama la vida y desea ver día felices” y ha respondido “Yo” (Prol, 15-16). Y para llegar a ese fin tiene una norma segura en las Escrituras. El monje es también un hombre que, a través de las Escrituras, ha recibido la Revelación y el mensaje de Cristo, Es pues un Cristiano que debe encontrar en l Evangelio todas la enseñanzas de que tiene necesidad, y hacer de él su norma de vida. Este Evangelio lo ha recibido a través de la tradición de los Padres, y ha sido llamado por Dios a vivir su vida cristiana en una modalidad, o según un camino que la tradición ha llamado “monástico” Por eso encuentra en la Regla de Benito una interpretación del Evangelio, marcado por la sabiduría, y aplicado a un contexto cultural determinado. Necesita más allá de la Regla, y con la ayuda de la Regla, volver constantemente al Evangelio y, Como Benito lo hizo para su siglo, encontrar como encarnar la misma postura espiritual en el mundo de hoy. Ese es nuestro desafío continuo, como individuos, como comunidad, como Orden.

ARMAND VEILLEUX . O.C.S.O. Abad en Scourmont.

sábado, 8 de junio de 2013

LA VIRGEN MARIA EN LA REGLA DE SAN BENITO



La Regla de San Benito (RB), no menciona nunca a la Virgen, ni por alusión. Tampoco San Gregorio Magno la menciona en su libro de la Vida de San Benito. Esta Vida, más que una biografía, es un ícono o una radiografía de lo que hace a un Santo. Un siglo antes, la Iglesia había formulado el dogma de María como Madre de Dios (Concilio de Éfeso en 431). Concretamente, el término griego es “Theotokos” – literalmente “Paridora” de Dios, o sea, la que trajo a Dios al mundo. Es la época de los grandes dogmas cristológicos y trinitarios.
Sin embargo, San Gregorio Magno nos da una pista: se observa en la Vida de San Beni-to una interiorización progresiva. No se trata tanto de ver a Dios o a los Santos fuera, sino dentro de uno mismo; somos templo del Espíritu Santo.
Vemos que hay en nuestro medio mucha devoción a la Virgen, a veces exagerada y con abusos que rayan en lo supersticioso. Esto no lleva a ninguna parte. Para hacer un camino espiritual, se trata de imitar las actitudes de la Virgen, de relacionarnos con Dios como lo hizo ella. Sólo así podremos traer a Cristo al mundo que nos rodea.
Visto de esta manera, observamos que, si bien San Benito no menciona a la Virgen, las actitudes de ella están presentes en su Regla a los Monjes.
Comencemos con la Anunciación: este texto, por supuesto, es un esquema teológico donde se funden el esquema de la vocación y el de una misión. Pero en esta reflexión teológica del evangelista se refleja la experiencia de una joven, de su relación con Dios. Al anuncio que va a tener un hijo, sin concurso de varón, ella se llama a sí misma “es-clava del Señor”. “Esclava” es una palabra muy fuerte. En la antigüedad, los esclavos no tenían lo que llamaríamos hoy “derechos humanos”. Estaban a la merced de los ca-prichos y ocurrencias de sus dueños. Con esta actitud de total entrega en las manos de Dios nos da un ejemplo y nos indica un camino que ella llamaría más tarde en el Magní-ficat la “humillación de su esclava”.
San Benito escribe en su Regla todo un capítulo sobre la humildad (RB 7). En él se trata de vaciarse de todos los apegos, de desmantelar el egoísmo. Pero, la humildad no es un fin en sí mismo; es un camino de liberación de los apegos del ego, que nos capacita para amar. La meta es el amor. Dice: “Subidos, pues, todos estos escalones de la humildad, el monje llegará en seguida a ese amor de Dios que, siendo “per-fecto, expulsa el temor” (1 Jn 4,18). Por él, todo lo que antes cumplía por miedo, empezará a hacerlo sin esfuerzo, como algo natural y habitual, no ya por temor al infierno sino por amor a Cristo, por la misma buena costumbre y el gozo de la virtud” (RB 7,68-69). Y, donde está el amor, allí está Dios. La humildad nos capacita para traer a Dios al mundo, para aceptar la presencia y acción de Dios en nuestras vidas.
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1,35): también San Benito insiste al final del capítulo sobre la humildad (RB 7,70) en que “Todo lo cual se dignará el Señor manifes-tarlo por el Espíritu Santo a su obrero, ya purificado de vicios y pecados”.
Como todo es obra y gracia de Dios, María puede decir: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc 1,46). Así mismo, San Benito insiste en que todo se haga para la gloria de Dios. “Lo bueno que veas en ti atribúyeselo a Dios y no a ti; lo malo, en cambio, sabe que es obra tuya e impútatelo a ti mismo” (RB 4,42-43). “Para que en todas las cosas Dios sea glorificado” (RB 57,9). Ya en el prólogo se dirige a los que, “reconociendo que todo lo bueno que hay en ellos no es obra de sí mismos sino del Señor, lo glorifican diciéndole con el Profeta: ‘No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria’ (Sal 113B,1). Igual que el Apóstol Pablo no se atribuyó nada de su predicación al decir: ‘Por la gracia de Dios soy lo que soy’ (lCor 15,10), y ‘El que se gloríe, gloríese en el Señor’ (2Cor 10,17)” (RB Prol 29-32).
“María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). En la RB todo está organizado de tal manera para que se facilite la “meditatio”, es decir la “ru-mia”, el darle vueltas a algo en el corazón, para asimilarlo, para dejarse empapar por ello: liturgia, lectio, lectura de mesa, lectura del capítulo. El monje se expone día y noche a la Palabra, para dejarse transformar por ella. Eso es para fijar nuestro corazón en Dios.
“Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). Desde su experiencia María puede invitar a otros a poner su confianza en Dios, en su Hijo. Ella no atrae hacia sí misma, sino que nos remite a Cristo. RB insiste mucho en la obediencia. Ésta no es tanto una esclavitud, sino una liberación de la esclavitud de nuestros caprichos y vicios, para que Dios se pueda mani-festar en nuestra vida con todo su poder. San Benito quiere que el monje llegue a ser un instrumento en las manos de Dios. La obediencia al abad es sólo la piedra de toque para ver la calidad de la obediencia a Dios.
El hecho de la presencia de María en la RB, sin que haya alusión o mención expresa de ella, nos invita a repensar nuestra devoción a la Virgen. ¿La vemos solamente como alguien a quien podemos admirar e idealizar, o como la que nos consigue favores con Dios? O, por el contrario, ¿estamos dispuestos a dejarnos interpelar por su última palabra que nos fue transmitida: “hagan lo que Él les diga”? En el contexto de la misión continental, éste será uno de los desafíos si queremos que Cristo se manifieste entre nosotros con claridad.
P. Beda Hornung, o.s.b.

