miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA OBEDIENCIA EN LA REGLA DE SAN BENITO

Si sobre la castidad la Regla es exageradamente sobria, sobre la obediencia es mas bien todo lo contrario. La importancia capital que le concede se deduce del hecho mismo de dedicarle especificamente tres capítulos (5, 68, 71), y de la gran frecuencia con que la menciona desde el principio del prólogo hasta el epílogo. Lo cual no es de admirar, ya que desde la primera pagina asegura que es el camino para retornar a Dios. Es así que la obediencia constituye el eje de todo itinerario monástico.
El concepto de obediencia siempre hizo referencia al oír a otro y hacer su voluntad. En este sentido ya era central en el Antiguo Testamento, donde Dios llama a escuchar su voz y a cumplir sus mandatos. La esencia del pecado es la desobediencia. 
En Nuevo Testamento subraya este valor. La vida de Jesús es la de la obediencia total al Padre, siguiendo el camino que este señala. El verdadero discípulo de Jesús cumple la voluntad de Dios. Es por eso que para San Pablo la obediencia es el fundamento de la salvación (Rom 5,19). La idea de obediencia encontró un eco extraordinario sobre todo entre los monjes a partir de las primeras generaciones. Los padres del desierto no se cansarán de insistir en este llamado a la obediencia a Dios, a la Escritura, al anciano espiritual, a la regla, a los hermanos. 
El primer capítulo que la Regla consagra a la obediencia (5) empieza sin preámbulos diciendo que «el primer grado de humildad es una obediencia sin demora». La frase se transformó en una cruz para los intérpretes. Hoy la gran mayoría está de acuerdo en que San Benito proclama su valor soberano y declara que es la cumbre y expresión mas perfecta de la humildad. No es cualquier tipo de obediencia, sino una obediencia pronta y amorosa, digna de Dios. San Benito sigue así la tradición de la espiritualidad cenobítica, que considera a la obediencia como un elemento primordial, imprescindible para la existencia misma de la comunidad, al ser el elemento fundante del monacato. 
 
 
El amor de Cristo es el principal motivo de obedecer y el mas perfecto. Pero la Regla enumera también otras razones menos elevadas. El servicio santo que se ha profesado, el temor al infierno, el deseo del cielo, la fe, el temor de Dios, y el anhelo de avanzar hacia la vida eterna. 
Para la Regla, la obediencia es renunciar al libre ejercicio de la propia voluntad, refrenando los propios deseos y los de la carne. En su aspecto positivo es dejarse llevar por el juicio y la voluntad de otro imitando al Señor que no vino a cumplir su voluntad sino la de Aquel que lo envió. Para que esta obediencia sea perfecta ante Dios, la Regla enumera ciertas caracteristicas. Se debe hacer sin miedo, sin tardanza, sin frialdad, sin murmuración y sin protesta. Obedecer exteriormente no basta si no va acompañado de buena voluntad, porque al superior se lo puede engañar pero a Dios no. Para la Regla el peor defecto contra la obediencia es la murmuración. 
San Benito vuelve a ocuparse de esta virtud al final de la Regla, en el capítulo 68, que para algunos comentadores (Delatte, de Vogüe) es uno de los mas bellos de toda la Regla. El capítulo se titula «Si le mandan a un hermano cosas imposibles». Si el capítulo 5 exponía una doctrina austera, exigente y teórica, este deja una enseñanza sobrenatural, en el fondo, más exigente y al mismo tiempo llena de humanidad y de comprensión. El monje ante una orden imposible o dificil de cumplir es autorizado por la Regla a exponer al superior sus razones, pero lo debe hacer sin soberbia, sin resistencia, con sumisión. Pero si aún así el superior no cambia de parecer, el monje «debe convencerse que así le conviene y obedecer con caridad, confiando en el auxilio de Dios». 
 
