miércoles, 24 de octubre de 2012


Evangelio según San Lucas 12,39-48.

Jesús dijo a sus discípulos: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.

»Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».
Hoy, con la lectura de este fragmento del Evangelio, podemos ver que cada persona es un administrador: cuando nacemos, se nos da a todos una herencia en los genes y unas capacidades para que nos realicemos en la vida. Descubrimos que estas potencialidades y la vida misma son un don de Dios, puesto que nosotros no hemos hecho nada para conseguirlas. Son un regalo personal, único e intransferible, y es lo que nos confiere nuestra personalidad. Son los “talentos” de los que nos habla el mismo Jesús (cf. Mt 25,15), las cualidades que debemos hacer crecer a lo largo de nuestra existencia.

«En el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40), acaba diciendo Jesús en el primer párrafo. Nuestra esperanza está en la venida del Señor Jesús al final de los tiempos; pero ahora y aquí, también Jesús se hace presente en nuestra vida, en la sencillez y la complejidad de cada momento. Es hoy cuando, con la fuerza del Señor, podemos vivir su Reino. San Agustín nos lo recuerda con las palabras del Salmo 32,12: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor», para que podamos ser conscientes de ello, formando parte de esta nación.

«También vosotros estad preparados» (Lc 12,40), esta exhortación representa una llamada a la fidelidad, la cual nunca está subordinada al egoísmo. Tenemos la responsabilidad de saber “dar respuesta” a los bienes que hemos recibido junto con nuestra vida. «Conociendo la voluntad de su señor» (Lc 12,47), es lo que llamamos nuestra “conciencia”, y es lo que nos hace dignamente responsables de nuestros actos. La respuesta generosa por nuestra parte hacia la humanidad, hacia cada uno de los seres vivos, es algo justo y lleno de amor.


reflexión personal:
 
• La respuesta de Jesús  sirve también para nosotros, . ¿Soy un buen administrador/a de la misión que recibí?
• ¿Cómo hago para estar vigilante siempre?

sábado, 20 de octubre de 2012

UN VIAJE HACIA LA INTERIORIDAD


 ¿Qué puedo decir yo de mí mismo? ¿Qué dicen
los demás de mí?
Es un ejercicio difícil, lo reconozco, pero extremadamente
útil, sobre todo para aceptar lo que los
otros dicen de mí y que tantas veces me cuesta
reconocer.
¿He bajado alguna vez a las profundidades de mi
propio «yo»? ¿He tenido miedo? ¿Me he dado cuenta
de que, detrás del miedo, es posible que encuentre
mi auténtica verdad, es decir, que soy objeto del
amor de Dios y de una atención particular por parte
de la Iglesia?
¿He llegado a percibir íntimamente no sólo al
«Dios que ama», sino al «Dios que me ama»1. Esta es
una de las percepciones más fundamentales, porque
la madurez del proceso de vocación no radica en un
conocimiento superficial de sí mismo, sino en la más
descarnada autoconciencia de la propia autenticidad.
Muchas crisis de fe suelen producirse por un simple
desconocimiento de nosotros mismos; por eso, tenemos
absoluta necesidad de que Dios nos conceda el
don de llegar a conocer íntimamente nuestra más
auténtica personalidad.
Pero este es un don que, incluso antes de buscarlo,
ya lo poseemos realmente, porque Dios ha salido
ya a nuestro encuentro, revelándonos con un amor
anticipado lo que verdaderamente somos. La primacía
siempre la tiene él; una primacía que consiste en
habernos amado primero. Ese es, por consiguiente, el
único modo por el que llegamos al conocimiento de
nosotros mismos.
Jesús es el que nos permite y nos ayuda a bajar a
las profundidades de nuestro ser más íntimo, para
iluminar nuestros rincones más lóbregos y nebulosos,
para desembrollar la maraña de nuestras perplejidades,
para calmar las aguas tempestuosas de nuestro
corazón.
Preparémonos, pues, por medio de la oración, para
este ejercicio de autoconocimiento....

