miércoles, 7 de diciembre de 2016

MEDITACION: Templarios en el siglo XXI. ¿Por qué y para qué?

ORACIÓN: "Guía, Señor, mis pensamientos para que este escrito no constituya piedra de escándalo, ni de confusión, para quien lo lea". Amén.

Aproximación
La aproximación a la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalém se produce de muy diversas formas. Casi siempre el primer conocimiento, nominativamente hablando, se produce en torno a la figura de los Caballeros Templarios. Podríamos decir que se trata de  una vía épica de acercamiento a la Orden. Nos llaman la atención sus aspectos más externos, su historia real o legendaria,... Y aquí es donde empieza el problema porque las lagunas históricas, causadas unas veces por el propio devenir de las circunstancias y otras por la discrección característica de todos los monjes y de estos en particular, favorecen la carrera alocada de nuestra imaginación o, lo que es peor, la manipulación realizada con intereses espurios que, incluso, llegan a ser sectarios. Así las cosas, no es, como dicen algunos, que haya habido o haya un Temple secreto, es que resulta difícil discernir, entre tanto error, dónde está la verdad, la autenticidad y la buena intención.
Estas líneas obedecen a la experiencia, que de seguro no es única, de un aspirante a Pobre Caballero de Cristo. Le podríamos llamar por su nombre, pero esta história es generalizable y no tiene dueño o, mejor dicho, pertenece al Temple y por el Temple a Dios.

Primeros pasos, primeras trampas.

Cuando descubrimos el Temple por primera vez, resulta fácil enamorarse de él. Suele ser un "amor a primera vista". Es la primera trampa en la que muchos caemos.  Es frecuente que, con independencia de edades, nos sintamos atraidos por los aspectos más épicos de su historia pasada. Pero eso, o sirve para recuperar la verdadera historia de  la Orden, lo cual es interesante, aunque para ello no haga falta ser templario, o sirve para un entretenimiento tipo "novela de aventuras" con lo que solo conseguiremos evadirnos y probablemente separarnos de la verdad. 
Como consecuencia de este primer enfoque hay muchos que sienten la tentación de reinstaurar la Orden tal cual. Pero los anacronismos no suelen ser buenos porque nos  apartan de la realidad, siembran la confusión entre las personas y ademas no debemos olvidar que solo la Iglesia Católica tendría la potestad para ello, si hubiera una posibilidad, en Derecho Canónico, de contravenir la bula "Vox in Excelsis"
Hay incluso otro peligro aún mayor que el anterior y derivado, como una perversión, del mismo. Las lagunas documentales en la historia  del Temple son enormes. La discrección de estos monjes ha facilitado la aparición de leyendas de todo tipo. En esa maraña de errores, leyendas y falsedades, urdidas por intereses espurios, es muy fácil perderse. Lamentablemente, hay muchas personas bienintencionadas que terminan soñando con un Temple que, creo, nunca existió. Es posible, más bien probable, que los Pobres Caballeros de Cristo tubieran interés por conocer de primera mano la vida de Jesús, su entorno, hechos perdidos en el olvido,... En mi opinión y considerando que es un tema que puede llevar a muchos, como los está llevando, a la perdición, este camino debe recorrerse con muchísima prudencia y discrección. Tomemos un pequeño ejemplo. Hay algunos documentos, creo que auténticos, en los que se habla de Secretum Templi. Traducido literalmente sería Secreto del Templo, lo que en mi opinión, sería como un sello de confidencialidad, no más que cuando cualquier organización de hoy día pone "confidencial" en algún escrito, para advertir a los que lo leen, miembros de la propia organización, que no deben difundir su contenido. Es lógico que los monjes hicieran eso y que encriptaran sus escritos porque, no lo olvidemos, eran soldados en guerra. La confidencialidad era vital para sus batallas y su supervivencia. Pues bien, hay quien ha querido justificar con ello la existencia de un Temple Secreto, cosa que, de haber sido cierta, bien se habrían cuidado sus miembros de dar indicios siquiera de su existencia. Además, al amparo de esta hipótesis, se han desarrollado una serie de rituales de magia, demonología, etc., muy respetables, si con ello se acercaran a Dios, pero que, sinceramente, creo retirados del auténtico pensamiento templario.
Como podemos ver, es tal la confusión que hay en torno al Temple que resulta muy fácil desviarse del camino correcto. Hay numerosas trampas que encandilan las almas bienintencionadas pero carentes de conocimiento y poco prudentes. Esta dificultad, sin embargo, antes de amilanarnos, debe darnos ánimos, ya que tal es la fuerza espiritual del Temple, que sus enemigos, muchos y muchos camuflados, intentan evitar su crecimiento, axfisiarlo y eliminarlo por inanición. Ni más, ni menos que ocurre con el auténtico cristianismo. Se trata por tanto, de un auténtico "tesoro", confusamente deseado por muchos que sin embargo, frustrados porque no son capaces de alcanzarlo en su ceguera, desean evitar que otros lo consigan, sembrando confusión como si de un campo de minas se tratara.
Es necesario, por tanto, extremar la prudencia y actuar con sabiduría, recurriendo al consejo de los que creamos más sabios que nosotros y meditando, sobre todo meditando, todo esto en nuestro corazón. Recordemos como ejemplo y guía lo que dice el Evangelio: que la Virgen María “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”, referiendose a los acontecimientos en torno a su Hijo.

La misión primigenia del Temple ¿es válida hoy?

