jueves, 22 de mayo de 2014

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA (thomas merton)

La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro. El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros. Sólo cuando somos capaces de «dejar que salgan» todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.


La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es "respondido", no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.

 El que sigue los caminos ordinarios de la oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones, será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su vocación a la oración contemplativa a su debido tiempo, dando por sabido que le llegará su momento.

El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El "desierto" de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la Cruz:
Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello... Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos... aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo


jueves, 20 de marzo de 2014

EL DESIERTO, EL TIEMPO Y LA TRAVESÍA

En el desierto no existe el tiempo.
Basta sumergirse en el espacio inhóspito de las angustias y los desencantos, de las incertidumbres y del dolor de lo improbable para comprobarlo...
Porque sólo uno sabe quién es uno aunque los pedazos de sus días rotos se claven en el alma como las espinas de sólo Dios sabe qué corona en qué piel...
O caminas solo o con Él, tú decides...
Si es solo te aseguro que no te faltarán días, saliva y rencor para lamer tus heridas...
Si es con Él, abre tus brazos a la brisa del crepúsculo con forma de cruz y sacrifica tu destino para reposar a su lado, junto a su huella...
En una mano, el amor; en la otra, el rosario de Rosario. Felicidades entonces.
Como dice mi hermano:"Dios es bueno...".


Y así.
Sé que la travesía es dura, muy dura, especialmente cuando sientes que el amor auténtico y profundo es el que no tiene respuesta... El que se diluye en las ondas maravillosas de tu mensaje...
En el desierto de hoy, en el horizonte circular de mi mirada, no dejo de buscarte...
Y te pido ayuda para aceptar a quienes aman con la devoción fanática e intolerante que arrastra con todo lo que no son ellos...
No entienden que en el aproximarse a Ti no hay distancias...
Sí eso eso es amor, si su Padrenuestro es el mío, haz que me purifique, por favor...
Por eso, cuando estoy a tu lado, es cuando no me pregunto qué hago aquí... O qué es esto...
El sencillo hecho de sentirme tu hermano hace que se esfumen todos, absolutamente todos, los tonos oscuros del color de las presencias...







Porque todo camino de piedras es un desierto que quema y un aridez que escuece, solo cuando dejo las piedras en el camino y planto una semilla puede emerger el sentimiento de ser lo que quiero ser o sentir que soy...y ese sentimiento es El que me llama y me traslada a mi quietud, olvidando la quema, el escozor y las llagas de mi propio desierto...+
ISABEL REZMO.

sábado, 1 de marzo de 2014

El monje en san Bernardo

Pensamientos
Habéis profesado un sentido particular de vida. Presentaos con espíritu ferviente, sentido despierto, afectos sobrios y con una conciencia limpia. Traed vasijas limpias, para recibir gracias extraordinarias[1] 
Purifica el corazón, despreocúpate de todo, sé monje, esto es, único. Pide al  Señor una sola cosa y búscala. Afánate y mira que él es Dios. Así cuando purifiques tu corazón por el espíritu de inteligencia, inmediatamente verás a Dios por el espíritu de sabiduría; y gozarás de Dios[2].
Si dijeras que no lo conoces, serás como los mundanos, un mentiroso. Pero supongamos que no lo conoces; respóndeme entonces: ¿quién te trajo a este lugar?, ¿cómo llegaste hasta aquí?, ¿quién te ha persuadido a renunciar espontáneamente al cariño de tus amigos, a los placeres del cuerpo, a las vanidades del mundo, y encomendar tus afanes al Señor, descargando en él todo tu agobio?.. [3]
Los discípulos, los íntimos, e inseparables: son los que han elegido la mejor parte y viven consagrados a Dios en el claustro, identificados con él y atentos a cumplir su voluntad[4].
Así como bajo la forma aparente de pan, entra dentro de nosotros, de la misma manera, con su testimonio de vida en este mundo, se instala por la fe en lo más íntimo de nosotros. Y, al entrar su santidad, se queda con nosotros el que por el Padre fue constituido como salvación para nosotros. Porque el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él[5]