Charla dada en la IX reunión de vida monástica y contemplativa de Venezuela, realizada en nuestro monasterio.
fuente:  http://trapense.com.ve/wp/?p=262

jueves, 28 de marzo de 2013

SAN BENITO Y LA PASCUA



San Benito subraya que la Cuaresma es el tiempo de la esperanza de la Resurrección y así toda nuestra vida para él es una Cuaresma. Si embargo, en este periodo cuaresmal, debemos tener una disciplina especial y hacer renuncias para prepararnos a la Pascua.

San Benito da la indicación de que el monje se someta al abad para despojarse de todo tipo de orgullo o de autocomplacencia, para prepararse al Señor y no encerrarse en sí mismo. De este modo, este periodo del año nos hace entrar más bien en una dimensión espiritual, y no tanto ascética en sentido estricto.
Para san Benito hay tres elementos: oración, estudio, trabajo manual. Conozco muchas personas que se reservan tiempo al inicio de la jornada para reflexionar sobre cómo seguir adelante y luego al final de la jornada para verificar cómo les ha ido. Es un modo de ponerse ante Dios más importante incluso que la recitación de cualquier oración.

Para los  benedictinos, la oración, el trabajo y el estudio forman el equilibrio de nuestra jornada: también en la sociedad hace falta un equilibrio, algo que no es fácil. Responde a la exigencia de poner a Dios en el centro. Pero hay más: el tiempo para Dios es un tiempo que nos regalamos a nosotros mismos. La oración más que un grito que lanzamos a Dios es estar con Dios, un regalo que nos hacemos a nosotros mismos.