Cardenal Martini...Las Confesiones de Pedro

LA ORACION:FRAGMENTO DE LA OBRA LAS CONFESIONES DE PEDRO-CARDENAL CARLO MARIA MARTINI


¿Qué es la oración?
A este punto, podría surgir una pregunta: ¿Qué
es la oración?, ¿cómo se hace para orar?
Es posible que el propio Pedro, maravillado de
que Jesús hubiese permanecido tanto tiempo en el
monte, se hubiera atrevido a preguntarle: «¿Por qué
pasas tanto tiempo en oración? Yo no hago más que
aburrirme; y termino tan cansado, que me da la
impresión de que pierdo el tiempo. Dime, ¿qué significa
orar?»
Por otra parte, la actitud inicial para obtener una
respuesta consiste en admitir humildemente qué no
sabemos orar. Somos capaces, eso sí, de recitar multitud
de fórmulas y, con la gracia de Dios, incluso
llegamos a vivir algunos momentos de recogimiento
o a manifestar una actitud orante tanto interior como
exterior. Pero con frecuencia nos quedamos ahí; mejor
dicho, a pesar de nuestros intentos, en seguida
nos asaltan las distracciones, el cansancio o una especie
de nerviosismo, con una sensación de disgusto
respecto a una realidad que no percibimos como
nuestra. Por un lado, sabemos que la oración es
importante, no sólo porque el propio Jesús vivió esa
situación, sino también porque encierra una promesa
de paz y de purificación interior. Pero por otro lado,
nos damos cuenta de que no tenemos la clave para
sacarle todo el provecho.
La oración es ciertamente un don de Dios, un
abrir espacios al Espíritu Santo que ora en nosotros,
pero hay que dar un primer paso, que consiste indudablemente
en reconocer que por nosotros mismos
no podemos atravesar ese umbral.
No es pura casualidad que Pablo haya, por decirlo
así, canonizado la actitud de no saber orar, cuando
afirma:
«El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza,
pues nosotros no sabemos orar como es
debido, y es el mismo Espíritu el que intercede
por nosotros con gemidos inefables. Por su parte,
 Dios, que examina los corazones, conoce el
sentir de ese Espíritu, que intercede por los
creyentes según su voluntad» (Rom 8,26-27)-
Cuando presumimos de haber adquirido la capacidad
de orar, nos ponemos fuera del ámbito del
verdadero Espíritu, que es el que ora; en realidad,
manifestamos que no hemos llegado a comprender
que la oración es don de lo alto y que consiste en
permitir al Espíritu que interceda por nosotros con
sus gemidos inefables.
No tenemos, pues, que tener miedo a confesar
nuestra insuficiencia. Al revés, siempre deberíamos
empezar diciendo: «Señor, bien sabes que no sé orar;
tú solo puedes ayudarme». Este es el grito apasionado
con el que empezamos el rezo litúrgico; ésa es la
súplica del creyente, llamado a preparar su cuerpo,
su espíritu y su fantasía para recibir todo el flujo de
esa plegaria que brota del corazón mismo de Jesús. Si
nos preparamos realmente, la gracia del bautismo,
que nos comunicó la conciencia de una vida de hijos
en Cristo, libera el Espíritu que llevamos dentro y lo
deja brotar como el manantial inagotable de nuestra
vida de oración.
Toda la tradición bíblica y patrística está de acuerdo
en reconocer la importancia de preparar nuestra
inteligencia para la oración. Más aún, la riqueza de
ese proceso intelectual queda perfectamente sintetizada
en estas tres categorías: lectio, meditatio, oratio.
¿Cómo entrar en oración?
L a primera categoría, o ejercicio, de la oración
cristiana recibe el nombre de lectio divina, porque
parte de una lectura de la Biblia. En efecto, no
hay oración verdaderamente cristiana sin una referencia
directa a la palabra de Dios escrita, palabra
que nos hace entrar en comunión real con Jesús,
como se afirma expresamente en el concilio Vatica-
no II: «[Cristo resucitado] está presente en su palabra,
pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura,
es él quien habla» (cf. Sacrosanctum Concilium,7).
Y esta lectio divina nos introduce poco a poco en
la misma oración de Cristo, nos hace orar en el
Espíritu y nos hace sentir el amoroso abrazo de Dios.