Me limito a recordarte que sería indigno de ti quedarte por debajo de la perfección, después de haber sido escogido para una vida tan perfecta. ¿No te avergonzarías de verte el último ocupando un puesto tan alto, cuando antes eras de los primeros en una profesión tan humilde?  Recuerda tu primera profesión. Que no desaparezca de tu recuerdo y de tu afecto, a pesar de que te la arrancaron de las manos. No te vendrá mal que la tengas siempre en tu memoria cuando das una orden, corroboras una sentencia o tomas una decisión.
Que no se ausente tampoco de tu corazón… Repite en tu interior: “soy el último en la casa de Dios”[6]
 
¿Para qué hablar de su mismo hábito monástico? ¿qué buscan?, ¿cubrirse o lucirse?  ¿no les preocupa más su ostentación que sus virtudes personales?  Es bochornoso. Superan a las mujercitas más vanidosas esos monjes que se desviven por vestirse con lo más caro y más superfluo; o al menos abandonan el distintivo de la religión…  desertamos de aquella humildad por la que abandonamos el mundo, y por ello nos vemos arrastrados a correr de nuevo tras los frívolos afanes de los hombres mundanos, como animales que se vuelven a su propio vómito[7].
Vosotros, que no os entorpecéis con las ocupaciones del mundo, aplicaos a encontrar el consuelo espiritual. Vosotros, que no desconocéis el destierro, acoged el socorro que viene de arriba[8].
Me dirijo a vosotros, que conocéis las Escrituras[9]
Hermanos, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación[10].
No dudo que la lectura del Evangelio y el sermón del Señor os ha enseñado mejor que nadie a imitar a los santos. Tenéis ante vuestros ojos la escalera por la que ha subido el coro de los santos a quienes hoy festejamos. Y estoy seguro que habéis empleado gran parte de la noche y del día para implorar fervorosamente su protección[11].
Si algo bueno tenemos, hemos de esconderlo hasta que llegue, como el que encontró el tesoro del reino de los cielos y volvió a esconderlo. Por esta razón, nosotros nos escondemos, aún corporalmente, en los claustros y en los bosques[12].
¿Acaso no valoráis mucho más vuestra pobreza que todos los tesoros del mundo? Efectivamente, la pobreza os libera de toda palabra cruel ¿Cómo podría exigiros Dios lo que habéis abandonado por su amor?[13]
Y para que no murmures ni estés triste, te enviaré el Espíritu Santo consolador, que te dará las primicias de la salvación, el entusiasmo de la vida y la luz de la ciencia. Las primicias de la salvación porque el Espíritu asegurará a tu espíritu que eres hijo de Dios. Imprimirá y hará patentes en tu corazón señales inconfundibles de tu predestinación. Llenará de alegría tu corazón y empaparás tu mente de rocío del cielo, si no siempre, sí con mucha frecuencia[14].
Hemos alegrado a los ángeles cuando nos hemos convertido a la penitencia. Avancemos, démonos prisa a colmarlos de alegría[15].
Dichosos vosotros que merecisteis ser su guardia personal. A vosotros os dice el Apóstol: Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino ciudadanos de los consagrados y familia de Dios[16].
No les imitemos, si no queremos que nos consideren como a ellos, que luchan por el mundo, no por Cristo. Ningún soldado en activo se enreda en asuntos civiles[17]
Tampoco tiene nada de extraordinario –aunque no deja de ser laudable- presentar batalla al mal y al diablo con la firmeza de la fe; así vemos por todo el mundo a muchos monjes que lo hacen por este medio[18].