La actitud que nos pide San Benito en tiempo de cuaresma: esperar la pascua con ansia de espiritual alegría (RB 49, 7). Esa es la espiritualidad de la primitiva comunidad cristiana que, no teniendo cuaresma, celebraba el triduo pascual como una espera anhelante del Señor que marchó y prometió volver (viernes santo - vigilia de resurrección).

sábado, 16 de marzo de 2013

RECEPCIÓN DE LOS HUÉSPEDES. (Cap. 53) REGLA DE SAN BENITO


Todos los grandes comentaristas de la Regla señalan que este capítulo, relativamente breve, se divide en dos partes. La primera más antigua y más teológica, describe el espíritu con que se debe practicar la hospitalidad, sus forma principales. Benito agrega, sin duda al fin de su vida, una segunda parte apoyada en la experiencia de los años, y que responde sobretodo a la preocupación de preservar la atmósfera de la vida comunitaria cuando los huéspedes se presentan numerosos en el monasterio y a veces a horas inconvenientes.

El primer párrafo enuncia el principio teológico y espiritual que orientará todo el capítulo: “Todos los huéspedes que lleguen serán recibidos como a Cristo, pues él dirá un día: Yo he sido huésped vuestro y vosotros me recibisteis. Este principio se basa directamente o indirectamente sobre varios textos tanto del Antiguo Testamento, como del Evangelio, y es una llamada a una mirada de fe.
El primer texto bíblico que viene al espíritu es evidentemente el ejemplo de hospitalidad dada por Abrahám que, acogió con Egipto, que les impulsa a tratar a los extranjeros como a uno de ellos y a una hospitalidad exquisita a tres viajeros desconocidos, recibió en realidad la visita del Señor y La Promesa de una posteridad (escena que Rublev ha inmortalizado en su icono de la Trinidad). Siguiendo la Ley de Israel, recuerda a los judíos que han sido recibidos en Egipto, los llama a tratar al extranjero como a uno de ellos y a amarlos como a ellos mismos. La ley les invita por otra parte a proteger de una forma especial a los débiles y a los pequeños.
En el Evangelio, el texto que constituye la clave de bóveda de la enseñanza de Jesús sobre la hospitalidad, se encuentra en el capítulo 25 de Mateo, donde Jesús se identifica con los pequeños, los pobres, los perseguidos. “Yo era extranjero y me y me habéis acogido…” Esta son palabras de Jesús por la que Benito comienza este capítulo.
Establecida así esta visión de fe, se comprende mejor el ritual litúrgico que Benito establece para la recepción de los huéspedes. Estas acciones deben ser practicadas “sobre todo con los hermanos en la fe y los peregrinos”, este “sobre todo” implica que a todos los otros también se les han de ofrecer. Este ritual consiste en venir expresamente a encontrar a los que llegan, orar con ellos y después darles el beso de paz. Enseguida se postrarán para adorar a Cristo e n ellos, y se les invitará a orar. Después de todo esto se lee la Palabra de Dios, ya que van a partir el pan, una vez que el abad y todos los hermanos, laven los pies y las manos de todos los huéspedes.
Benito termina esta primera sección diciendo que se debe tener un cuidado particular al recibir a los pobres y a los peregrinos, pues en ellos más que en otros, es Cristo a quien se recibe. Estos son los que en efecto, Cristo ha escogido para identificarse de una forma particular.
Podemos dejar de momento la segunda parte de este capítulo que se preocupa sobre todo de la forma de organizar el trabajo de la cocina y hospedería y de procurar que el gran número de huéspedes que se presentan no turben la vida de la comunidad.
Nuestras Constituciones (Cons. 30) resumen toda la materia de este capítulo de Benito sobre la recepción de los huéspedes, insistiendo (ST.30.A) sobre la ayuda que la comunidad debe dar a “los que vienen al Monasterio para buscar la profundización en su vida de oración”. Es un hecho que, aún en los paises más descristianizados, y aún donde las vocaciones a la vida monástica son muy raras, son sin embargo muy numerosas las personas que buscan en los monasterios lugares donde encontrar a Dios y encontrarse ellos mismos.
En la Iglesia y la sociedad de hoy las hospedería de los Monasterios son como “lugares neutros” donde las persona de todas las clases sociales, de todas las tendencias políticas o religiosas, en todas las situaciones profesionales o o matrimoniales, pueden sentirse en su casa y saberse aceptadas.