El último capítulo en el que San Benito se ocupa de este tema es el 71, en el que dedica algunas palabras a la obediencia mutua. Si durante buena parte de la Regla los monjes aparecían como meros discípulos bajo las órdenes del abad, aquí el autor hablará de la obediencia que se deben tener unos a otros. Y es que para el santo, la obediencia no solo es un bien en si mismo sino que implica la manifestación de la caridad, el ejercicio del amor fraterno, un nuevo vínculo que une a los hermanos entre si. El monje, por este camino, renuncia a su propia voluntad, a su propio interés, para hacerse servidor de sus hermanos en quién ve a Cristo. Tan firme es en este parecer el autor, que si un hermano se resistiera a esta obediencia horizontal, de hermano a hermano, debería sufrir una sanción y llegado el caso ser expulsado. El motivo de tanta rigidez es preservar la comunión fraterna, que tiene para el santo, un valor absoluto.
 
 

sábado, 7 de septiembre de 2013

EL AYUNO DE LOS DIOSES HUMANOS



Estamos ayunando de nuestras propias ideas, de nuestro propio espíritu.....
La razón de esta subjetividad radica en el poco equipaje, que ya desnudamos ante nuestra propia existencia.
Cualquier  argumento no es válido, para poder desnudar el hombre de todo lo que ha poseído a lo largo de la vida, del tiempo de la historia.
Se puede recuperar aquello que nosotros mismos nos hemos ocupado de destruir, de maldecir, de esconder, simplemente descatalogándonos del borreguísimo servil y cruel al que nos hemos enfrentado, a lo que  nos hemos convertido.

¿Llegará el día de volver del camino fronterizo?
Del ayuno al que los dioses humanos nos han impuesto, el ayuno del fanatismo espiritual e ideológico, que está  enmarcado nuestra propia  manera de vivir.

Y como hemos ayunado, hambrientos subjetivizamos  todo, porque esclavos, famélicos y desnutridos suplicamos entre manos equivocadas. Y una vez hemos cruzado nuestros desiertos, volamos con un ave fénix, con tan solo el equipaje del viento que nos puede guiar, hacia cualquier parte, a un existir en comunión con la totalidad.

El mañana será más útil que todos los inviernos que traten de meternos en una  burbuja indolente, que acabe con el alma, el más preciado de los dones humanos….
Despierta mi mente para recorrer un camino hacia la propia reflexión, hacia la propia madurez de las ideas y podré convencer de que, aun hay mente para ir más allá de la propia frontera interior.

La frontera no la provoca Dios, la ley, la razón, la ideología,
La frontera es consecuencia de la propia línea divisoria que acapara todos los límites, todas las oportunidades de darle libertad al hombre,
La libertad de uno mismo de "ser" por encima del "debe ser" o del "deber hacer".

Sor + Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple

jueves, 29 de agosto de 2013

LA ESCUELA DE CRISTO: LA CARIDAD

Ésta es la escuela de Cristo: la caridad

Nosotros, hermanos, que por Cristo nos llamamos y somos cristianos, despreciando todos los bienes terrenos, transitorios y caducos junto con sus ciegos adoradores, deseosos de adherirnos a sólo Dios, cimentémonos en la caridad, para que merezcamos llamarnos y ser discípulos de aquel que a sus discípulos —y a nosotros por su medio— les dejó este mandato: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.
En esto, pues, se distinguirán los hijos de la luz de los hijos de la tiniebla, los discípulos de Cristo de los discípulos del diablo: si las entrañas de la caridad recíproca se hacen extensivas a todos. La caridad no excluye a ninguno, sino que a todos abarca, entregándose a todos sin distinción.







La caridad es el afecto del alma, que estrecha a Cristo con los brazos del amor. La caridad es el amor que abarca cielo y tierra: la caridad es el amor invencible, que no sabe ceder ni ante los suplicios ni ante las amenazas. La caridad es el vínculo indisoluble del amor y de la paz: la caridad, reina de las virtudes, no teme el encuentro con ningún vicio, sino que habiendo recibido en prenda la sangre de Cristo y llevando sobre la frente el estandarte de la cruz, pone en fuga a todos los adversarios, y no hay quien pueda resistir a su ímpetu.
 