No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda. Este verso es muy fácil de comprender. Pero no sois tan rudos ni carecéis de sentido espiritual para no distinguir instintivamente entre vuestra propia alma y vuestra tienda[19].
No temáis, verdaderos confesores, que confesáis al Señor con la boca, con toda vuestra persona y por doquier. Os revestís de la confesión como de un vestido. Todo vuestro interior confiesa al Señor y todos los huesos proclaman: Señor ¿Quién como tú? No se comportan como esos que hacen profesión de conocer a Dios y lo desmienten con su conducta[20]
En nosotros, hermanos, no hay excusa posible de ignorancia: abundamos en la doctrina celeste, en la LECTIO DIVINA y en la instrucción espiritual. Todo lo que es verdadero, respetable, justo, limpio, estimable; todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que existe, lo aprendéis y recibís, lo oís y lo veis, en los ejemplos y palabras de los hermanos más adelantados. Sus consejos y su vida instruyen maravillosamente a todos. Ojala todo esto que enriquece el entendimiento llegara a conmover el afecto, y se acabara esa dolorosa contradicción e insoportable división de sentirnos atraídos hacia arriba y arrastrarnos por el suelo[21].
En la Iglesia hay muchos que de lo más ínfimo se encaramaron a…  También verás hombres adinerados que se lanzan hacia los altos cargos eclesiásticos…
Pero hay otros, y me duele todavía más que después de haber despreciado las glorias mundanas y establecidos en la escuela de la humildad han llegado a ser secuaces de la soberbia. Se vuelven arrogantes… y son muchos más violentos en el claustro que si hubieran quedado en el mundo. Y aún más grave: muchos no toleran verse humillados en la casa de Dios cuando en la suya eran despreciables…. Pretenden que por lo menos se les considere dignos de ser enaltecidos allí donde todos desprecian cualquier honor.
Otros después de haberse alistado en la milicia de Cristo se enredan en asuntos mundanos…[22]
Si hay entre nosotros algunos, para quienes la vida monástica es pesada e insoportable, y a quienes es preciso aguijonear y espolear frecuentemente, les ruego que intenten cambiar de jumentos a hombres, y unirse a los que van delante, detrás o muy cerca del  Señor…[23]


[1] IV,39
[2] VIII,117
[3] III, 81
[4] IV,27
[5] 1Jn 4,16; III,465
[6] II,91
[7] II, 677
[8] III, 273
[9] III, 229
[10] III, 57
[11] IV, 531
[12] III, 473
[13]III, 467
[14] IV, 211
[15] III,143
[16] III,443
[17] 2Tim 2,4) (III, 509
[18] I, 499
[19] III, 543
[20] III, 135
[21] IV 183
[22] II, 675
[23]IV, 27

sábado, 1 de febrero de 2014

Sobre la vida activa y la vida contemplativa

 

 

El hombre, cuerpo y alma, esta llamado a seguir un doble camino: el de la acción y el de la contemplación.

El camino activo comprende: el ayuno, la abstinencia, las vigilias, las genuflexiones, la oración:  “Es estrecha la puerta, y angosta la vía que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran” (Mt 7, 14)

La vida contemplativa consiste en la elevación del espíritu hacia Dios, la atención interior, la oración pura y, a través de estos ejercicios, la contemplación de las cosas espirituales.

El que aspira a la vida contemplativa ha de comenzar por la vida activa… porque es imposible llegar a la vida contemplativa sin pasar antes por la activa.

La vida activa sirve para purificarnos de nuestra pasiones pecaminosas… ya que sólo los que ha sido purificados pueden introducirse en la via contemplativa… San Gregorio el Teólogo dice: “La contemplación sólo está exenta de peligro para los perfectamente experimentados”.

Es preciso entrar en la vida contemplativa con temor y respeto, con un corazón humilde y contrito, después de haber consultado largamente las Sagradas Escrituras y, preferiblemente, bajo la dirección de un director espiritual -staretz- experimentado, y no temerariamente y con una voluntad caprichosa.

Si has abandonado la propia voluntad en una cosa, pero te la has guardado en otra, esto quiere decir que también te la has guardado allí donde creías que la habías abandonado.

Es necesario no abandonar la vida activa, incluso tras haber pasado, a través de ella, a la contemplativa, ya que es una aportación para la vida contemplativa y la ayuda para su elevación.

Sant Serafía de Sarov.
Instrucciones Espirituales.
Irina Gorainoff. Publicacions de l´Abadía de Montserrat. 1987. Pag. 181-182. (Traduccción del catalán por la Fraternidad).

lunes, 20 de enero de 2014

SEGUNDA LECTURA De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan (Tratado 17, 7-9: CCL 36, 174-175)

SEGUNDA LECTURA

De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Tratado 17, 7-9: CCL 36, 174-175)




EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD

Lleno de amor ha venido a nosotros el mismo Señor, el maestro de la caridad, y al venir ha resumido, como ya lo había predicho el profeta, el mensaje divino, sintetizando la ley y los profetas en el doble precepto de la caridad.

Recordad conmigo, hermanos, cuales sean estos dos preceptos. Deberíais conocerlos tan perfectamente que no sólo vinieran a vuestra mente cuando yo os los recuerdo, sino que deberían estar siempre como impresos en vuestro corazón. Continuamente debemos pensar en amar a Dios y al prójimo: A Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a nosotros mismos.