En su origen, los Templarios lo único que pretendían era proteger a los peregrinos que iban a Tierra Santa de los salteadores, de las razias musulmanas, de las fieras (recordemos como la Regla les prohibía la caza, salvo la del león),...
Esta actividad la extendieron a otras rutas de peregrinación, como el Camino de Santiago. Pero ¿qué significaba entonces una peregrinación?
Recurramos, por un momento al diccionario de la R.A.E. La primera acepción del verbo peregrinar es: Andar por tierras extrañas. Si generalizásemos esta expresión, podríamos asimilar "tierras extrañas" a este propio mundo, donde los hijos de Dios podemos sentirnos extraños y perdidos. El verbo "andar" sería asimilable a vivir. No parece que asimilar a todo humano a un peregrino sea algo descabellado e incoherente. Tan es así que el propio diccionario recuerda una tercera acepción: En algunas religiones, vivir entendiendo la vida como un camino que hay que recorrer para llegar a una vida futura en unión con Dios después de la muerte.
Tomemos, de momento, esta acepción. Huelga decir que este "peregrinar", que es la vida, está lleno de peligros, desde los puramente físicos a los más sutiles para la psique y el alma. Por tanto, no parece descabellado pensar que un grupo de personas se organicen de forma que ofrezcan esa protección a los que la necesiten y la demanden. La finalidad está clara: proteger y ayudar a quien, por sí mismo, no puede hacerlo. Esta Misión parece tan vigente hoy como ayer por lo que adoptarla como objetivo nuestro sigue pareciendo loable, igual que antaño.
Pero, ¿por qué actuar bajo el manto de una Orden suspendida ad divinum?
La respuesta podría ser, en principio y aparentemente, muy simple. Es una mera cuestión psicológica: se trata de buscar nuestra fortaleza mental en la recuperación del espíritu de una institución que durante dos siglos estuvo al servicio del hombre en su caminar en presencia de Dios.
Esto que acabamos de expresar de una forma, digamos, académica no es una cuestión baladí, ni un romanticismo dieciochesco trasnochado. Es algo mucho más profundo. Los Pobres Caballeros de Cristo tenían una "Fuerza" especial, algo que imprimía carácter, algo que es lo que yo llamaría el "tesoro del Temple" (nada material, por supuesto) que es lo que permitió que se convirtieran en soporte del cristianismo durante casi dos siglos, hasta su "suspensión". Llegamos así a una etapa de la historia del Temple que yo rechazo llamar desaparición, caída o término similar. Y es que, igual que nadie muere, como no sea en el plano puramente físico, el espíritu del Temple tampoco desapareció. Es ese espíritu, con su fuerza especial, el que hoy tendríamos que recuperar. En absoluto podemos tratar de recuperar la Orden en su aspecto más material. Eso, si llegara, tendría que ser de la mano del Papa: solo quien la creó y luego la dejó en suspenso, tiene la potestad de restaurarla. Y ello suponiendo que sea salvable la prescripción de la bula de suspensión que decía ser "una sanción irrefragable y legítima perpetuamente". Estamos hablando, lógicamente, de la Orden como institución. Nada impide que, con el mismo espíritu, asimilándonos a aquellos históricos templarios, asumamos su misma misión.