Voy a explicar someramente los tres estadios:
1. La lectio comprende la lectura y relectura de
un texto bíblico, poniendo de relieve sus elementos
más significativos. Pero no se trata de un simple
ejercicio intelectual, puesto que la «lectura» se orienta
necesariamente al segundo estadio.
2. Ese nuevo estadio, o segunda categoría, es la
meditatio, cuya finalidad consiste en comprender los
valores del texto, tanto de carácter meramente humano
como de orden religioso o espiritual. Los elementos
recabados en la lectio son objeto de una reflexión
atenta y sistemática. Poco a poco vamos sintiendo
una llamada a confrontar nuestra propia vida
con la palabra de Dios, de modo que el puro discurso
intelectual se ve considerablemente simplificado.
3. Y así se llega a la contemplado, etapa de contacto
inmediato con el Misterio. Aquí, la reflexión
discursiva cede el puesto a la adoración, a la entrega
total de sí, a la súplica de perdón. Aquí llegamos a
intuir que sólo en Cristo podemos alcanzar la plena
realización personal. La paz se instala en el inteior
19
del orante, y el camino existencial del hombre adquiere
toda su densidad y significado.
Puede ser que, con una gracia especial de Dios, se
llegue fácilmente a la contemplación; pero, de ordinario,
es difícil alcanzarla, si no se ha producido
antes un largo proceso de preparación por medio de
la lectio y la meditatio.
De hecho, la oración requiere un continuo esfuerzo
de purificación, de regeneración interna, para
abrirnos al don de Dios. Sólo así podrá la oración
constituir nuestra vida en Cristo, mientras caminamos
en un clima de contemplación, según las tres
modalidades que se desprenden de algunos textos de
san Pablo: consolatio, discretio, deliberatio.
— La consolatio es una experiencia de profunda
alegría, precisamente cuando el espíritu vibra de satisfacción
y de contento aun en medio de las mayores
dificultades. Pablo lo expresa así: «Bendito sea
Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso
y Dios de todo consuelo. El es el que nos
conforta en todas nuestras tribulaciones, para que,
gracias al consuelo que recibimos de Dios, podamos
nosotros consolar a todos los que se encuentran atribulados
» (2 Cor 1,3-4).
— La discretio es la capacidad de discernir lo que
viene de Dios y lo que viene del maligno. En palabras
de Pablo:
2«No os acomodéis a los criterios de este
mundo; al contrario, transformaos, renovad
vuestro interior, para que podáis descubrir cuál
es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que
le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).
— La deliberatio es la disponibilidad para elegir
según principios evangélicos. Es la norma personal
de Pablo:
«Pienso que nada vale la pena si se compara
con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
Por él he sacrificado todas las cosas, y
todo lo tengo por basura con tal de ganar a
Cristo» (Flp 3,8).
Así fue, sin duda, la oración de Jesús, cuando se
quedó solo en el monte.
Pidamos a la Virgen que nos ayude a entrar en el
corazón orante de Jesús:
«María, madre de la contemplación, tú que
conservabas en tu corazón las palabras, los
hechos, los gestos de Jesús, tú que los meditabas
con sabiduría y los aplicabas a tu propia
existencia con humildad y decisión, ilumínanos
estos días para leer, meditar y contempla! la
Palabra, de modo que renueva nuestro interior
y nos penetre profundamente.
Haz que podamos descubrir todo el poder
transformante
de la Escritura, en la que Jesús,
resucitado y vivo para siempre por la fuerza del
Espíritu, se comunica a cada uno de nosotros,
abriendo las puertas más secretas de nuestro
corazón, penetrando en los entresijos más recónditos
de nuestra conciencia y llenándonos
de libertad, de serenidad, y de una paz inalterable.
Crea en nosotros una disposición del cuerpo,
del espíritu y de la mente para recibir la
abundancia de dones y promesas que Dios quiere
derramar sobre nosotros, para recibir su
amor inagotable por medio de su Hijo jesús,
que vive y reina por los siglos de hs siglos, AMEN