Beato Ogerio de Lucedio
Sermón 5 (5: PL 184, 901-902)



Quién pretenda trabajar por la caridad, debe entender que es un desprendimiento de ti mismo,  de ti por los demás pero sobre todo por amor de Dios.  Estás llevando a Cristo hacia la otra persona, estás siendo Cristo, actuando como El y viviendo como El. La entrega sin esperar es la manifestación más importante de la Fe y de la presencia de Ntro Señor. Haz de  este mundo un espacio de Paz, de amor, de entrega sin límites, de espera sin límites y si es preciso renunciar a tí mismo por el amor que sientes por Dios, hazlo aunque te lleve a sacrificar muchas veces los propios intereses, sentimientos. nada es más preciado que sentir el amor del Padre, y sentir que llevas a Dios en tí, y que haces de ese amor centro de toda tu vida.

 Quién no entienda esto no puede entender por qué las personas renunciamos a veces parte de nuestro tiempo en ejercer esa parte tan importante como es llevar el amor al otro, la atención, solamente una palabra un gesto, un abrazo en esta sociedad tan necesitada hoy de valores, somos nosotros puede que con nuestras creencias, o sin ellas, diferentes, distintas que nos hacen únicos y diferentes pero nos hacen humanos podamos sentarnos un día a decir estoy aquí para ayudarte y no espero nada más que tu sonrisa para hacerte un poquito más féliz.

Sor+ Isabel María Pérez Moreno
Dama del Temple 

jueves, 22 de agosto de 2013

LECTURA ESPIRITUAL / LECTIO DIVINA

 

La lectura monástica de la Biblia no es, por consiguiente, un estudio, porque su finalidad no es adquirir cultura o ciencia. Podríamos llamarla una “meditación”, para subrayar la dimensión espiritual de profundización que ella pide. El término “meditación” tiene, sin embargo, el inconveniente de sugerir reflexión más que oración, y de recargar la lectura de la Biblia con las categorías sistematizadas con que la meditación ha sido frecuentemente relacionada, y que ignoraron los antiguos. La fórmula lectio divina es la más adecuada, porque indica una lectura sabrosa y orante, escuchando al espíritu de Dios, con la convicción de que él nos iluminará sobre el texto; es menos una técnica que una mística, y no consiste en leer un texto sino en buscar la verdad y el contacto con una persona, Dios.

Lectio divina y lectura espiritual se complementan mutuamente, pero no deben confundirse, al menos hoy. Para estar abiertos y adaptados a los problemas de nuestro tiempo debemos leer muchos artículos y libros, que no favorecen casi nada la lectura orante. Frecuentemente hay que leerlos con rapidez, para poder acabarlos. Y a pesar de esa rapidez, la lectura puede ser muy buena, instructiva y nutritiva; pero no es lectio divina, al menos según el significado antiguo y auténtico de esta expresión.

El ámbito de la lectura espiritual es más amplio, y la lectura espiritual puede coincidir muchas veces con el estudio propiamente dicho de teología, exégesis o problemas de espiritualidad. El campo de la lectio divina es más restringido: ante todo la Biblia, y después otros libros que fomentan una lectura gratuita, lenta, profunda y orante. La lectura espiritual puede no ser desinteresada y perseguir la finalidad de preparar una conferencia, predicación, cursos o artículos. La lectio divina debe ser, en cambio, absolutamente desinteresada y descarta todas las finalidades que acabo de mencionar. Está muy próxima a la oración, y frecuentemente se puede confundir con ella, convirtiéndose en una preparación excelente para la oración litúrgica, pero manteniéndola en su atmósfera de adoración, alabanza y acción de gracias, con silencios mucho más frecuentes y pausas prolongadas.
LA LECTURA DE LAS ESCRITURAS EN LA REGLA  SAN BENITO

   En el prólogo de su Regla, San Benito pide a sus discípulos que lleven su vida monástica per ducatum evangelii, “guiados por el Evangelio”; que lo consideren, por consiguiente, como la regla de vida por excelencia. En el último capítulo vuelve a repetir la misma idea, a manera de conclusión: “¿Hay una página o una palabra de autoridad divina, en el Antiguo y Nuevo Testamento, que no sea una regla muy segura de conducta en nuestra vida?”. San Benito ve, pues, en la sagrada Escritura no solamente un alimento de sabiduría y piedad, sino también una norma de vida.

            Esta forma de pensar es completamente bíblica. Jeremías nos dice: “¿No quema mi palabra como el fuego? ¿No es como un martillo que golpea la roca?” (Jer 23, 29). La palabra divina turba, desgarra, adiestra y trasforma. No deja tranquilo a ninguno que la reciba con un corazón recto, abierto y dócil.