Causas de la suspensión de la Orden

Para empezar, analicemos las causas de la "caída" del Temple. Es muy fácil echar la culpa de nuestros errores sobre las espaldas de los demás. Decir que Felipe IV de Francia urdió una trama para acabar con el Temple con la aquiescencia de un Papa débil, Clemente V, es quedarnos en lo superficial y participar en el juego de quienes buscan en la ambigüedad, causada por lagunas históricas, el caldo de cultivo para desarrollar sus intereses. Intereses que tal vez sean bienintencionados, pero, cuando menos, aparentan ser mercantilistas, si no peores.
Cualquier organización humana es una comunidad de seres vivientes en un entorno cambiante. Esto quiere decir que se puede y se debe mantener el espíritu de la institución, pero los medios a utilizar, los métodos de trabajo y algunos aspectos formales, deben ajustarse a los nuevos tiempos. El objetivo primigenio y fundamentel del Temple era la ayuda y defensa del peregrino. Y para ello aportaban el conocimiento de sus artes: las artes de la guerra. Eran caballeros que habían recibido, antes de su ingreso en la Orden, desde una temprana edad, tan temprana que con ella no podían ser admitidos en la Comunidad,  una formación estricta en el manejo de las armas y nada más. Muy pocos de ellos tenían otra formación.
El riesgo de estar en este mundo es dejarse arrastrar por las corrientes que fluyen alrededor. A los reyes, primero de Jerusalém y luego del resto de Occidente, disponer en sus territorios de una fuerza armada "gratuita" para hacer frente a los musulmanes les suponía una ventaja a la que no estaban dispuestos a renunciar. Así, progresivamente, la modesta fuerza de apoyo al peregrino se convirtió en un potente ejército. Esto estuvo muy bien mientras fue estrictamente necesario, pero al rey Felipe, dejó de serle necesario. Es más, llegó a ser molesto el tener en Francia tan potente ejército con el que además tenía una cuantiosa deuda económica. De hecho fueron los manipulados tribunales franceses los únicos que condenaron a los Templarios.
El error templario estuvo en crecer  para prestar apoyo a los intereses de la defensa de los reinos cristianos, no por ambición, sino en el convencimiento de que era su obligación. Ello requería un soporte financiero que inicialmente no tenían. De ahí a convertirse en una potencia económica ambicionada por sus enemigos mediaron pocos años. De ahí a verse involucrada en la maraña mundana que hace perder el Norte, cuando no oscurece la razón, pasaron posiblemente no más de nueve años. Se convirtió en un imperio que, como todos los humanos, terminó cayendo.
Hoy
¿Por qué, entonces, nuestro interés en seguir sus pasos? ¿Por qué, si se equivocaron, no crear mejor una O.N.G. al uso de hoy? Y sobre todo ¿porqué no limitarnos a ser un grupo más de caridad o una asociación religiosa, la clásica Orden Tercera?
No podemos caer en el mismo error de tantas organizaciones neotemplarias que, de una u otra forma, quieren ser los herederos de una tradición templaria que previamente han desarrollado a partir de una historia llena de lagunas. No se trata de seguir sus pasos porque tropezaríamos en la misma piedra, sino de recuperar su espíritu primitivo y proyectarlo en nuestro tiempo. Se trata de resucitar el espíritu que animara a San Bernardo, en su Loa a la Nueva Caballería, a apoyar a estos nuevos monjes contra viento y marea. En este línea de trabajo, deberíamos preguntarnos por qué San Bernardo, un pensador tan potente, podía apoyar la fuerza bruta, la guerra,...El santo era conocedor de la realidad en que vivía y comprendía que sus monjes poseían una fuerza intelectual y moral muy grande, pero eso no era suficiente para enfrentarse a ese mundo que Jesús mismo había anunciado al decir a sus discípulos "os envío como corderos en medio de lobos". Resultaba inimaginable que estos monjes fueran capaces de defenderse a mandobles si llegaara la ocasión o defender a otros que lo precisaran. Tampoco era cuestión de formar un grupo de gente en un arte, el de la guerra, que él mismo no dominaba, porque carente de toda disciplina moral podía llegar a convertirse en una fuerza de avasallamiento del débil. La propuesta procedente de Tierra Santa le aportaba la solución: unos caballeros ejercitados casi exclusivamente en las artes marciales, con unos principios reconocidos que, aunque en el común de la caballería se había pervertido, persiguiendo beneficios y glorias mundanas, todavía constituía fuente de personas capaces de poner al servicio de los demás su habilidad con las armas y su propia vida. Esto es algo que en los rituales de ingreso al uso en las organizaciones neotemplarias se olvida. El aspirante a ingresar en el Temple debe haber sido armado caballero antes de que el capítulo de la Orden lo admita. No se trata de privilegios, ni de limitar el acceso a la Orden a un hipotético "estado noble", sino de asegurar que quien ingresa en la Orden, ha sido capaz de demostrar, ya en la vida ordinaria, que está dotado de las virtudes  necesarias para las batallas espirituales que tendrá que acometer como templario. Puede admitirse hoy día que el aspirante sea armado caballero en una primera sesión y luego se someta al ritual de aceptación por los hermanos. Pero confundir una cosa con otra, es no haber entendido el espíritu de los Pobres Caballeros de Cristo.
Resulta curioso y no sé si es fruto de la hipocresía o de la estulticia, que nadie se extrañe de ver como los monjes budistas se ejercitan en las artes marciales y que, sin embargo, se mofen de las ordenes de caballería, especialmente del Temple.
Repasemos, entonces, cuál era y cual debe ser nuestro motivo fundacional.
Para ello nada mejor que revisar la Regla Primitiva. Esa Regla de Vida que empezaba diciendo: "Nos dirigimos, en primer lugar, a todos aquellos quienes, con discernimiento, rechazan su propia voluntad y desean, de todo corazón servir a su Rey Soberano como caballeros y llevar, con supremo afán y permanentemente, la muy noble armadura de la obediencia (...)" El comienzo no puede ser más claro. Empieza exigiendo a los aspirantes a ingresar en la Orden:
I.                   Renuncia de sí mismo (de su voluntad) como suprema expresión de pobreza.
II.                 Deseo consciente y persistente (de todo corazón) de servir a Dios, único rey soberano por derecho propio.
III.              Una capacidad de obediencia que ha de ser extrema y permanente, en el convencimiento de que esa actitud les protegerá contra los enemigos de este mundo.

Estas tres potencias eran atributos por los que la caballería laica tradicional abogaba, pero a favor de un poder terreno que se suponia ejemplar. Lamentablemente, como dice la Regla,en su segundo artículo, no siempre mantenía su "amor por la justicia". Se trataba de rescatar de esa caballería a aquellos que intentaban mantener esa línea de actuación, pero que, con la solitaria fuerza de sus armas, no podían hacer nada frente a los poderosos. Curioso, pero no dice nada de los musulmanes, ¿para qué si tenían los mismos defectos o peores en su tierra?
Concretando: estamos tratando de recuperar una fortaleza de espiritu que el Temple terminó por perder con el paso de los años, arrastrado por las turbias aguas de los intereses de los poderes fácticos.
Este fortaleza espiritual es la que nos difereciará de una simple O.N.G., y lo digo desde el máximo respeto a estas organizaciones que realizan un encomiable trabajo.
Pero es que además, queremos ir más allá de la mera satisfacción de necesidades materiales. El espiritu caritativo cristiano no termina ahí. Este espiritu se pone en pie de guerra cuando oye la llamada desesperada del perseguido por la justicia, basada en una ley injusta; cuando un poderoso individual, comunal, societario o estatal arroya al débil, sin recursos adecuados para defenderse; cuando entes abstractos, tras los que se esconden intereses espurios, confunden a los pequeñuelos del mundo, sumiéndolos en un materialismo absurdo; cuando "movimientos" sociales o políticos manipulan las mentes indefensas; etc, etc.
Por todo eso es preciso recuperar el espíritu templario. Por todo eso y porque solo con el respaldo de nuestro Rey Soberano que lo es de todos los hombres, lo llamemos como lo queramos llamar, podremos ganar batallas, espirituales o materiales.
Solo me queda hacer un último apunte que no debemos perder de vista quienes, desde la Fé católica queremos recuperar el espíritu de los Pobres Caballeros de Cristo. Con él se entenderá por qué prefiero hablar de Pobres Caballeros de Cristo antes que de templarios.Establece la antes citada bula de suspensión de la Orden que prohibe "expresamente a cuelesquiera que sea entrar de ahí en adelante en dicha Orden, recibir o llevar su hábito, ni hacerse reconocer por Templario, y a quien contraviniere incurrirá ipso facto en la sentencia de excomunión." Creo no equivocarme al asegurar que en todo el texto de la bula se habla del Temple y de los templarios, pero no de su denominación oficial como Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalém. De alguna forma, que no puedo asegurar fuera intencionada, parece como si el Papa Clemente V hubiera querido suspender la Orden, pero no su espíritu.