Éste debe ser el objeto continuo de nuestros pensamientos, éste el tema de nuestras meditaciones, esto lo que hemos de recordar, esto lo que debemos hacer, esto lo que debemos conseguir. El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la práctica el amor al prójimo. El que te ha dado el precepto del doble amor en manera alguna podía ordenarte amar primero al prójimo y después a Dios, sino que necesariamente debía inculcarte primero el amor a Dios, después el amor al prójimo.

Pero piensa que tú, que aún no ves a Dios, merecerás contemplarlo si amas al prójimo, pues amando al prójimo purificas tu mirada para que tus ojos puedan contemplar a Dios; así lo atestigua expresamente san Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Escucha bien lo que se te dice: ama a Dios. Si me dijeras: «Muéstrame al que debo amar», ¿qué podré responderte sino lo que dice el mismo san Juan: Nadie ha visto jamás a Dios? Pero no pienses que está completamente fuera de tu alcance contemplar a Dios, pues el mismo apóstol dice en otro lugar: Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios. Por lo tanto, ama al prójimo y encontrarás dentro de ti el motivo de este amor; allí podrás contemplar a Dios, en la medida que esta contemplación es posible.

Empieza, por tanto, amando al prójimo: Parte tu pan con el que tiene hambre, da hospedaje a los pobres que no tienen techo, cuando veas a alguien desnudo cúbrelo, y no desprecies a tu semejante.

¿Qué recompensa obtendrás al realizar estas acciones? Escucha lo que sigue: Entonces brillará tu luz como la aurora. Tu luz es tu Dios, él es tu aurora, porque a ti vendrá después de la noche de este mundo. Él, ciertamente, no conoce el nacimiento ni el ocaso, porque permanece para siempre.


Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino. Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu Dios, hacia aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero al prójimo lo tenemos ya con nosotros. Preocúpate, pues, de aquel que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a aquel con quien deseas permanecer eternamente.

RESPONSORIO    1Jn 4, 10-11. 16

R. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. * Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
V. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
R. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.