            El peligro de saborear la belleza y armonías de la Palabra de Dios sin dejar que remueva la vida con sus exigencias, aparece claramente en el coloquio de Natán con David, después del adulterio del rey y la muerte de Urías (2 Sam 12, 1-12). David escuchó a Natán con benevolencia, aplaudió todas las palabras del profeta, se indignó con él y más que él, pero no se le ocurrió aplicarse la parábola que se le propuso. Fue preciso que Natán le dijera claramente y sin miramientos: “¡Ese hombre eres tú!”

            Los Padres del Desierto estaban firmemente comprometidos en el camino de Natán...”Cuando leas las palabras de las divinas Escrituras, ora primero a Dios para que abra los ojos de tu corazón, - dice Juan Crisóstomo- para que no te contentes con repetir lo que está escrito, sino que lo lleves a la práctica, no sea que leas para condenación de tu alma las palabras  vivificantes de las Escrituras”. 
El que disocia la Escritura y la vida, el que pierde la humildad y la caridad al escrutarla con aridez o discutiendo con orgullo, confunde las Escrituras y pierde su alma. Al contrario, el que las usa con pureza de corazón y con intención de ponerlas en práctica, suele extraer pronto su sentido.

San Benito prescribió que todos hicieran lectura cada día, y que dos monjes se encargara de recorrer ese tiempo las celdas, para ver si era observado este punto; caso de encontrar algún negligente en su cumplimiento, quería que se le impusiera una penitencia. Y antes que todos los fundadores, lo había prescrito San Pablo a Timoteo: «Aplícate a la lectura»: Nótese la palabra que emplea: attende; es decir, que por muchos que fueran los cuidados que le exigieran sus ovejas –Timoteo era obispo–, quería San Pablo que se dedicara a la lectura de libros santos, no como de pasada y por breve tiempo, sino aplicándose expresamente a ella con detención.


 
 
  DESIERTO Y COMUNIÓN-LA LECTIO DIVINA.

miércoles, 21 de agosto de 2013

BIEN COMÚN Y SU REPERCUSION EN LA EMPRESA. CONCILIO VATICANO II


El Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gadium et Spes en el N° 26 nos dice:”la interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización hacen que el bien común -esto es, el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez más, e implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género humano. Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia humana”.

El concepto de bien común no puede entenderse como la suma de bienes individuales de la misma especie, sino que debe entenderse como un nuevo valor específicamente distinto del bien particular, siendo que cada sociedad tiene su propio bien común . Es importante señalar que no puede ni debe una organización, cualquiera que sea su tipo, aniquilar la dignidad y la libertad de la persona en aras del bien común. Para salvaguardar la dignidad de la persona, es necesario aclarar que “sólo la persona es sustancia, mientras que la sociedad es una unidad real, relacional y de orden. Fuera de los individuos, e independientemente de ellos, no existe la sociedad” .

La Doctrina Social de la Iglesia, propone que a partir de la dignidad de la persona, de la experiencia del nosotros, del valor que da el pertenecer a un todo construido por personas y no por cosas, que busca la perfección integral de los sujetos, se considere necesario que el bien común se vincule con el Bien Absoluto, con el fin último de la persona, de la sociedad y de la humanidad entera. De ahí la necesidad de que toda sociedad se plantee la responsabilidad de contribuir a lograr su propio bien común, partiendo de la familia, hasta la comunidad humana universal, pasando por las sociedades intermedias y el Estado mismo .

Es necesario tomar en cuenta que: “toda sociedad –salvo la comunidad bipersonal, que carece de estructura autoritaria (por ejemplo, la amistad) necesita una autoridad única que conduzca a los miembros a la realización del bien común” .

Trasladando los conceptos anteriores a la empresa, la primacía del bien común, vale sólo en la medida en que al hombre, miembro de la misma, se le respete como tal, ya que es mucho más que un trabajador o elemento de la producción, motivo por el cual no tienen primacía los valores materiales sobre los bienes de orden espiritual, dentro de los cuales se encuentran los valores éticos. No puede olvidarse que toda sociabilidad tiene sentido, en la medida que plenifica, dignifica y respeta los derechos de la persona humana. En otras palabras, la sociedad está al servicio de la persona y no la persona al servicio de la sociedad.