Non Nobis, Domine, non nobis sed Nomini Tuo da Gloriam






Fernando  Vázquez Brea -Novicio+

martes, 16 de diciembre de 2014

CRISTO ES LA LUZ

 
Cristo es la Luz ¿Qué significa la luz? La luz ilumina el mundo para que el hombre pueda ver y orientarse. Ilumina los caminos de la vida y pueden por eso ser recorridos. Es la claridad en la que el hombre puede orientarse. Pero toda luz terrestre es amenazada por las tinieblas y termina por ser ahogada en ellas. Por muy radiante que amanezca el so...l sobre la tierra y por mucho que bañe en su luz todas las cosas, siempre se pone y el mundo se hunde en sombras y oscuridad. El sol terrenal sólo vence a las sombras por unas horas; incluso en esas horas no del todo. Su claridad, por más brillante que sea, siempre es una mezcla de luz y sombras. Pero lo que ninguna luz terrestre puede iluminar es la tiniebla del espíritu y del corazón humanos. La luz que el hombre ansía en lo más íntimo, no se encuentra en este mundo. El hombre anhela el esclarecimiento de la existencia, la interpretación de la vida, la solución de todos los enigmas, la respuesta a esas preguntas que siempre le queman: "¿Por qué? ¿Para qué?..." Anhela, en fin, una existencia clarificada. La claridad le podría llevar a liberarse de la opresión y la angustia, sobre todo de la angustia de que se le haya perdido el sentido de la existencia, de que quizá no le tenga. Sólo la vida iluminada y clara sería verdadera vida: vida en la alegría y felicidad, en la paz y en la salud. Quien pudiera darle la luz le daría la vida verdadera. Sin luz que ilumine la existencia, la vida es insegura y angustiosa, abandonada y paralítica.
En la tiniebla humana, Cristo grita: "Yo soy la luz del mundo." El es la verdadera y auténtica luz de la que no son más que símbolos todas las luces humanas. La luz terrenal sólo logra imperfectamente lo que Cristo hace. El es la luz, a cuyo brillo se esclarece la gloria de Dios y el sentido del mundo y que brilla desde el principio de la creación. Los hombres habrían podido verse a esta luz siempre auténticamente, es decir, como criaturas; habrían estado siempre iluminados por la luz de Dios y habrían tenido la posibilidad de entenderse a sí mismos correctamente. El mundo era para ellos revelación de Dios. Pero se cerraron a esa revelación y por eso perdieron la visión auténtica del mundo y de sí mismos. Cayeron en la locura de la autonomía, en la tiniebla, y ya no volvieron a entenderse, porque no se veían ni querían verse como criaturas de Dios; perdieron el camino y no lo volvieron a encontrar; por eso andaban errabundos y a tientas. En esa obcecación se robaron a sí mismos la verdadera vida libre y alegre. Las tinieblas y la muerte se hicieron sus vecinas. Representante y señor de la humanidad caída en las tinieblas es Satán. Matando el verdadero saber sobre sí mismos, mata en ellos la vida verdadera; es, por tanto, criminal y engañador.
CIEGO: Desde la Encarnación, la Luz brilla en las tinieblas. Cristo es quien trae la luz a las tinieblas de la historia humana. La curación del ciego de nacimiento es un símbolo de esto; en ese milagro no debemos ver sólo una ayuda momentánea que Cristo presta misericordiosamente a un hombre; si sólo tuviera ese sentido, sería un episodio insignificante en un mundo en que viven miles y millones de ciegos sin encontrar quien les cure; pero tiene gran importancia; en ese milagro se hace patente la función de Cristo ante la Historia y ante los mismos individuos. Cristo ilumina la vida humana de forma que sentimos que somos nosotros mismos; porque en Cristo logra el hombre la verdadera y clara mirada sobre sí mismo. En El se reconoce como criatura, como abandonado y, a la vez, como redimido. En El se ve como debe ser visto desde Dios, y logra así la verdadera medida y norma de su vida; pues Cristo le enseña a medirse y valorarse conforme a Dios, Cristo le lleva, pues, a la verdadera conciencia de sí mismo; toda otra conciencia es una ilusión. Sólo los iluminados por Cristo ven de veras: todo lo demás son pasiones y fantasías. Fantasean de superhombres, de hombres divinos, de paraíso terrestre. Sólo Cristo da un saber verdadero sobre la vida y el mundo. Quien ve el mundo a la luz de Cristo no se hace de los hombres ilusiones y esperanzas que no puedan ser cumplidas en la Historia; no cuenta con el progreso eterno, con una curva siempre ascendente de bienestar y armonía. Ve al mundo y al hombre con claridad y sin ilusiones, y sin embargo no es escéptico. Al ver los pecados y escombros de la tierra no cae en la desilusión o se resigna o desespera de forma que sólo pueda librarse por la diversión y distracción; para él ilumina Cristo con sus palabras de amor una nueva realidad, en la que el hombre puede poner su esperanza última e incondicional: esa realidad es el amor de Dios, que el hombre a la luz de Cristo ve destacarse en todas las sombras y tinieblas terrestres, en los peligros y amenazas de esta vida, en todas las traiciones y bajezas humanas, en las ruinas y catástrofes de la Historia. Sabe por eso hacia dónde debe volverse para transformarse amando a los hombres y a las cosas del mundo.La iluminación de Cristo no es un fenómeno natural como la del sol, sino que es espiritual. Cristo es la Luz y el portador de la Luz por ser el Revelador. El hombre es, pues, responsable de oír y aceptar la Revelación. Puede cerrarse a ella con orgullo; el orgullo prefiere las tinieblas a la luz. No quiere reconocerse como criatura y se obceca en su orgullo, al precio de dejar sin resolver los enigmas de la vida y sin contestar las eternas cuestiones del por qué y para qué, al precio, pues, de una vida inauténtica, triste y esclava. El orgulloso y autónomo prefiere vivir en la noche y desesperación a vivir en la luz y la alegría, porque esto sólo puede alcanzarlo sometiéndose al Revelador. El desesperado, sea clara o confusa su desesperación, es responsable de ella: es culpable (Cfr. Eranos-Jahrbuch, 10, 1943. Tema general: "Cultos antiguos al sol y simbolismo de la luz en la Gnosis y en el Cristianismo antiguo"). El que se deja iluminar por Cristo, Revelador, logra la verdadera Vida.