EXPECTATIVAS, DESEOS Y SUFRIMIENTO


«Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te fuerce a caminar una milla, acompáñalo dos» (Mt 5,40-41)
Si observas de qué modo estás hecho y cómo funcionas, descubrirás que hay en tu mente todo un «programa», toda una serie de presupuestos acerca de cómo debe ser el mundo, cómo debes ser tú mismo y qué es lo debes desear.
¿Quién es el responsable de ese «programa»? Tú no, desde luego. No eres realmente tú quien ha decidido cosas tan fundamentales como son tus deseos y exigencias, tus necesidades, tus valores, tus gustos, tus actitudes... Han sido tus padres, tu sociedad, tu cultura, tu religión y tus experiencias pasadas las que han introducido en tu «ordenador» las normas de funcionamiento. Ahora bien, sea cual sea tu edad y vayas adonde vayas, tu «ordenador» va contigo y actúa y funciona en cada momento consciente del día, insistiendo imperiosamente en que sus exigencias deben ser satisfechas por la vida, por la gente y por ti mismo. De hacerlo así, el «ordenador» te permitirá vivir pacífica y felizmente; de lo contrario, y aunque tú no tengas la culpa, generará unas emociones negativas que te harán sufrir.
Cuando, por ejemplo, otras personas no viven con arreglo a las expectativas de tu «ordenador», éste te atormenta a base de frustración, de ira, de amargura... O cuando, por ejemplo, las cosas escapan a tu control, o el futuro es incierto, tu «ordenador» insiste en que experimentes ansiedad, tensión, preocupación... Entonces empleas un montón de energías en hacer frente a esas emociones negativas. Y generalmente te las apañas para gastar aún más energías en intentar cambiar el mundo que te rodea, al objeto de satisfacer las exigencias de tu «ordenador». Con lo cual obtienes una cierta dosis de una paz bastante precaria, porque en cualquier momento la menor nimiedad (un tren que se retrasa, una grabadora que no funciona, una carta que no llega...) no es conforme con el programa de tu «ordenador», y éste se empeñará en que vuelvas a preocuparte de nuevo.
Por eso llevas una existencia patética, siempre a merced de las cosas y las personas, tratando desesperadamente de que se ajusten a las exigencias de tu «ordenador», a fin de poder tú disfrutar de la única paz que conoces: una tregua temporal de tus emociones negativas, cortesía de tu «ordenador» y de tu «programa».
¿Tiene esto solución? Por supuesto que sí. Naturalmente, no podrás cambiar tu «programa» de buenas a primeras, o quizá nunca. Pero ni siquiera lo necesitas. Intenta lo siguiente: imagina que te encuentras en una situación o con una persona que te resulta desagradable y que ordinariamente tratas de evitar. Observa ahora cómo tu «ordenador» entra instintivamente en funcionamiento e insiste en que evites dicha situación o trates de modificarla. Si consigues resistir y te niegas a modificar la situación, observa cómo el «ordenador» se empeña en que experimentes irritación, ansiedad, culpabilidad o cualquier otra emoción negativa. Sigue considerando esa situación (o persona) desagradable hasta que caigas en la cuenta de que no es ella la que origina las emociones negativas (ella se limita a «estar ahí» y a desempeñar su función bien o mal, acertada o equivocadamente: es lo de menos). Es tu «ordenador» el que, gracias al «programa», se empeña en que tú reacciones a base de emociones negativas. Lo verás mejor si logras comprender que hay personas que, con un programa diferente, y frente a esa misma situación, persona o acontecimiento, reaccionan con absoluta calma y hasta con gusto y contento. No cejes hasta haber captado esta realidad: la única razón por la que tú no reaccionas de ese modo es porque tu «ordenador» insiste obstinadamente en que es la realidad la que debe ser modificada para ajustarse a su «programa». Observa todo esto desde fuera, por así decirlo, y comprueba el prodigioso cambio que se produce en ti.
Una vez que hayas comprendido esta verdad y, consiguientemente, haya dejado tu «ordenador» de generar emociones negativas, puedes emprender cualquier acción que creas conveniente. Puedes evitar la situación o a la persona en cuestión; puedes tratar de cambiarla; puedes insistir en que se respeten tus derechos o los derechos de los demás; puedes incluso recurrir al uso de la fuerza... Pero sólo después de haber conseguido liberarte de tus trastornos emocionales, porque sólo entonces tu acción nacerá de la paz y del amor, no del deseo neurótico de satisfacer a tu «ordenador», de ajustarte a su «programa» o de liberarte de las emociones negativas que genera. Y sólo entonces comprenderás cuan profunda es la sabiduría de estas palabras: «Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te fuerce a caminar una milla, acompáñalo dos». Porque te resultará evidente que la verdadera opresión proviene, no de las personas que pleitean contigo ni de quien te somete a un trabajo excesivo, sino de tu «ordenador», cuyo «programa» acaba con la paz de tu mente en el momento en que las circunstancias externas dejan de ajustarse a sus exigencias. Se sabe de personas que han sido felices... ¡incluso en el opresivo clima de un campo de concentración! De lo que necesitas ser liberado es de la opresión de tu «programa». Sólo así podrás experimentar la libertad interior que está en el origen de toda revolución social, porque esa intensísima emoción, esa pasión que brota en tu corazón a la vista de los males sociales y te impulsa a la acción, tendrá su origen en la realidad, no en tu «programa» ni en tu ego.

Una llamada al amor
Anthony de Mello




miércoles, 1 de enero de 2014

El apellido de Dios

PAPA FRANCISCO
MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTAHE
El apellido de Dios

Martes
17 de diciembre de 2013
 
Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 51, viernes 20 de diciembre de 2013