Es prácticamente un consenso, considerar que los fines que persigue toda empresa se pueden resumir en los siguientes :

• Generar valor agregado, que se traduzca en utilidades.
• Cumplir con una responsabilidad social.
• Satisfacer una necesidad.
• Darle permanencia a la organización en la sociedad.

Considerando que toda empresa debiera obtener estos objetivos, parece ser que el bien común de la empresa, consistiría en alcanzar dichos fines, mediante una justa y equitativa distribución de los recursos. Entendiendo por justo el dar a cada uno lo que le corresponde, según sus personales circunstancias. Dar a cada quien lo que le corresponda, implica respetar la dignidad de las personas y los derechos de todos.  Para lograr este bien común es necesario, vivir dentro de la organización, los principios de subsidiaridad, solidaridad y participación.

domingo, 18 de agosto de 2013

CONSTITUCION DOGMÁTICA "DEI VERBUM": EL CONCEPTO DE LA REVELACIÓN




Un fruto precioso del Concilio Vaticano II es la Constitución Dogmática "Dei Verbum" sobre la divina Revelación que, sin ser tan amplia como Lumen Gentium o la Gaudium et spes, ofrece una doctrina hermosa.

Hemos de partir del concepto de Revelación; abarca e integra dos dimensiones: la del conocimiento y la del amor, es decir, la Revelación es el conocimiento sobrenatural por el cual Dios nos a da conocer las verdades que nuestro intelecto, por sí solo, no podría llegar a alcanzar y que no anula, sino que eleva la razón humana, y el amor, porque la Revelación no solamente son ideas, sino Comunicación amorosa, Dios dándose.

"Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre" (CAT 50).

No solamente Dios habla, sino que quiere entablar una amistad con el hombre para agraciarlo; no solamente comunica cosas, se da a Sí mismo. Son dos componentes inseparables de la Revelación. La inteligencia del hombre se ve implicada por el conocimiento sobrenatural que proviene de Dios, pero además del plano noético, del conocimiento, se ve implicada la persona entera que ha de responder al amor divino que se le comunica:

"Dios, que "habita una luz inaccesible" (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas" (CAT 52).

Dios se da a conocer y actúa en la historia de los hombres para salvarlos, atrayéndolos a Él; el hombre, por su parte, junto al obsequio de su razón, al asentimiento racional y a la fe, le une el amor ante tanto Amor. La vida del hombre es la visión de Dios, dirá san Ireno; la vida del hombre se cifra en esa comunión con Dios, personal y única.

Recordemos, aplicándolo a este caso particular, el consejo ignaciano: "no el mucho saber satisface el ánima, sino el sentir y gustar las cosas internamente"; no basta saber mucho, sino gustar y sentir con el corazón, internamente, toda la Revelación, incluido el amor salvador de Dios.

Esta es la perspectiva que ofrece la Constitución Dei Verbum:

"Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía" (DV 2).

¿Qué ofrece la Constitución Dei Verbum? ¿Cuáles serían sus puntos relevantes?

Aquí se entrecruzan distintas realidades:

-Dios y el hombre
-La razón y la fe
-El conocimiento sobrenatural y el natural
-El conocimiento y el amor
-El asentimiento libre, la obediencia y la comunión con Dios.

Estas realidades de la Dei Verbum nos las explica el papa Pablo VI en una catequesis, facilitándonos así una visión de conjunto de esta Constitución dogmática, digna de ser estudiada y comprendida.

"Aprovechamos la ocasión de las dos próximas fiestas: la del “Corpus Domini” y la del Sagrado Corazón de Jesús, para invitaros a reflexionar sobre un aspecto fundamental de la revelación cristiana, es decir, de la comprensión que nosotros podemos tener de cuanto nos ha sido manifestado por Cristo sobre las cosas divinas. Hablemos con la sencillez y brevedad acostumbrada, pero tocando un tema de extrema importancia.