podeis descargaros la obra pinchando aqui: 
LAS CONFESIONES DE PEDRO

viernes, 19 de octubre de 2012

TEOLOGÍA ACTUAL/IMPORTANCIA DEL CONOCIMIENTOS TEOLOGICO POR PARTE DE LOS LAICOS

  El trapense Daniël Hombergen  decano de la Facultad de Teología del Ateneo  Pontificio de San Anselmo y monje del Monasterio de Maria Toevlucht, Zundert, Holanda, sobre la importancia del conocimiento teológico por parte de los laicos. :

 La Historia de la Teología es la historia de la reflexión humana sobre datos de la fe, fundada en la revelación divina. Esta reflexión se entiende como el esfuerzo del hombre que trata de entender, en la medida de lo posible, lo que cree («fides quaerens intellectum»). La historia de esta reflexión no coincide totalmente con la Historia de los Dogmas, aunque las dos tienen mucho en común.

La Historia de los Dogmas incluye investigaciones sobre el camino recorrido por la Iglesia, a lo largo de los siglos, para establecer cada vez con más precisión el contenido y los límites de la fe auténtica, transmitida por los apóstoles y sus sucesores.

La Historia de la Teología, en cambio, comprende, en sentido más amplio, toda la reflexión humana como esfuerzo en profundizar y comprender mejor el contenido de esta misma fe.

Aunque el fundamento objetivo es la Revelación de Dios, transmitida a través de la Escritura y la Tradición, mediante la asistencia del Espíritu Santo, que sigue siempre actuando en la Iglesia, la reflexión humana sobre datos de la fe no se ha desarrollado nunca separada de un contexto histórico y sociocultural a través de los siglos, hasta nuestros días. El pensamiento teológico, por lo tanto, experimenta un desarrollo, una evolución.

Los diversos modos en los que los pensadores cristianos han dado expresión a su fe han estado siempre condicionados también por los influjos contingentes de la historia humana. Al mismo tiempo, no carecemos de puntos de referencia, como la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Existe una relación recíproca muy compleja entre estos tres puntos de referencia, sobre todo respecto a la interpretación de la Escritura. Esta relación fue precisada por la constitución «Dei Verbum», del Concilio Vaticano II, sobre la que habló monseñor William Levada en la apertura del actual año académico.

La nueva disciplina de Historia de la Teología trata de recabar, seguir y describir el desarrollo histórico del pensamiento teológico, teniendo en cuenta tanto la base objetiva como los factores de contingencia humana. Esta investigación debería contribuir a una más precisa comprensión de las grandes cuestiones y desafíos en el campo teológico actual.


Con todas las exigencias que supone la educación académica en el siglo XXI, tratamos también nosotros, en la medida de lo posible, de ofrecer la educación teológica en un contexto más amplio de vida espiritual. Este es nuestro ideal de integración de los diferentes aspectos de la existencia humana, fundado en una larga tradición monástica.




jueves, 18 de octubre de 2012

DISCÍPULOS DE CRISTO

Ser discípulo de Cristo es seguir su enseñanza, obedecer a su palabra y confiar en él. Es algo muy concreto. Cuando mediante un pasaje o un versículo de la Biblia, en una oportunidad particular, hemos percibido lo que Dios espera de nosotros, nuestro deber es pasar a la acción. Si no lo hacemos, perderemos la luz y la fuerza para actuar en las siguientes circunstancias. No hemos de compararnos
con otros, y ante todo no debemos juzgar al prójimo; sólo sería una excusa para no obrar. Es necesario que seamos consecuentes con lo que comprendimos de la enseñanza de Cristo.

Lo opuesto a un discípulo es como un desertor que abandona su puesto. Son muchas las maneras de desertar, de no responder a lo que el Señor espera de nosotros y de alejarnos de él. Lo que nos preservará de obrar así es entender y decir como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).
 
 

sábado, 13 de octubre de 2012

LA FE

THOMAS MERTON – LA FE (1)

"En primer lugar, la fe no es una emoción ni un sentimiento. No es un ciego impulso subconsciente hacia algo vagamente sobrenatural. No es simplemente una necesidad elemental del espíritu humano. No es la sensación de que Dios existe. No es una convicción de que, de alguna manera, estamos salvados o «justificados» sólo porque casualmente estamos persuadidos de ello. 