El hombre es el apellido de Dios: El Señor, en efecto, toma el nombre de cada uno de nosotros —seamos santos o pecadores— para convertirlo en el propio apellido. Porque encarnándose, el Señor hizo historia con la humanidad: su alegría fue compartir su vida con nosotros, «y esto hace llorar: tanto amor, tanta ternura».
Con el pensamiento puesto en la Navidad ya cercana, el Papa Francisco comentó, el martes 17 de diciembre, las dos lecturas propuestas por la liturgia de la Palabra, tomadas respectivamente del libro del Génesis (49, 2.8-10) y del Evangelio de san Mateo (1, 1-17). En el día de su septuagésimo séptimo cumpleaños, el Santo Padre presidió como de costumbre la misa matutina en la capilla de Santa Marta. Concelebró, entre otros, el cardenal decano Angelo Sodano, quien le expresó la felicitación de todo el Colegio cardenalicio.
En la homilía, centrada en la presencia de Dios en la historia de la humanidad, el Obispo de Roma señaló en dos términos —herencia y genealogía— la clave para interpretar respectivamente la primera lectura (referida a la profecía de Jacob que reúne a sus hijos y anuncia una descendencia gloriosa para Judá) y el pasaje evangélico que presenta la genealogía de Jesús. Centrándose en especial en esta última, destacó que no se trata de «una lista telefónica», sino de «un tema importante: es historia», porque «Dios envió a su Hijo» en medio de los hombres. Y, añadió, «Jesús es consustancial al Padre, Dios; pero también consustancial a la madre, una mujer. Y es ésta la consustancialidad de la madre: Dios se hizo historia, Dios quiso hacerse historia. Está con nosotros. Ha hecho camino con nosotros».
Un camino —continuó el Obispo de Roma— iniciado hace tiempo, en el Paraíso, inmediatamente después del pecado original. Desde ese momento, en efecto, el Señor «tuvo esta idea: hacer camino con nosotros». Por ello «llamó a Abrahán, el primero que se nombra en esta lista, en este elenco, y le invitó a caminar. Y Abrahán comenzó ese camino: generó a Isaac, e Isaac a Jacob, y Jacob a Judá». Y así sucesivamente, adelante en la historia de la humanidad. Por lo tanto, «Dios camina con su pueblo» porque «no quiso venir a salvarnos sin historia; Él quiso hacer historia con nosotros».
Una historia, afirmó el Pontífice, hecha de santidad y de pecado, porque en la lista de la genealogía de Jesús hay santos y pecadores. Entre los primeros, el Papa recordó a «nuestro padre Abrahán» y «David, que tras el pecado se convirtió». Entre los indicados en segundo lugar, «pecadores de alto nivel, que cometieron pecados grandes», pero con quienes Dios igualmente «hizo historia». Pecadores que no supieron responder al proyecto que Dios había imaginado para ellos: como «Salomón, tan grande e inteligente, que acabó como un pobrecillo que no sabía ni siquiera cómo se llamaba». Sin embargo, constató el Papa Francisco, Dios estaba también con él. «Y esto es hermoso: Dios hace historia con nosotros. Es más, cuando Dios quiere decir quién es, dice: yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob».
He aquí por qué ante la pregunta «¿cuál es el apellido de Dios?», según el Papa Francisco es posible responder: «Somos nosotros, cada uno de nosotros. Él toma de nosotros el nombre para hacer de ello su apellido». Y en el ejemplo presentado por el Pontífice no están sólo los padres de nuestra fe, sino también gente común. «Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob, de Pedro, de Marietta, de Armony, de Marisa, de Simone, de todos. De nosotros toma el apellido. El apellido de Dios somos cada uno de nosotros», explicó.
De aquí la constatación que, tomando «el apellido de nuestro nombre, Dios hizo historia con nosotros»; es más, aún más: «dejó que la historia la escribiésemos nosotros». Y nosotros aún hoy seguimos escribiendo «esta historia», que está hecha «de gracia y de pecado», mientras que el Señor no se cansa de venir a nuestro encuentro: «ésta es la humildad de Dios, la paciencia de Dios, el amor de Dios». Por lo demás, también «el libro de la Sabiduría dice que la alegría del Señor está en los hijos del hombre, con nosotros».
He aquí, entonces, que «acercándose la Navidad» al Papa Francisco —como él mismo confesó al concluir su reflexión— se le ocurrió naturalmente pensar: «Si Él hizo su historia con nosotros, si Él tomó de nosotros su apellido, si Él dejó que nosotros escribiésemos su historia», nosotros, por nuestra parte, deberíamos dejar que Dios escriba la nuestra. Porque, aclaró, «la santidad» es precisamente «permitir que el Señor escriba nuestra historia». Y éste es el deseo de Navidad que el Pontífice quiso expresar «a todos nosotros». Un deseo que es una invitación a abrir el corazón: «Haz que el Señor escriba tu historia y tú permite que Él la escriba».