Ciertos monasterios como Taizé, pueden tener una vocación especial como la de organizar grandes encuentros de jóvenes. También a una comunidad le es posible recibir una vez u otra un gran grupo con una preocupación pastoral muy definida como el Camino de san Benito, que recibimos hoy aquí. Pero la vocación más común de nuestras hospederías monásticas es el ser sencillamente lugares de paz, donde pueden retirarse cuando se les ocurra todos los que tienen necesidad de un contexto de oración, soledad y tranquilidad para encontrar a Dios o también para curar heridas espirituales o psicológicas. Si estas hospederías están abiertas a los hermanos y hermanas en la fe, lo están también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Las audiencias concedidas a nuestros Capítulos Generales, por los últimos Papas, Pablo VI y Juan Pablo II en particular, nos han recordado a esta dimensión de nuestra vocación cisterciense. Así la carta a la Familia Cisterciense, de 1988, Juan Pablo II escribía:
Para numerosas personas,, puede expresar interrogantes espirituales esenciales y profundizar en la gracia en la gracia con la acogida que se les propone en los monasterios. Una comunidad fraterna de fe permite percibir un punto de estabilidad en una sociedad donde las referencias más fundamentales han desaparecido, sobre todo para los mäs jóvenes. Hijos e hijas de Citeaux, la Iglesia espera de vosotros que vuestros monasterios sean entre los hombres de hoy, según vuestra propia cocción, Un signo elocuente de comunión un lugar de acogida para los que buscan a Dios y las realidades espirituales, escuelas de fe y verdaderos centros de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de diálogo interreligiosa***(Vita consecrata, n.6).
La última frase del texto de Juan Pablo II que acabo d citar está tomada de la Instrucción Apostólica post-sinodal sobre la Vida Consagrada. Desea que nuestros Monasterios sean no solamente escuelas de fe y de oración, sino también centros de estudios, de diálogo y de cultura para edificación de la vida eclesial en esta vida de la ciudad terrestre, en espera de la ciudad celeste (eterna).
Esta llamada al diálogo -un diálogo abierto a todas las culturas, a todas las tendencias y a todas las religiones -es una constante de las del pontificado de Juan Pablo II. Es evidente a vista de esta actitud abierta y constante de diálogo del Santo Padre, como hay que leer esos documentos, como por ejemplo la Declaración reciente de la Congregación para la Doctrina e la Fe Dominus Jesus que recuerda sin duda la Doctrina del Concilio y la enseñanza constante del Papa, en la medida, donde parece, por su sentido que da un frenazo al Diálogo Ecuménico e interreligioso, debe verse como un accidente de trayecto. Pablo VI y Juan Pablo II los sostuvieron varias dudas invitando a los monjes a asumir una misión de primer plano en el diálogo interreligioso (en el que nuestro Padre Bernardo ha jugado siempre una misión muy apreciada por su apertura unida a un gran equilibrio doctrinal).
Ya he mencionado en otra parte como el Santo Padre en la misma cata a la Familia Cistercienses, y precisamente en el contexto que habla de la hospitalidad, nos exhorta a una nueva forma de hospitalidad permitiendo a los laicos participar en ciertos aspectos de nuestra vida y también en nuestro carisma espiritual cisterciense.
Yo os animo también, según las circunstancias, a discernir con prudencia y sentido profético la participación en vuestra familia espiritual de fieles laicos, bajo la forma de “miembros asociados”, o bien, según las necesidades actuales en algunos contextos culturales , bajo la forma de una participación temporal de vida comunitaria ( Vita consecrata, nº 56.)y un compromiso en la contemplación, con la condición de que la identidad de vuestra propia vida monástica no sufra detrimento.
El carisma que hemos recibido no nos pertenece. Como todo carisma pertenece a la Iglesia, es decir, al conjunto del Pueblo de Dios. Nosotros somos los depositarios y guardianes. Y tenemos también la obligación de compartirlo.

jueves, 14 de marzo de 2013

LA ORACION EN LA REGLA DE SAN BENITO



La oración debe incluirse en un tiempo y en un espacio concreto, dentro de la propia rutina diaria, buscando un momento especial dentro del quehacer diario. Si orientamos nuestra vida hacia una espiritualidad, y una vida " monástica" aun perteneciendo al mundo, y siguiendo a San Benito, necesitamos entender ls connotaciones que lleva consigo.
La oración es una llamada  al Espíritu Santo, que otorgue equilibrio y paz interior a nuestra vida y ruitna diaria.