No es algo enteramente interior y subjetivo, sin referencia a ningún motivo externo. No es sólo «fuerza del alma». No es algo que mana del fondo de tu alma y te llena de un indefinible «sentido» de que todo está bien. No es algo tan puramente tuyo que su contenido sea incomunicable. No es un mito personal tuyo que no puedes compartir con ninguna otra persona y cuya validez objetiva no tiene interés ni para ti, ni para Dios, ni para nadie".

 EL PENSAMIENTO DE SAN BERNARDO RESPECTO A LA FE:
1.- Lo que nos propone la fe
- está fundado sobre sólida y maciza verdad,
- demostrado por la revelación,
- confirmado por milagros,
- robustecido y consagrado por la Concepción y parto de la Virgen,
- sellado con la Sangre del Redentor, y
- consumado en la gloriosa Resurrección del Señor (Impug. Erro. Abel., 4)
  
La virtud teologal de la fé se caracteriza por una singular complejidad.
En las reflexiones aquí presentadas no se trata de definir la fe desde el punto de vista de la teología dogmática, sino de dar la c
oncepción de la fe según la teología de la vida interior.

 La fe del Nuevo Testamento es la respuesta del hombre a la revelación de Dios en Jesucristo. Esa fe es la participación en la vida de Dios, es la experiencia de la vida de Dios en nosotros, que permite vernos a nosotros mismos, y a la realidad que nos rodea, como si lo hiciéramos con los ojos del Señor. Es adherirse a la persona de Cristo, de nuestro maestro, Señor y amigo; es apoyarse en Cristo, en esa roca infalible de nuestra salvación, y abandonarse a su infinito poder y a su amor ilimitado. Ante la impotencia humana, la fé se convierte en una búsqueda incesante de la inagotable misericordia de Dios, y en la actitud de espera de que todo nos llegue de él.

 LA FE COMO PARTICIPACIÓN EN LA VIDA DE DIOS

Santo Tomás de Aquino dice que la fe nos aproxima al conocer de Dios. Al participar en la vida de Dios, empezamos a apreciarlo y a verlo todo como si lo hiciéramos con sus ojos (omnia quasi oculo

Dei intuemur).

La participación mediante la fe en la vida de Dios hace que nos convirtamos en hombres nuevos, que entendamos de una nueva manera la realidad, que tengamos una nueva visión, tanto de Dios como de la realidad temporal que nos rodea. En esta realidad temporal empezamos a advertir la actuación de la primera causa, Dios. Advertimos su presencia y su actuación tanto en nosotros como en el mundo de la naturaleza y de la historia. Advertimos que él es el autor, el creador de todo, y que lo que conocemos solamente de una manera humana y profana no es la totalidad de la realidad, sino que apenas es la visión de su aspecto externo, la captación de las causas secundarias, de las cuales se sirve Dios.
La fe es una virtud que hace posible el contacto con Dios, y está en las bases de la vida sobrenatural. Puesto que es el fundamento de toda actividad sobrenatural, todo se realiza gracias a ella.

La actividad de la vida sobrenatural está determinada por los aspectos positivos y las deficiencias de nuestra fe. Las dificultades de la vida sobrenatural siempre están relacionadas con la debilidad de la fe. La fe es la virtud fundamental, porque nos ofrece la posibilidad de participar en la vida de Dios. La fe es la participación en el pensamiento de Dios, es como una especie de razón sobrenatural asentada sobre las aptitudes naturales del alma.
La fe nos capacita para pensar como Dios, para pensar así, tanto sobre nosotros mismos, como sobre todo lo demás con lo que tenemos contacto. De ahí que tener fe signifique armonizar nuestro pensamiento con el suyo; identificamos con su pensamiento.

miércoles, 10 de octubre de 2012

"Cristo quiere ser honrado en los pobres"

Cristo quiere ser honrado
en los pobres

De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo,
sobre el evangelio de San Mateo

Lectura bíblica: Mt 25, 37 - 46
 37Entonces los justos le responderán:
"Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber?
38¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos?
39¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?"
40Y el Rey les dirá:
"En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis."
41Entonces dirá también a los de su izquierda:
"Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles.
42Porque tuve hambre, y no me disteis de comer;
tuve sed, y no me disteis de beber;
43era forastero, y no me acogisteis;
estaba desnudo, y no me vestisteis;
enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis."
44Entonces dirán también éstos:
"Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?"
45Y él entonces les responderá:
"En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo."
46E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.