TEOLOGIA DOGMATICA III DIOS REDENTOR
RIALP. MADRID 1959.Pág. 270-280



 

jueves, 4 de septiembre de 2014

EXHORTACIÓN A LA CONSTANCIA EN MEDIO DE LA FATIGA Y LA PERSECUCIÓN

De la segunda carta a Timoteo 2, 1-21


Tú, hijo mío, cobra fuerzas de la gracia de Cristo Jesús; y lo que de mis labios has aprendido, con la confirmación de tantos testigos, encomiéndalo a tu vez a hombres fieles que sean capaces de enseñar a otros.

Como buen soldado de Cristo Jesús, entra valerosamente a tomar parte en el esfuerzo común. El soldado que se alista para la guerra no se enreda en las ocupaciones materiales de la vida diaria, si quiere agradar al que lo reclutó; el atleta que toma parte en el concurso no recibe la corona si no lucha según el reglamento; y el labrador que trabaja y se fatiga es el primero que tiene derecho a la recolección de los frutos. Entiende bien lo que quiero decirte, pues ya hará el Señor que lo comprendas todo.

Acuérdate de Cristo Jesús, del linaje de David, que vive resucitado de entre los muertos. Éste es el Evangelio que anuncio y por él sufro hasta llevar cadenas como un criminal; pero el mensaje de Dios no está encadenado. Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que da Cristo con la gloria eterna.

Verdadera es la sentencia que dice: Si hemos muerto con él, viviremos también con él. Si tenemos constancia en el sufrir, reinaremos también con él; si rehusamos reconocerle, también él nos rechazará; si le somos infieles, él permanece fiel; no puede él desmentirse a sí mismo.

Esto has de enseñar, conjurándoles ante Dios a que eviten las discusiones de palabras, que no sirven para nada, si no es para perdición de los oyentes. Procura con toda diligencia presentarte al servicio de Dios de modo que merezcas su aprobación, como obrero que no tiene por qué avergonzarse, y va dispensando sabiamente la palabra de la verdad. Evita las supersticiosas y vanas discusiones, porque no conducen a otra cosa sino a un mayor apartamiento de Dios, y sus opiniones se extenderán como la gangrena. Entre ellos están Himeneo y Fileto, que se han desviado de la verdad al afirmar que la resurrección ya ha sucedido; y así pervierten la fe de algunos.

Sin embargo, el sólido fundamento puesto por Dios permanece firme, marcado con esta inscripción: «El Señor conoce a los que son suyos»; y con esta otra: «Que se aparte de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor.» En una casa grande, hay objetos no sólo de oro y plata, sino también de madera y de barro; y unos se destinan a usos honoríficos, otros a usos viles. Así, pues, quien no se contamina con estos errores será un objeto destinado a usos honoríficos, santificado, útil a su dueño, preparado para toda obra buena.



domingo, 13 de julio de 2014

CONOCERSE ASI MISMO



La crisis de la mitad de la vida nos coloca ante la exigencia del autoconocimiento que a la vez sería una ayuda para superar la crisis. La gracia de Dios que ha establecido en nuestra cabeza el hasta ahora actual edificio de pensar y de vivir, nos ofrece también la ocasión de conocernos a nosotros no sólo externamente sino en el fondo de nuestra alma, donde nuestro ser intimo está escondido.
El camino del autoconocimiento está, para Tauler, en la marcha al interior, la vuelta al propio fondo del alma. El conocimiento de sí mismo es por lo pronto doloroso porque descubre implacablemente lo que en el interior hay escindido de oscuridad y maldad, cobardía y falsedad.
Debemos dejarnos sacudir por el Espíritu de Dios para penetrar en nuestro fondo, para sumergirnos en nuestra propia verdad. Debemos tranquilamente dejar demoler nuestra autosatisfacción y autojustificación y entregarnos a la acción que Dios realiza en esta nuestra apretura:
«Querido: ¡Abísmate, abísmate en el fondo, en tu nada y deja caer sobre ti la torre (de la catedral de la autocomplacencia y de la autojustificación) con todos sus pisos! ¡Deja que vengan a ti todos los demonios que hay en el infierno! ¡Cielo y tierra con todas sus criaturas te servirán maravillosamente! ¡Abísmate solamente! Será para ti lo mejor.»
Es animoso lo que Tauler nos dice. Hasta los demonios del infierno se deben dejar venir con la confianza de que Dios nos conduce a través de la apretura.
El conocimiento de sí mismo lo pone en marcha el Espíritu Santo. Sin embargo, el hombre tiene que colaborar.