 

sábado, 9 de febrero de 2013

SAN BENITO Y LA CUARESMA

San Benito y la Cuaresma








Capítulo 49

Ofrezca a Dios algo extraordinario.

Aunque la vida del monje debería seguir en todo tiempo una observancia cuaresmal,  no obstante, como son pocos los que tienen semejante virtud, recomendamos que durante la cuaresma todos guarden la mayor pureza de vida,  y eviten en estos santos días las flaquezas de otros tiempos. Esto se logra dignamente si nos abstenemos de todo vicio y nos dedicamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia.  Por tanto, en estos días debemos añadir algo a la tarea habitual de nuestra servidumbre, oraciones especiales, abstinencia en la comida y bebida,  para que, cada uno por propia voluntad, ofrezca a Dios algo extraordinario en la alegría del Espíritu Santo.  Es decir, prive a su cuerpo de algo de comida, bebida, sueño, conversación y bromas y espere la santa Pascua con la alegría de un deseo espiritual. Pero lo que cada uno ofrece propóngaselo a su abad, y hágalo con su oración y aprobación,  porque lo que se hace sin el permiso del padre espiritual se tendrá por presunción, vanagloria, no digno de recompensa.  Por tanto háganse todas las cosas con autorización del abad.


San Benito no se refiere a la Cuaresma para toda la Iglesia sino para la porción que él gobierna y que debe llevar una vida cristiana perfecta. La preocupación de los catecúmenos no se manifiesta en su exposición. En su época además, los bautismos de niños eran los más numerosos y, sobre todo, la vida monástica que él instituía no comportaba por sí misma una tendencia apostólica como tal. Por eso el acento recae en la ascesis o más exactamente en un tiempo fuerte de esta ascesis que debería ejercitarse durante todo el año. En consecuencia, su técnica mirará mucho más a completar lo que ya se hace habitualmente y a realizarlo con una mayor calidad, que a imaginar prácticas nuevas. La simple lectura indica cuál era la jerarquía de valores en la vida monástica instituida por San Benito, heredero de los Padres del desierto y de los Legisladores monásticos como Casiano, Pacomio y Basilio.Para San Benito, como para los Padres, como para la liturgia, la mortificación de la Cuaresma se inscribe en una tensión hacia el día de la resurrección del Señor. La ascesis no puede tener más que un sentido: una liberación, no un menosprecio del cuerpo sino dentro de un recobrado equilibrio, una liberación en orden a una entrada total en la "gran liberación" que es la Pascua del Señor. Una muerte con Cristo para resucitar con él. Mientras el hombre vive en su envoltura mortal, deberá siempre trabajar por asegurar en sí mismo un equilibrio. Este no puede mantenerse sin una técnica de ascesis que hay que consolidar a veces mediante algunas exigencias más particulares. Pero el verdadero y único motivo de la tensión que el cristiano debe mantener en sí mismo, es el de encontrarse dispuesto para la Pascua y su complemento futuro: la vuelta del Señor. Por eso habla San Benito de "la gozosa espera del día santo de Pascua". Una ascesis centrada sobre sí misma no podría, sin hipocresía, pretender una auténtica alegría, salvo tal vez la amarga y pasajera de un orgullo de autodominio satisfecho. Sólo la espera de la Pascua, de la liberación del hombre y del mundo que significa, puede proporcionar una verdadera alegría -la alegría del Espíritu Santo de que habla San Benito- en medio mismo de la dura y desafiante espera de esta vida.