San Juan Crisóstomo
Comentario
San Juan Crisóstomo inculca aquí una de las enseñanzas fundamentales
del Nuevo Testamento: que el verdadero templo no es el de piedras,
sino el de carne y hueso y está formado por la persona de los cristianos
(1 Co 3, 16-17;1 Pe 2, 4-5). Más aún, que no existe templo más sagrado
sobre la tierra que la propia persona de los pobres, en quienes habita
Cristo (Mt 25, 40.45). La diaria profanación de tales templos de carne y
hueso pasa sin embargo desapercibida, mientras alzamos el grito al cielo
si se irrespeta alguna imagen en una iglesia de pueblo. Respetar los
símbolos de nuestra fe es necesario, pero más aún lo es respetar a quienes,
creados a imagen y semejanza de Dios, sufren una violación permanente
de sus derechos humanos más fundamentales. Hacer justicia
al pobre es honrar a Dios (Prov 14, 31).
¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues,
cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en
el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y
desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra
llevó a realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre y no me dieron
de comer, y más adelante: Siempre que dejaron de hacerlo a uno de estos
pequeñuelos, a mí en persona lo dejaron de hacer. El templo no necesita
vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan
que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos.


Reflexionemos, pues, y honremos a Cristo con aquel mismo honor
con que él desea ser honrado; pues, cuando se quiere honrar a
alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que
a nosotros nos place. También Pedro pretendió honrar al Señor cuando
no quería dejarse lavar los pies, pero lo que él quería impedir no era el
honor que el Señor deseaba, sino todo lo contrario. Así tú debes tributar al
Señor el honor que él mismo te indicó, distribuyendo tus riquezas a los
pobres. Pues Dios no tiene ciertamente necesidad de vasos de oro, pero
sí, en cambio, desea almas semejantes al oro.
No digo esto con objeto de prohibir la entrega de dones preciosos para los
templos, pero sí que quiero afirmar que, junto con estos dones y aun por
encima de ellos, debe pensarse en la caridad para con los pobres. Porque
si Dios acepta los dones para su templo, le agradan, con todo, mucho más
las ofrendas que se dan a los pobres. En efecto, de la ofrenda hecha al
templo saca provecho quien la hizo; en cambio, de la limosna saca provecho
tanto quien la hace como quien la recibe. El don dado para el templo
puede ser motivo de vanagloria, la limosna, en cambio, sólo es signo de
amor y de caridad.
¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el
mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento y
luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres hacer
ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de
qué serviría recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando
niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez?
¿Qué ganas con ello? Dime si no: Si ves a un hambriento falto del
alimento indispensable y, sin preocuparte de su hambre, lo llevas a contemplar
una mesa adornada con vajilla de oro, ¿te dará las gracias de
ello? ¿No se indignará más bien contigo? O si, viéndolo vestido de andrajos
y muerto de frío, sin acordarte de su desnudez, levantas en su honor
monumentos de oro, afirmando que con esto pretendes honrarlo, ¿no pensará
él que quieres reírte de su extrema necesidad con la más hiriente de
tus burlas?
Piensa, pues, que es esto lo que haces con Cristo, cuando lo contemplas
errante, peregrino y sin techo y, sin recibirlo, te dedicas a adornar el piso,
las paredes y las columnas del templo. Con cadenas de plata sujetas
lámparas, y te niegas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel.
Con esto que estoy diciendo, no pretendo prohibir el uso de tales adornos,
pero sí que quiero afirmar que es del todo necesario hacer lo uno sin
descuidar lo otro; es más: les exhorto a que sientan mayor
preocupación por el hermano necesitado que por el adorno del
templo. Nadie, en efecto, resultará condenado por dejar de hacer esto
segundo, en cambio, los castigos del infierno, el fuego inextinguible y la
compañía de los demonios están destinados para quienes descuiden lo
primero. Por tanto, al adornar el templo, procuren no despreciar al
hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso
que aquel otro
.