“La mitad de la vida como tarea espiritual. La crisis de los 40-50 años”
Escrito por Anselm Grün, Carlos (trad.) Castro Cubells, Anselm Grün

miércoles, 9 de julio de 2014

LA VIDA ESPIRITUAL SEGUN SAN BENITO




“Y el Señor, que busca a su obrero entre la muchedumbre del pueblo al que dirige esta llamada, dice de nuevo: « ¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?» (Sal 34,13). Si tú, al oírlo, respondes «Yo», Dios te dice: «Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela» (Sal 34,14¬15). Y si hacéis esto, «pondré mis ojos sobre vosotros, y mis oídos oirán vuestras preces, y antes de que me invoquéis» diré: «Aquí estoy» (Is 58,9). ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo el Señor nos muestra piadosamente el camino de la vida. Ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras y sigamos sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su reino a «Aquel que nos llamó a su eterna presencia» (1 Tes 2,12)”.
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Para Benito, según se ve, la vida espiritual no es una colección de prácticas ascéticas, sino un modo de estar en el mundo abierto a Dios y a los demás. Luchamos, como es natural, con tentaciones de separar ambas cosas. Es tan fácil decirnos que dejamos a un lado las necesidades de los demás porque estamos atendiendo las necesidades de Dios ... Es tan fácil ir a la iglesia en lugar de a casa de un amigo cuya depresión nos deprime.
Es tan fácil preferir el silencio a las exigencias de los hijos. Es mucho más fácil leer un libro de religión que escuchar al marido hablar de su trabajo o a la mujer de su soledad. Es mucho más fácil practicar la religión privatizada de las oraciones y las penitencias que pasar por tontos por culpa de la religión cristiana de la visión global y la paz. Sin embargo, en lo profundo de sí mismas todas las tradiciones espirituales rechazan esas racionalizaciones: «¿Hay vida después de la muerte?», preguntó en una ocasión un discípulo a un venerable maestro. Y éste contestó: «La gran pregunta espiritual de la vida no es si hay vida después de la muerte. La gran pregunta espiritual es si hay vida antes de la muerte». Benito, obvia¬mente, cree que la vida vivida plenamente es vida vivida en dos planos: atención a Dios y al bien de los demás.

Piadosos -dice este párrafo- son quienes nunca hablan destructivamente de otra persona -por ira, rencor o venganza- y quienes aportan un corazón abierto a un mundo cerrado y desgarrador.

Los piadosos saben cuándo el mundo en que viven les sitúa en una resbaladiza pendiente muy distante del bien, la verdad y lo santo, y se niegan a tomar parte en ese declinante proceso. Y, lo que es más digno de mención, se aprestan a contrarrestado. No basta, da a entender Benito, con limitarse a distanciarse del mal. No basta, por ejemplo, con negarse a difamar a los demás, sino que debemos reparar su reputación; no basta con desaprobar los residuos tóxicos, sino que debemos actuar para salvar el planeta; no basta con preocuparse por los pobres, sino que debemos actuar para impedir la pobreza. Debemos ser personas que aportan creación a la vida: «Si hacéis esto -nos recuerda la regla-, "pondré mis ojos sobre vosotros, y mis oídos oirán vuestras pre¬ces"». Si hacéis esto, estaréis en presencia de Dios.
Finalmente, en lo que concierne a Benito, la vida espiritual depende de que seamos unos pacificadores pacíficos. La agitación elimina de nosotros la conciencia de Dios. Cuando nos motiva la agitación, cuando nos consume la inquietud, nos sumimos en nuestros planes personales que tienen tendencia a ser siempre desproporcionados. Nos vemos atrapados en cosas que, bien analizadas, sencillamente carecen de importancia, son pasaje¬ras y tienen que ver con vivir cómodamente en lugar de con vivir como es debido. Perdemos los nervios porque los niños gritan o las máquinas se estropean o los semáforos duran demasiado. Perdemos el contacto con el centro de las cosas.

Al mismo tiempo, la tranquilidad pasiva no es el propósito de la vida benedictina. Esta espiritualidad llama a ser amables y dejar una estela de no violencia. Resulta sorprendente que un documento del siglo VI adoptara tal postura en un mundo violento. No hay aquí una teología del Armagedón ni un llamamiento a entablar una batalla entre el bien y el mal en un mundo que se apunta al dualismo y divide la vida entre cosas del espíritu y cosas de la carne.

En esta regla de vida sencillamente se ignora la violencia. La violencia no funciona. Ni la violencia política, ni la violencia social, ni la violencia física, ni siquiera la violencia que nos hacemos a nosotros mismos en nombre de la religión. Las guerras no han funcionado, ni tampoco el clasismo ni el fanatismo. El benedictismo, por otro lado, sencillamente no tiene como propósito doblegar al cuerpo ni vencer al mundo, sino que se dispone, sencillamente, a sosegar un universo permeado por la violencia sien¬do una pacífica voz por la paz en un mundo que piensa que todo -las relaciones internacionales, la educación de los niños, el des¬arrollo económico e incluso todo en la vida espiritua1- se lleva a cabo por la fuerza.

El benedictismo es una llamada a vivir en el mundo, no sólo sin alzar las armas contra los demás, sino haciendo el bien. El pasaje implica claramente que quienes hacen de la creación de Dios su enemigo sencillamente no «merecen ver en su reino a "Aquel que nos llamó a su eterna presencia"».

martes, 1 de julio de 2014

HABITARÉ SIEMPRE EN TU MORADA (Salmo 60)




Hay muchos espacios. Existe el espacio físico, el espacio social, el espacio ideológico, el espacio artístico… Y otros más: el mar, el cielo, la llanura, el valle, la sierra. Todavía se puede hallar el espacio espiritual, un espacio silencioso. Es el silencio un lugar para encontrarse, descansar, recobrarse, amar, crecer.

El espacio silencioso no necesita decoración alguna, ningún adorno, ni alfombras, ni murales, ni biblioteca, ni chimenea, ni muebles. No es para contemplar, sino para albergar otra presencia, acaso imprevisible.

Este albergue es el silencio, un silencio que surge al poner fin a todas las voces de fuera, de las zonas más superficiales. Porque el silencio no es lo que se toca o se ve, no entra por los sentidos, sino que es el espacio donde la presencia se muestra y se hace evidente.