Juan Casiano (365-435) fue un monje y sacerdote, oriundo de la actual Rumanía, que visitó la floreciente vida monástica del Egipto cristiano al comienzo del siglo V. De allí, marchó a la Galia, fundando en Marsella el Monasterio de San Víctor. En sus dos obras, las Colaciones y las Instituciones, dejó constancia de la tradición monástica que había recibido en Egipto, siendo de importancia trascendental para el desarrollo del monacato en Europa.

Juan Casiano considera que la Cuaresma es algo que atañe solo a los laicos, pues estima que es propio de los monjes vivir en perpetua tensión espiritual. Sin embargo, san Benito, cien años después, consciente de que los monjes también son débiles y pecadores, instituye la Cuaresma como un tiempo de especial esfuerzo espiritual, durante el cual, los monjes deben tratar de vivir más intensamente su consagración cristiana y monástica.

San Benito no especifica taxativamente cómo debemos vivir la Cuaresma; sugiere más oración, menos esparcimiento, y más concentración en el gran misterio de la Pascua, que está a punto de llegar.

En la imagen, tomada en el que fuera célebre Monasterio de San Pedro de los Montes, vemos a San Benito orando ante el Señor crucificado. Que, por su intercesión, este camino cuaresmal nos conduzca por la Cruz hasta la Luz de la Pascua.

domingo, 28 de octubre de 2012

ESPIRITUALIDAD BENEDICTINA

 La espiritualidad benedictina es la espiritualidad del siglo XXI.

La espiritualidad benedictina es la espiritualidad del siglo XXI, porque aborda los problemas que afrontamos hoy: servicio, relaciones, autoridad, comunidad, equilibrio, trabajo, sencillez, oración y desarrollo espiritual psicológico.  Su importancia radica en que la espiritualidad benedictina ofrece más un modo de vida y una actitud mental que un conjunto de prescripciones religiosas. Después de todo al modo de vida benedictino se le atribuye la salvación de la Europa cristiana de los estragos de la Edad  Media. Y en una época que tiende de nuevo a la autodestrucción, al mundo puede interesarle preguntar cómo lo hizo.