La revelación nos habla del plan salvífico de Dios

La revelación de las verdades religiosas sobrenaturales (y de otras verdades naturales relacionadas con aquéllas) se ha realizado de una forma determinada, bien diferente de la presentación de un texto de doctrinas teológicas ya claras y formuladas. Ella ha sido progresiva, resultante de palabras y de hechos, orientados a invitar a los hombres a conocer a Dios, alguna cosa de Dios, para unirlos a Sí y de este modo preocuparse por su salvación (cf. Dei Verbum, n. 2). Es decir, la revelación es una apertura sobre realidades misteriosas. Entre otras muchas, citemos la frase de San Pablo: “A mí me fue dado… iluminar para todos cuál es el plan providencial (en griego: economía; en latín, dispensación) del misterio (del misterio, del Sacramento) escondido desde siglos en Dios” (Ef 3,9). Es esta exhibición, esta presentación, mientras se mantiene abierta, segura, clarísima, no es obligatoria, no es comparable a una demostración científica, sino que se ofrece de forma que pueda respetar la libertad del hombre al que ha sido presentada la revelación; no impenetrable, no equívoca, sino todavía velada. Velada por la naturaleza inefable y trascendente, propia del pensamiento divino; está velada también incluso por el modo con el que dicho pensamiento nos es presentado. El mismo Jesús lo hará notar a propósito de sus enseñanzas, presentadas en forma de parábolas (cf. Mc 4,11; cf. Pascal, Pensées, 194). La verdad, la realidad divina nos ha sido manifestada por medio de señales. A este respecto tendríamos que decir muchísimas cosas.

La revelación se acepta por fe

Pero, por ahora, nos basta una: para aprovecharse de la revelación es necesario algún acto también por parte del hombre. Para ver es necesario abrir los ojos. Para recibir la revelación es necesario creer. Creer, bajo este aspecto, quiere decir no sólo aceptar pasiva y perezosamente, sino descubrir, es decir, buscar y penetrar en el significado de la palabra de Dios, en el modo, en el velo, que la presenta y la contiene y al mismo tiempo la sustrae a la curiosidad de nuestro conocimiento espontáneo y natural.

El amor de Dios centro de la historia de la salvación

¡Otro capítulo inmenso de la vida religiosa! Detengámonos en una página de este capítulo que podemos considerar como un resumen de estas cuestiones religiosas vitales. La página es ésta: ¿cuál es el descubrimiento que el hombre fiel consigue hacer buscando el sentido total y profundo de la revelación divina? El descubrimiento es el amor. Dios se ha revelado principalmente en Amor. Toda la historia de la salvación es Amor. Todo el Evangelio. Y a este respecto podríamos citar innumerables palabras de la Sagrada Escritura. Una del Antiguo Testamento aflora a nuestros labios: “Desde lejos el Señor se ha dado a ver a mí: con un amor eterno. Yo te he amado y por ello te he atraído a mí lleno de compasión” (Jr 31,3). Toda la epopeya de la religión es Amor, es misericordia, es efusión de la caridad de Dios hacia nosotros. Y la historia de Cristo está compendiada en la célebre síntesis de San Pablo: “Vivo en la fe que tengo en el Hijo de Dios, el Cual me ha amado y se ha entregado a Sí mismo por mí” (Gal 2,20). ¡Es necesario comprender! A los espíritus observadores les recomendamos otra página maravillosa del Apóstol: “Que podáis comprender con todos los santos cómo es lo ancho y lo largo, lo alto y lo profundo (nosotros hoy diríamos las dimensiones, ¡y aquí son cuatro!), y entender este amor de Cristo que supera toda ciencia, a fin de que seáis colmados por la plenitud de Dios” (Ef 3,17-19).

Detengámonos aquí…Es lo que, por esta causa, nos afecta, nos conmueve, nos perturba. Si uno llega a comprender que ha sido amado, amado hasta un grado supremo e inimaginable, hasta la muerte, silenciosa, gratuita y sufrida hasta una consumación total (cf. Jn 19,30) por quien ni siquiera conocíamos, y conocido lo habíamos negado y ofendido, si uno, decimos, comprende que es objeto de un tal amor, de un amor tan grande, no puede, en modo alguno permanecer tranquilo. Lo decía también el Dante: “Amor que a ningún amado consiente no amar” (Inf., 5,103); lo dice el himno litúrgico: “¿Quién no amará a quien así nos ama?”… Jesús nos ha amado, dice el Concilio, incluso “con corazón de hombre” (GS 22). ¡Y cómo! He aquí el tema de hoy de nuestro diálogo. Hijos carísimos, ¿Sabéis estas cosas? ¿Pensáis en ellas? ¿Cómo tratáis de responder a ellas?" (Pablo VI, Audiencia general, 2-junio-1969).