En el silencio lo visible se disipa y lo invisible puede volverse visible. Es un espacio, el silencio, donde amanecen huellas de la presencia íntima.

El silencio hace del corazón un lugar de revelación, no del entorno que nos circunda, sino del mundo que se aloja dentro. Es la explosión de lo oculto, de lo hospedado en la interioridad, es el descubrimiento, la reconquista de lo que ya va con nosotros.

Al alejarnos del exterior recobramos la mirada primitiva, la mirada original de nuestro corazón, los ojos del hijo que somos, del amor que nos da a luz.

Es el silencio una morada sin desechos, sin memoria, sin residuos. Por eso el silencio nos regala una coherente unidad de visión. En ese espacio, uno no se siente configurado por la exterioridad.

El que mora en el silencio se vive a sí mismo sin reservas y serenamente, pues todo lo serena el silencio. Serena la noche y el día, serena la aurora y el atardecer, serena las horas oscuras, las horas de luz y de bochorno. El silencio nos trae la paz y deja emerger la inocencia y la plenitud. Apenas he de decir que jamás la vida se siente tan rimada, tan pura, tan sosegada, tan clara, como las horas calladas, como en la morada del silencio.



José Fernández Moratiel, O.P.

domingo, 1 de junio de 2014

LA PROFUNDIDAD DEL DESEO

  