             La Regla benedictina no es un tratado de teología sistemática. Su lógica es la lógica de la vida cotidiana vivida en Cristo y vivida como es debido.
             Algunos apuntes históricos sobre Benito.-
             Benito de Nursia nació el año 480. Cuando era estudiante en Roma, se cansó de la decadente cultura circundante y se marchó a vivir una vida espiritual sencilla como ermitaño en la campiña de Subiaco, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. No mucho tiempo después, sin embargo, fue descubierto tanto por los habitantes de la zona como es por algunos discípulos que también buscaban  un modo  de  vida más lleno de sentido. De estas relaciones brotó la vida monástica que, posteriormente, abarcaría toda Europa. En nuestros días hay más de catorce mil comunidades de hombres y mujeres benedictinos y cistercienses que viven bajo ésta regla. 
             Además de los monjes y monjas profesos que siguen el modo de benedictino, hay innumerables laicos del mundo entero que encuentran también en la regla una guía y un fundamento para su propia vida en medio de un mundo caótico y cuestionador.
     Comentario espiritual sobre un breve texto extraído del Prólogo de su Regla. 
Y el Señor, que busca a su obrero entre la muchedumbre del pueblo al que dirige esta llamada, dice de nuevo: <<¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?» (Sal 34,13). Si tú, al oírlo, respondes «Yo», Dios te dice: «Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela» (Sal 34,14-15). Y si hacéis esto, «pondré mis ojos sobre vosotros, y mis oídos oirán vuestras preces, y antes de que me invoquéis» diré: «Aquí estoy» (Is 58,9). ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo el Señor nos muestra piadosamente el camino de la vida. Ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras y sigamos sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su reino a «Aquel que nos llamó a su eterna presencia» (1 Tes 2,12).  
           Para Benito, según se ve, la vida espiritual no es una colección de prácticas ascéticas, sino un modo de estar en el mundo abierto a Dios y a los demás. Luchamos, como es natural, con tentaciones de separar ambas cosas. Es tan fácil decirnos que dejamos a un lado las necesidades de los demás porque estamos atendiendo las necesidades de Dios... Es tan fácil ir a la iglesia en lugar de a casa de un amigo cuya depresión nos deprime... Es tan fácil preferir el silencio a las exigencias de los hijos... Es mucho más fácil leer un libro de religión que escuchar al marido hablar de su trabajo o a la mujer de su soledad. Es mucho más fácil practicar la religión privatizada de las oraciones y las penitencias que pasar por tontos por culpa de la religión cristiana de la visión global y la paz. Sin embargo, en lo profundo de sí mismas todas las tradiciones espirituales, rechazan esas racionalizaciones: «¿Hay vida después de la muerte?», preguntó en una ocasión un discípulo a un venerable maestro. Y éste contestó: «La gran pregunta espiritual de la vida no es si hay vida después de la muerte. La gran pregunta espiritual es si hay vida antes de la muerte». Benito, obviamente, cree que la vida vivida plenamente es vida vivida en dos planos: atención a Dios y al bien de los demás. 
           Piadosos –dice este párrafo- son quienes nunca hablan destructivamente de otra persona–por ira, rencor o venganza– y quienes aportan un corazón abierto a un mundo cerrado y desgarrador.Los piadosos saben cuándo el mundo en que viven les sitúa en una resbaladiza pendiente muy distante del bien, la verdad y lo santo, y se niegan a tomar parte en ese declinante proceso. Y, lo que es más digno de mención, se aprestan a contrarrestarlo. No basta, da a entender Benito, con limitarse a distanciarse del mal. No basta, por ejemplo, con negarse a difamar a los demás, sino que debemos reparar su reputación; no basta con desaprobar los residuos tóxicos, sino que debemos actuar para salvar el planeta; no basta con preocuparse por los pobres, sino que debemos actuar para impedir la pobreza. Debemos ser personas que aportan creación a la vida: «Si hacéis esto -nos recuerda la regla-, "pondré mis ojos sobre vosotros, y mis oídos oirán vuestras preces"». Si hacéis esto, estaréis en presencia de Dios.            Finalmente, en lo que concierne a Benito, la vida espiritual depende de que seamos unos pacificadores pacíficos.
            La agitación elimina de nosotros la conciencia de Dios. Cuando nos motiva la agitación, cuando nos consume" la inquietud, nos sumimos en nuestros planes personales que tienen tendencia a ser siempre desproporcionados. Nos vemos atrapados en cosas que, bien analizadas, sencillamente carecen de importancia, son pasajeras y tienen que ver con vivir cómodamente en lugar de vivir como es debido. Perdemos los nervios porque los niños gritan o las máquinas se estropean o los semáforos duran demasiado. Perdemos el contacto con el centro de las cosas.
            Al mismo tiempo, la tranquilidad pasiva no es el propósito de la vida benedictina. Esta espiritualidad llama a ser amables y dejar una estela de no violencia. Resulta sorprendente que un documento del siglo VI adoptara tal postura en un mundo violento.
            En esta regla de vida sencillamente se ignora la violencia. La violencia no funciona. Ni la violencia política, ni la violencia social, ni la violencia física, ni siquiera la violencia que nos hacemos a nosotros mismos en nombre de la religión. Las guerras no han funcionado, ni tampoco el clasismo ni el fanatismo. El benedictismo, por otro lado, sencillamente no tiene como propósito doblegar, al cuerpo ni vencer al mundo, sino que se dispone, sencillamente, a sosegar un universo permeado por la violencia siendo una pacífica voz por la paz en un mundo que piensa que todo —las relaciones internacionales, la educación de los niños, el desarrollo económico e incluso todo en la vida espiritual- se lleva a cabo por la fuerza,
                        El benedictismo es una llamada a vivir en el mundo, no sólo sin alzar las armas contra los demás, sino haciendo el bien. El pasaje implica claramente que quienes hacen de la creación de Dios su enemigo sencillamente no «merecen ver en su reino a "Aquel que nos llamó a su eterna presencia"». .
   Reflexiones extraídas del libro: La Regla De  San Benito. Vocación  de Eternidad. JOAN CHITTISTER, O.S.B.
 (texto integro web oficial del Monasterio de Santa Maria de Las Escalonias: http://www.monasterioescalonias.org/reflexion-semanal/370-la-espiritualidad-benedictina-es-la-espiritualidad-del-siglo-xxi.html)