 OS DEJAMOS EL ENLACE:

DEI VERBUM 

miércoles, 14 de agosto de 2013

EL DESPERTAR CONTEMPLATIVO


La forma más alta de culto religioso encuentra su objeto y su plenitud en el despertar contemplativo y en la paz espiritual trascendente, en la unión cuasi-experiencial de sus miembros con Dios, más allá de los sentidos y por encima del éxtasis. La forma más baja procede de una sensación de poder numinosa y mágica «producida» por rituales que ofrecen la oportunidad de obtener un efecto mágico de la deidad aplacada. Entre ambos extremos se encuentran diversos niveles de éxtasis, exaltación, autorrealización ética, virtuosidad jurídica e intuición estética. En toda esa variedad de formas, ya se trate de una religión primitiva o sofisticada, tosca o pura, activa o contemplativa, se pretende obtener el despertar interior o, cuando menos, un sucedáneo aparentemente satisfactorio del mismo.
Mas a partir de lo anteriormente dicho resulta evidente que hay pocas religiones que de verdad penetren en el alma más íntima del creyente y ni tan siquiera las más elevadas acceden invariablemente, en sus formas sociales y litúrgicas, al «yo» más escondido de cada participante. El nivel común de la religión inferior se sitúa en alguna esfera del subconsciente colectivo de los fieles, y tal vez con mucha frecuencia en el yo colectivo externo. Ése es sin duda un hecho verificable en las modernas pseudo-religiones totalitarias de clase y estado. Y ése es uno de los rasgos más peligrosos de nuestra barbarie moderna: la invasión del mundo por una barbaridad que procede del interior mismo de la sociedad y del propio hombre. O, mejor, la reducción del ser humano, en la sociedad tecnológica, a un nivel de alienación casi pura que puede llevarle, por su propia voluntad y en cualquier momento, a una suerte de éxtasis político, arrastrado por el odio y el miedo y por groseras aspiraciones alrededor de un líder, un eslogan propagandístico o un símbolo político. Lamentablemente se puede verificar con demasiada frecuencia que ese tipo de éxtasis es hasta cierto punto «satisfactorio» y produce una especie de catarsis pseudo-espiritual o al menos un cierto grado de liberación de la tensión. Y eso es lo que cada vez más el hombre moderno está llegando a aceptar como sustituto de la auténtica plenitud religiosa, de la actividad moral y de la misma contemplación. Cada vez resulta más corriente que la aspiración innata de los seres humanos a recuperar su ser más propio que, en cuanto imágenes de Dios, todos ellos comparten, se vea pervertida y quede satisfecha con una burda parodia del misterio religioso y con la evocación de la sombra colectiva de un «yo». El mero hecho de que el descubrimiento de esa interioridad falaz sea inconsciente parece condición suficiente para hacerla aceptable. «Suena» a espontaneidad, y sobre todo viene acompañada de la certidumbre prostituida de grandeza e infalibilidad así como de la dulce pérdida de la responsabilidad personal que se desprende del abandono a un sentimiento colectivo, no importa cuán vil o asesino pueda éste llegar a ser. Eso sería semejante en toda realidad técnica a lo que el Nuevo Testamento denomina el Anticristo: ese pseudo-Cristo en el que nuestras identidades verdaderas se extravían y todo se ve sometido a la esclavitud de una feroz y pálida imago que habita en el seno del grupo enajenado.
Resulta importante en todo momento mantener una clara distinción entre la religión verdadera y la falsa, entre una interioridad auténtica y otra engañosa, entre la santidad y la posesión, entre el amor y el frenesí, entre la contemplación y la magia. En todos esos casos hay una aspiración al despertar interno y los mismos medios, buenos o indiferentes en sí mismos, pueden ser puestos al servicio del bien o del mal, de la salud o de la enfermedad, de la libertad o de la obsesión.

– «La experiencia interna», en Cistercium 212 (1998), pp. 830-83