San Bernardo hace mucho hincapié en lo que dice la esposa en el Cantar de los Cantares:  “Vuelve”. El amado vino a visitarla y ahora la ha abandonado. Esto es lo que ella no sabe resolver. Pero hace falta precisar la naturaleza de estas idas y venidas del esposo antes de descifrar su razón de ser. El lenguaje de la escritura es simbólico y hay que interpretarlo simbólicamente. Es evidente que Cristo Resucitado no pertenece al tiempo ni al espacio, por tanto su acercamiento o alejamiento del alma solamente se realiza en la experiencia del alma y no por un movimiento del Verbo.
        Por ejemplo, cuando ella  percibe la gracia, reconoce su presencia. Si no es así, ella se queja de su ausencia y reclama de nuevo su Presencia como la llamada del profeta: “Mi rostro te busca; tu rostro, Señor yo buscaré” (Sal27, 8) Ella no tiene más que una pasión: “En la ausencia del Verbo se eleva un solo y único grito del alma, sin fin, el de un deseo continuo: un único y continuo :”vuelve”, hasta que Él vuelva.”. (1Co 11, 26).
        Todavía falta precisar el alma que se agita, dicho de otro modo, quién es la esposa. “Un alma que el Verbo visita frecuentemente y en cuya intimidad habrá suscitado una audacia, en la que el gusto le habrá suscitado el hambre, en la que la revitalización de todas las cosas habrá preparado  una disponibilidad contemplativa.”
        La esposa del Cántico simboliza, para nuestros tres autores, efectivamente, aquella alma que se admira de lejos y que desea.
        Aunque nosotros no podemos reconocernos en ella, sí podemos, al menos, encontrar en ella una llamada y una promesa. Y subjetivamente, una nostalgia que se transforma en aspiración. En este sentido podemos ahora retomar el grito de la esposa, sin pretender compararnos a su fervor.
        Por otro lado, puesto que el Resucitado, lo hemos visto, no se sujeta ni al espacio ni al tiempo, todo lo ha hecho libremente, en virtud de su voluntad, Él se aproxima o se aleja; solo nos va a ser revelado su amor.
        San Bernardo cree que si el Amado se retira puede  estar llamándola con un deseo más vivo y le quiera retener más fuertemente.
        Sirven de ejemplo estos dos episodios del Evangelio: el de los peregrinos de Emaús, a los que Jesús hace caminar hasta lejos para que le digan: “Quédate con nosotros,  que la tarde está cayendo” (Lc 24, 28); y el episodio en el que Jesús anda sobre las  aguas e increpa a los vientos y las aguas, no porque tuviese la intención de asustarles, sino para probar su fe y suscitar su oración.
        Como consecuencia, si Él pasa, es para que le deseen, y si Él se va es para que le llamen, porque el verbo no es irrevocable.
        Y el autor hace esta anotación esencial : Retirarse supone para él una cierta manera de dispensarse, perfectamente libre por su parte. Pero sólo él sabe la razón. De esto último se concluye que estamos ante un misterio, que pide de nosotros confianza y discreción. No tenemos que interpretar el alejamiento del Verbo como necesariamente una falta por nuestra parte o un castigo por la suya, ni su presencia como un efecto de nuestro fervor.
        Las palabras escatológicas de Jesús en San Juan son tomadas como prueba: Un poco y no me veréis y un poco más tarde me volveréis a ver”(Jn 16,16). A estas palabras contesta San Bernardo: “Oh! Hay brevedad y brevedad y solo algo más de tiempo que dura. ¡Ah Señor! Tu llamas breve al tiempo en que no te vamos a ver más; no, es un tiempo muy largo, infinitamente más largo!
        En realidad las dos cosas son verdad: es poco el tiempo, pero de acuerdo al deseo de la esposa , es mucho. La esposa está en una situación de tensión paradójica. “Si él se retrasa, espérale, pues no tardará”.
        ¿Estará el alma dividida en ella misma y paralizada en esta contradicción? No, el autor nos ha conducido hasta esta aparente contradicción para proclamar mejor el deseo contemplativo que revela la verdadera paradoja de la esposa en su deseo apasionado.
        Gilbert de Hoyland está en una situación más crítica porque la esposa, con el pretexto de haberse quitado la túnica  y haberse lavado los pies, ha tardado en abrir al Amado que llama a la puerta; le ha tocado la mano por el agujero de la cerradura,. Pero cuando se decide a abrir, Él ya ha pasado, desaparecido. La esposa dirá: “Estoy enferma de amor hasta que él vuelva”. Esto nos conduce, más que al comportamiento de la amada, al del Esposo:
     ¿Por qué te vas, buen Jesús? ¿por qué desapareces. ¿ Por qué eres Tú el que suscita ese deseo y Tú el que privas de esa presencia?
        El autor sugiere más tarde respuestas a estas preguntas. Será que de este modo Tú suscitas una codicia, un deseo más ardiente, el de la abundancia de tu presencia. “ Si,  así es. Esas astucias del amor inflaman el amor mismo, y, a través de la aparente decepción le llevan a su plenitud.”
        Gilbert elige los episodios de las apariciones del Resucitado, en las que se puede ver su aspecto breve y fugitivo: “Apenas algunos le reconocieron, Él desapareció”. También se menciona otra característica de estas apariciones: su trascendencia, la manera en que ellas se escapan a todo lo que la experiencia humana está habituada.
        Sin embargo resaltamos la entrada del Resucitado cuando estaban todas las puertas cerradas (Jn 20, 19) “De hecho, la puerta se abrió para Él, pero estaba cerrada para todo lo demás.” En este deseo concentrado y casi exclusivo, condición de la contemplación, se encuentra lo que hemos visto en San Bernardo de la pasión que caracteriza el deseo de la esposa.
        Jean de Ford recuerda: “Las voces del Señor son imposibles se escrutar.”(Rom11, 33), que es otra forma de decir, a propósito de las idas y venidas, ausencias y presencias del Señor, que se trata de un misterio y una forma de actuar del bienaventurado designio de Dios. Por consecuencia, no es vano, ni por azar, que el Bien Amado se vaya lejos y desaparezca. “No se aleja sin un proyecto para ella ni sin la idea de darle algún fruto por su largo viaje. He aquí porque tarda; ella debe esperar pacientemente”.
        El autor distingue entre las desapariciones de Jesús y las ausencias más largas. Las primeras son secretas y breves, con el fin de volver pronto. Se cumple eso que dijo Jesús a sus discípulos: ”Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de un poco me volveréis a ver”(Jn 16,16). Se refiere su propia pasión y muerte y a la gracia aportada por esa desaparición, que es la gracia de la resurrección del Señor y las apariciones del Resucitado.
        Pero luego hay una partida más lejana, en la que el autor ve el anuncio de estas palabras de Jesús: “En verdad os digo: os conviene que yo me vaya, porque si me voy, el Espíritu Santo vendrá a vosotros. Yo os lo enviaré.”(Jn16, 7). Desde entonces el Resucitado ya no está en la Creación. Y su partida deja lugar a la acción del Espíritu Santo y constituye una prueba y una exigencia espiritual con vistas a una gracia más grande.
        En los dos casos, las desapariciones en el tiempo pascual y las de después, tras la ascensión, la gracia más grande afecta al deseo de los discípulos. Este deseo aumenta considerablemente. Pero los efectos de esta gracia son también la purificación (santificación) de ese deseo, los cambios de planes y la rendición espiritual (abandono en manos de Dios).
        Jean de Ford llama a estas desapariciones bruscas del Resucitado “brasas hirientes”, porque ellas ofrecen el fuego del impulso de ternura que unía a los discípulos con Jesús en la tierra. Pero este deseo que tienen de él es aún carnal, en el sentido de un deseo afectivo centrado sobre ellos y limitado a la vida de aquí abajo. Ellos entienden esta experiencia como el deseo de ver a Jesús  en su existencia aquí, en la tierra. “Esas brasas les inflamaban de un ardor de amor nuevo y más santo”, porque cada vez que venía, Él venía como nuevo, como si le reconociesen por primera vez. Es necesario que ellos pasen del sabor carnal de su comunión con Jesús a las “nuevas delicias de una bondad espiritual venida de Cristo.” El acento sobre esta novedad habla con simplicidad de la profundidad del deseo en este paso a otro plano de la realidad.
        La encarnación será absolutamente necesaria para que Su luz sea tamizada, la inteligencia de los discípulos pueda reconocer el misterio de Cristo. Pero faltará la Ascensión para que su deseo afectivo, su impulso hacia Cristo, no se centre en ellos mismos, en su necesidad, sino que, purificado, les haga capaces de seguir a Jesús en su pascua hacia el Padre.
        Y he aquí el acento de Jean de Ford : él quiere precisar que para crecer, profundizar en la fe, el deseo de Cristo debe pasar de una tonalidad sentimental y antropológica a un fervor deliberadamente espiritual. Al deseo de retener a Jesús le debe suceder el deseo de dejarse llevar por Él hacia la vida verdadera. Aquellos que vivan profundamente este deseo recibirán una parte del mismo espíritu de Dios.

“EL DON DE UNA PRESENCIA”
Frère Pierre-Yves et frère FranÇois de Taizé.






La resurrección de Cristo despierta el deseo de seguirle, ya no es un deseo en si del espíritu si no un deseo amoroso de estar en Cristo Jesús, la Resurrección es un hecho tangible del poder divino de Cristo, quizás por desgracia fue el elemento que necesitaba los discipulos de Cristo para creer, o bien como Tomás cuando toca las llagas, y entonces creyó.... La ascensión produce el deseo en el corazón de poder estar con El y en El, ¿sin resurrección se hubiera producido este deseo? ¿este amor? no lo creo, es interesante ver comola muerte de Cristo produjo ese deseo carnal de volver con El a verlo, estar junto a El...La resurreccion es ya la contemplación unica de Cristo como Hijo de Dios y ese deseo carnal se convierte en un deseo de espiritu. de amor interior que penetra en el corazon del individuo y lo convierte en carne de su carne , Cristo es bajo mi interpretacion la esposa que se une al hombre eternamente por el poder de la Resurreccion... ya no hay tiempo ni espacio si no eternidad....I.R.